Revista PLANEO N°67 | Hablemos de Planificación Urbana Vol. 2: Laboratorios Urbanos | Septiembre 2026
[Por: Karla Flores. Arquitecta. Maestrante en Estudios Urbanos, mención Geografía y Procesos Territoriales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO Ecuador). Maestrante en Arquitecturas Radicales por la Escuela Radical (México). Investigadora del Observatorio de Urbanización Amazónica, FLACSO Ecuador. Fundadora del laboratorio urbano Sisana espacio para pensar.
Jose Illingworth. Licenciado en Administración. Investigador independiente y colaborador del laboratorio urbano Sisana espacio para pensar]
¿Desde dónde entendemos un territorio?
Al escuchar esta pregunta, es probable que nuestra mente vaya directo a una oficina estatal con un equipo de arquitectos y urbanistas desplegando mapas y teorías sobre una mesa, debatiendo por horas propuestas para modificar un territorio. Son profesionales formados en las mejores universidades del país, y a veces fuera de él; su recorrido académico avala su conocimiento técnico y les dota de la autoridad necesaria para que su opinión y criterio sea escuchado. A primera vista, el proceso funciona bien.
Y en efecto, de esas mesas de trabajo salen casos de éxito medibles y replicables. Pero ¿quién decide cómo se mide ese éxito? Un proyecto puede considerarse exitoso si lo medimos con variables cuantitativas como el aumento en metros cuadrados intervenidos o la mejora en los indicadores de movilidad o, incluso, por la aceptación política de quien los promueve. Sin embargo, estos indicadores invisibilizan otro tipo de preguntas. ¿Cuándo fue la última vez que un proyecto se evaluó desde si las personas se sienten parte del espacio, si cambió su relación con el territorio y con sus vecinos, si se resolvió un problema que realmente existía? o ¿la intervención resolvió perfectamente el problema que alguien, desde afuera, decidió que existía?
La incompleta participación ciudadana en la planificación territorial
La planificación positivista tiende a ignorar y despolitizar los conflictos urbanos convirtiéndolos en problemas técnicos y a dejar al margen las relaciones de poder que los producen (Benabent, 2014). Frente a ello nacieron los procesos de participación ciudadana, espacios en los que se promete mejorar la calidad de las intervenciones en territorio, a través del involucramiento de la ciudadanía en la toma de decisiones. La idea es sencilla y es justa. En Ecuador, además, la participación no es una buena intención sino un mandato constitucional y legal, lo que vuelve urgente preguntarse por su calidad.
Arnstein (1969) señaló que bajo un mismo nombre se desarrollan prácticas muy distintas, desde la consulta simbólica hasta el poder ciudadano efectivo, y que esa diferencia es poco visible. La falla no está en el modelo en sí, más bien recae en quien lo diseña y en el lenguaje que usa. Muchos de estos espacios se construyen con un vocabulario técnico, partiendo desde el supuesto de que quienes participan no solo entienden los conceptos, sino que reconocen su relevancia. El resultado son procesos aparentemente bien ejecutados, revisados y en algunos casos celebrados por los expertos que los evalúan. Y aquí surge la siguiente pregunta: ¿Realmente puede ser democrático un espacio de participación que no es comprendido por todos?
Lo que se sabe caminando
El joven que espera el bus para ir a su trabajo, la niña de escuela que camina todos los días por esa calle y el taxista del barrio saben que a veintisiete metros de la esquina existe un pequeño hundimiento en la calzada, indetectable a simple vista, pero que cuando llueve forma un charco lo suficientemente profundo para que los carros salpiquen el agua a los peatones. Eso es conocimiento del territorio. Lo que lo anula es la ausencia del almanaque de expresiones y vocabulario que lo haría legible para quien planifica y puede resolver el problema.
Santos (2009) llama a este fenómeno injusticia cognitiva, no se refiere a la ausencia del saber, sino a su descalificación previa por no ajustarse a los criterios de validez de la ciencia moderna. Frente a ello, propone una ecología de saberes, es decir, la posibilidad de que conocimientos distintos coexistan sin que el uno anule al otro.
Desde Sisana entendimos que la niña de escuela no debe saber la epistemología del concepto de un “muro ciego” para entender que su sensación de peligro al caminar por ese lugar no ocurre por arte de magia. No tiene que saber los principios de continuidad espacial, permeabilidad visual o vigilancia natural para darse cuenta de que una pared corta su relación entre la calle y aquello que ocurre detrás, modificando su experiencia con el espacio. El urbanista conoce el nombre de ese problema, ella lo vive todos los días. No se busca reemplazar el conocimiento técnico por el conocimiento empírico, sino reconocer que ambos coexisten en diferentes dimensiones de la misma problemática.
Así identificamos que el desafío no está en enseñar jerga urbanística a los habitantes del territorio para “validar” sus experiencias, sino en construir espacios donde el conocimiento técnico pueda empaparse del conocimiento de quien habita ese territorio.
Presentación del proyecto
Frente a este escenario, surge el proyecto Camina Pensando, un compartir que propone crear conciencia desde el recorrido cotidiano del territorio (ver imagen 1). Si queremos entender un territorio, la mejor manera es empezar a ser guiado y recorrido junto a quienes lo habitan.

Imagen 1: Recorrido del Camina Pensando 10ma edición. Ambato, Ecuador, 25 de julio de 2026
Fuente: Archivo de la autora
Caminar permite, por un momento, abandonar la mirada abstracta con la que solemos aproximarnos a las problemáticas urbanas. Así, aquello que parecía irrelevante desde la oficina adquiere otra dimensión cuando se vive desde el cuerpo de quien lo atraviesa. Aparecen sensaciones, memorias, miedos, estrategias de adaptación y en general sentipensares. Difícilmente algo de esto se encuentra en un indicador. Y si la planificación tiene como objeto la intervención del territorio, ignorar esas dimensiones no es perder anécdotas, es perder conocimiento.
Caminar antes de planificar
Camina Pensando propone una metodología sencilla pero incómoda: caminar para observar, observar para preguntarse, preguntarse para conversar y conversar para construir, colectivamente, otras formas de comprender aquello que desde una oficina creíamos conocer.
En estos recorridos hacemos las preguntas necesarias para que los habitantes empiecen a ser conscientes de lo que su territorio específico necesita, y, sobre todo, los acompañamos a construir una mirada crítica sobre las intervenciones.
Hay algo más que buscamos, en los espacios de participación convencionales la gente llega llena de ideas de lo que significa vivir bien en la ciudad, pero esas opiniones suelen pensarse desde el individuo y su beneficio particular. El Camina Pensando propone pensarnos en común, porque la decisión que toma el individuo sobre cómo hacer ciudad termina afectando a un colectivo.

Imagen 2: Dialogo de cierre del Camina Pensando 6ta edición. Cusco, Perú, 4 de abril de 2026
Fuente: Archivo de la autora
Camina Pensando décima edición
En la caminata realizada el 25 de julio de 2026, recorrimos varios sectores de Ambato para cuestionarnos sobre el espacio público de la ciudad. Participamos 15 personas de diferentes ocupaciones y edades que reimaginamos estos lugares desde la accesibilidad, las barreras físicas y sociales, las actividades que se realizan y desde la pregunta sobre quién recae la responsabilidad de cuidarlos. La caminata nos permitió darnos cuenta de que los espacios públicos no solo son los parques, sino también las calles, las veredas por donde caminamos. Y que esas calles se han diseñado pensadas para el vehículo y no para quien camina por ellas.
Al final de cada recorrido, pedimos a los participantes que escriban lo que se llevan (ver imagen 2). En esta jornada aparecieron frases como “salir a caminar es un acto de rebeldía”, “se habita sintiendo y pensando, para eso hay que caminar” y, la que más nos llamó la atención: “¿todo se soluciona con institucionalización?”. Esas preguntas y conclusiones no las formuló un urbanista.
Esta iniciativa ha logrado que los habitantes se sientan parte activa de su ciudad, al reconocer y llevar al plano del lenguaje las dinámicas visibles e invisibles que los atraviesan.

Imagen 3: Sentipensares al cierre del Camina Pensando 10ma edición. Ambato, Ecuador, 25 de julio de 2026
Fuente: Archivo de la autora
Del participar a co-producir
Pero no basta con escuchar. Podemos llevar a 15 personas a caminar, escuchar sus vivencias, recopilar sus sentipensares, pero si después ese conocimiento pasa a ser filtrado, traducido y finalmente desechado por no ajustarse a los criterios técnicos, habremos producido participación, no conocimiento colectivo de un territorio. El reto que Sisana asume a través del Camina Pensando no es solo caminar, es generar procesos co-productivos donde el saber técnico y el saber cotidiano convivan sin anularse.
Referencias bibliográficas
Arnstein, S. R. (1969). A ladder of citizen participation. Journal of the American Institute of Planners, 35(4), 216–224. https://doi.org/10.1080/01944366908977225
Benabent Fernández de Córdoba, M. (2014). Introducción a la teoría de la planificación territorial. Editorial Universidad de Sevilla.
Santos, B. de S. (2009). Una epistemología del sur: La reinvención del conocimiento y la emancipación social (J. G. Gandarilla Salgado, Ed.). Siglo XXI Editores; CLACSO.