Hablemos de Planificación Urbana Vol. 1: el arte y sentido de planificar

JULIO 2026

Planificar sin diseñar: la crítica contemporánea de Alain Bertaud

Revista PLANEO N°66 | Hablemos de Planificación Urbana Vol. 1: el arte y sentido de planificar | Julio 2026


[Por: Benjamín Lecaros Sotomayor. Licenciado en Ciencias Sociales, Planificador Urbano y Magíster en Desarrollo Urbano de la Pontificia Universidad Católica de Chile]

Imagen 1: Plano PRMS 1960
Fuente: Rescatado de CIPER

A menudo, cuando pensamos en el “arte de planificar”, la mente evoca imágenes de maquetas perfectas, trazados simétricos y planos reguladores coloreados con precisión quirúrgica. Existe una inercia histórica que empuja al urbanismo hacia la estética de la composición espacial: el deseo de dar forma física y ordenada a la complejidad del habitar humano. Sin embargo, cuando la planificación se obsesiona con el diseño estático, suele chocar de frente con una realidad obstinada. Las ciudades no son lienzos en blanco ni esculturas de arcilla; son sistemas vivos, dinámicos y, sobre todo, económicos.

En este número de Revista Planeo, que nos invita a reflexionar sobre el sentido profundo de nuestro quehacer, resulta indispensable volver la mirada hacia una de las críticas más lúcidas y constructivas de la planificación contemporánea: la formulada por el urbanista francés Alain Bertaud en su obra fundamental, Order Without Design: How Markets Shape Cities (2018).

La tesis de Bertaud es tan sencilla como revolucionaria: el verdadero arte de planificar no consiste en diseñar el orden de la ciudad, sino en comprender, facilitar y guiar el orden que surge de manera espontánea.

La miopía bidimensional: Planners vs. Economistas

Bertaud, exurbanista principal del Banco Mundial con décadas de experiencia en metrópolis de todo el mundo —desde París y Nueva York hasta Shenzhen y San Salvador—, diagnostica un divorcio metodológico trágico en el corazón de la gestión urbana. Por un lado, están los planificadores urbanos, entrenados principalmente en la arquitectura y el diseño físico, quienes tienden a modelar la ciudad mediante normas rígidas de zonificación, límites de densidad y coeficientes de constructibilidad, asumiendo que el espacio se comportará tal como lo dibujaron en sus planos.

Por otro lado, están los economistas urbanos, que entienden con brillantez matemática las fuerzas de oferta, demanda, precios del suelo y externalidades, pero que a menudo carecen de la sensibilidad espacial e institucional para traducir sus modelos al territorio.

El resultado de este desencuentro es una planificación ciega a las leyes de la economía. En palabras de Bertaud:

«Los planificadores urbanos proponen regulaciones sin evaluar su impacto en el costo del suelo y la vivienda. Los economistas urbanos analizan el mercado de manera abstracta, como si la geografía y la infraestructura no importaran.»

El sentido de la planificación, por lo tanto, no radica en la imposición de una visión estética unilateral, sino en actuar como un puente operativo entre las fuerzas del mercado y las necesidades sociales de espacio y conectividad.

La ciudad como mercado de trabajo: El indicador del tiempo de viaje

Para Bertaud, la definición de una ciudad no es una colección de edificios bonitos, ni un conjunto de áreas verdes interconectadas. En su dimensión más primaria y funcional, la ciudad es un mercado de trabajo.

La principal razón de ser de una metrópolis es permitir que los empleadores encuentren trabajadores con las destrezas adecuadas, y que los trabajadores tengan acceso a la mayor variedad posible de empleos. Cuanto más grande y eficiente es este mercado, más productiva, innovadora y próspera es la ciudad.

Bajo esta premisa, el éxito o fracaso de la planificación no se mide en la cantidad de hectáreas zonificadas para uso mixto, sino en una métrica mucho más humana y cotidiana: el tiempo de viaje.

Si un ciudadano tarda más de una hora de ida y otra de vuelta para llegar a su empleo debido a la congestión o a la desconexión del transporte público, el mercado laboral se fragmenta. La planificación pierde su sentido cuando aísla a las personas de sus oportunidades, atrapándolas en la periferia bajo el pretexto de un «orden» normativo que encarece el suelo en las zonas centrales y de alta accesibilidad.

El «Orden sin Diseño» y la trampa de la sobre-regulación

El concepto que da título al libro de Bertaud, Order Without Design, se inspira directamente en la idea de «orden espontáneo» de Friedrich Hayek. Las ciudades más vibrantes del mundo no se diseñaron en una oficina; surgieron de millones de decisiones individuales e independientes tomadas por hogares y empresas que buscan maximizar su bienestar y eficiencia. El precio del suelo es la señal que coordina este inmenso ballet social.

Cuando la planificación intenta suplantar este orden espontáneo mediante un diseño hiper-regulado, suele generar consecuencias imprevistas y devastadoras, especialmente para los sectores más vulnerables. Bertaud analiza con detalle cómo regulaciones bienintencionadas —pero económicamente analfabetas— terminan segregando y excluyendo:

  • Límites de densidad y/o alturas estrictos: Al prohibir la densificación en áreas centrales, la planificación empuja la demanda hacia la periferia, destruyendo suelo agrícola, aumentando la huella de carbono por viajes más largos y encareciendo la vivienda central.
  • Tamaños mínimos de lote y estacionamientos obligatorios: Normas comunes en la planificación latinoamericana que imponen estándares de «calidad» que la población de menores ingresos simplemente no puede pagar. El resultado no es una ciudad más ordenada, sino el aumento de la informalidad, campamentos y hacinamiento.

El arte de planificar, entonces, exige una dosis profunda de humildad intelectual. El planificador debe aceptar que no puede —ni debe— predecir con exactitud dónde querrá vivir la gente o dónde preferirán instalarse las industrias del futuro. Intentar diseñar el resultado final de una ciudad es una receta segura para la obsolescencia y la exclusión.

El verdadero rol del planificador: Infraestructura, bienes públicos y reglas del juego

Si el mercado y las decisiones individuales son los encargados de dar forma a la ciudad, ¿significa esto que debemos abrazar el laissez-faire absoluto y desmantelar los departamentos de planificación? La respuesta de Bertaud es un rotundo no.

La planificación es más necesaria que nunca, pero su enfoque debe cambiar radicalmente. En lugar de intentar controlar el desarrollo privado mediante prohibiciones estáticas, el planificador debe concentrarse en dos tareas fundamentales que el mercado no puede resolver por sí mismo:

  1. El diseño y provisión de la estructura pública

El mercado es excelente localizando viviendas y comercios, pero es incapaz de coordinar la reserva de suelo para calles, parques, redes de agua, alcantarillado y transporte público. El verdadero «arte» del planificador es diseñar el “esqueleto público de la ciudad” con suficiente anticipación para que la carne (el desarrollo privado) pueda crecer de manera ordenada a su alrededor. Esto requiere una planificación proactiva de la infraestructura, no una reacción tardía ante la urbanización ya consumada.

  1. La mitigación de externalidades negativas

El sentido de la planificación radica en evitar que el desarrollo de unos afecte negativamente la calidad de vida de otros. Esto implica gestionar la congestión, la contaminación, y garantizar el acceso equitativo a espacios públicos de calidad. En lugar de prohibir actividades, la planificación debe enfocarse en establecer reglas del juego claras, estables y flexibles, que internalicen estos costos sociales sin asfixiar la iniciativa urbana.

Una provocación para la planificación en América Latina

Para el contexto de nuestras ciudades chilenas y latinoamericanas —marcadas por la informalidad, la crisis del acceso a la vivienda y sistemas de transporte público y privado en constante tensión— las lecciones de Bertaud adquieren una urgencia vital.

Durante décadas, hemos intentado resolver la precariedad urbana mediante la actualización infinita de Instrumentos de Planificación Territorial (IPT) que tardan años en aprobarse y que nacen obsoletos frente a la velocidad de la dinámica urbana real. Nos hemos obsesionado con el «diseño» de la ciudad idealizada en desmedro de la gestión de la ciudad real.

El desafío que nos plantea Order Without Design para el debate que promueve este número de Planeo es claro: debemos transitar desde un paradigma de controladores y diseñadores hacia uno de facilitadores y gestores de la complejidad.

El arte de planificar no es el arte de la arquitectura a gran escala; es el arte de entender la economía del suelo para asegurar que la vivienda siga siendo asequible, es el arte de diseñar redes de transporte que amplíen las oportunidades de los ciudadanos, y es, sobre todo, el sentido de saber cuándo intervenir con firmeza y cuándo dar un paso atrás para dejar que la ciudad se diseñe a sí misma.

Referencias Bibliográficas

Bertaud, A. (2018). Order without design: How markets shape cities. The MIT Press.