Hablemos de Planificación Urbana Vol. 1: el arte y sentido de planificar

JULIO 2026

Planificar para el mercado: el espacio residual como política urbana

Revista PLANEO N°66 | Hablemos de Planificación Urbana Vol. 1: el arte y sentido de planificar | Julio 2026


[Por: Geovanny Javier Ayala Pupiales. Arquitecto por la Universidad Central del Ecuador (UCE, 2014). Máster en Urbanística por la Universidad Estatal de Arquitectura e Ingeniería Civil de San Petersburgo, Rusia (СПбГАСУ, 2019). Actualmente es investigador en el campo de la Historia y Teoría de la Arquitectura (Especialidad VAK 2.1.11), enfocado en los aspectos filosóficos y matemáticos del diseño paramétrico. javier.ayala.jm@gmail.com]

Imagen 1: Barrio El Placer, en las laderas del volcán Pichincha, Centro Histórico de Quito, Ecuador. Las fachadas pintadas corresponden a la campaña de embellecimiento impulsada por el FONSAL en 2007–2008.[1]
Fuente: Archivo personal (2007)

En 1972, Rem Koolhaas y Elia Zenghelis propusieron una ciudad dividida en dos mitades: una zona de abandono y una franja de arquitectura deseable, cuidadosamente construida, que sus habitantes elegían voluntariamente no abandonar. Exodus, or the Voluntary Prisoners of Architecture no era una distopía de advertencia sino una descripción. La pregunta que el proyecto ponía sobre la mesa, no era cómo evitar esa ciudad, sino por qué los mecanismos que la producen resultan tan difíciles de ver como mecanismos y tan fáciles de experimentar como condiciones naturales del territorio. 

Esa pregunta, hoy en día, es relevante. Lo que en el proyecto de Koolhaas aparecía como metáfora especulativa, opera hoy como procedimiento ordinario de gestión urbana. Saskia Sassen identificó el mecanismo con precisión, donde las ciudades globales concentran las funciones de comando del capital transnacional y, al hacerlo, producen simultáneamente una polarización interna que sus propias instituciones de gobernanza no están diseñadas para revertir. Las economías de las ciudades estratégicas se desconectan progresivamente de sus territorios y poblaciones inmediatas; lo que permanece en el centro es el aparato de coordinación financiera, lo que queda fuera es la fuerza de trabajo que lo hace posible (Sassen, 2005, pp. 35–38). La planificación opera dentro de esa estructura, no sobre ella. 

“La ciudad fue, históricamente, el lugar donde el excedente era concentrado, absorbido y utilizado” (Harvey, 2013, p. 23). David Harvey, al analizar la urbanización como mecanismo de absorción de excedente de capital, identificó un proceso que precede y condiciona toda decisión de planificación técnica. La ciudad no crece donde hay necesidad habitacional; crece donde la inversión puede valorizarse. Ese desajuste no es un accidente de gestión, sino la lógica operativa del sistema. La planificación que ignora esa estructura no planifica el espacio, administra la distribución de sus rentas. Lo que en los documentos técnicos aparece como «déficit de cobertura» es, en términos estructurales, el residuo espacial de una economía que construye donde conviene y abandona donde no. 

Henri Lefebvre distinguió entre el valor de uso y el valor de cambio del espacio. La ciudad como oeuvre [2], como obra colectiva habitada, tiene un valor de uso que no coincide con su valoración en el mercado del suelo. Cuando la planificación regula el espacio desde las categorías del valor de cambio, la participación ciudadana que el discurso técnico contemporáneo celebra como indicador de legitimidad opera sobre lo que ya ha sido decidido por la estructura de propiedad. Se consulta sobre el diseño de una plaza en un barrio cuya localización ya fue determinada por la renta (Lefebvre, 1996, pp. 63–184). El derecho a la ciudad, que Lefebvre formuló como derecho a la centralidad y no a la periferia tolerada, queda reducido a un derecho a opinar sobre los márgenes del sistema. 

Las intervenciones de escala reducida, el urbanismo táctico, la transformación efímera de espacios residuales, pintura de fachadas de viviendas, son frecuentemente presentados como respuesta a esa exclusión, pues no lo son, son su administración estética. Una intervención que no transforma el régimen de propiedad del suelo no transforma la distribución del espacio. Mike Davis documentó cómo en las periferias de las grandes ciudades del Sur Global la producción de espacio habitable ocurre en condiciones que ninguna política de mejora urbana de escala menor puede revertir, no porque la voluntad falte, sino porque los mecanismos que producen esa periferia operan a una escala estructural que la intervención táctica no alcanza (Davis, 2006, pp. 13–19). Los slums[3] no son accidentes del crecimiento urbano; son su producto residuo que todos pretenden olvidar. 

Lo que ese proceso produce en América Latina tiene nombres concretos: las villas miseria de Argentina, las favelas o “ciudades de Dios” de Brasil, el muro de la vergüenza de Lima, las periferias informales como “Los Guasmos”, las “Luchas de los Pobres”, o para endulzar su carencia: “las colinas del…” o “ciudadelas de…” en Quito, Guayaquil o cualquier ciudad de relevancia en nuestra Latinoamérica. En todos estos casos, el sistema obligó progresivamente a quienes no pertenecían a los grupos con poder adquisitivo a vivir y sobrevivir en los bordes, a construir una organización que nadie quería ver ni asumir como responsabilidad pública. Y en la misma operación, quienes sí pertenecían a esos grupos construyeron murallas, literales o reglamentarias, para preservar una exclusividad que requería la diferencia visible. Frente a esa exclusión, la respuesta de quienes habitan el borde no es la resignación sino la afirmación del lugar, la organización comunitaria. Lo formuló con precisión la líder comunitaria puertorriqueña Amparo García, del barrio Buena Vista en Santurce, frente al desplazamiento de su comunidad: «no es que queramos vivir así, es que queremos vivir aquí»[4]. La frase invierte el argumento de Exodus: donde Koolhaas describe una franja deseable que sus habitantes eligen no abandonar, García describe la permanencia en un lugar no deseable, sostenida no por estética sino por arraigo y derecho. Žižek, retomando el análisis de Fredric Jameson sobre el «inconsciente político» de los objetos culturales, señaló que todo proyecto arquitectónico puede leerse como «resolución imaginaria de una contradicción real» (Lahiji, 2009, p. 5, citando a Jameson, 1981, p. 79). Los grandes equipamientos públicos que declaran abiertos sus espacios son, en ese análisis, dispositivos de «exclusividad democrática», crean un espacio formalmente igualitario cuyo acceso está filtrado por mecanismos privados. La planificación que construye infraestructura de equidad dentro de una estructura de desigualdad produce el mismo efecto. 

«La arquitectura no es lo más importante. Lo importante es la vida, los amigos, este mundo injusto que debemos modificar…» (Niemeyer, 2007, min. 26:15). Oscar Niemeyer, longevo arquitecto comunista brasileño, para muchos el arquitecto más canónico de América Latina, autor de Brasilia junto a Lucio Costa, desmontaba desde adentro la centralidad de la profesión no para abandonarla, sino para subordinarla. La arquitectura, en su reflexión, no resuelve la contradicción que la produce. Puede crear condiciones; no puede superarlas. Lo que decide la ciudad no es el proyecto sino la estructura política y económica que determina dónde se construye, para quién, y a qué precio. Esa honestidad, pronunciada por quien construyó a escala nacional, es más incisiva que cualquier crítica externa al oficio. 

El junkspace, ese territorio de excedentes y residuos que Koolhaas definió como «lo que queda después de que la modernización ha seguido su curso» (Koolhaas, 2002, p. 175), no es la ausencia de planificación sino su producto permanente y, su condición política es explícita: «depende de la supresión central de la facultad crítica en nombre del confort y el placer» (Koolhaas, 2002, p. 184). Cada decisión técnica de zonificación, cada índice de edificabilidad, cada trazado vial produce como subproducto necesario zonas que no caben en el plan y que el mercado no tiene incentivo para integrar. El junkspace no rodea accidentalmente a la franja de Exodus, es lo que esa franja necesita para definir sus bordes. Las periferias latinoamericanas, con su densidad informal y su vitalidad forzada, no son el fracaso de la ciudad planificada sino su condición de posibilidad. 

El desafío que esto plantea a la planificación urbana no es instrumental, sino estructural. Las herramientas digitales de gestión territorial, los sistemas de información geográfica, los modelos predictivos de demanda habitacional, son instrumentos potentes para administrar con mayor precisión un sistema cuya lógica de fondo permanece intacta si no se interviene sobre el régimen de propiedad del suelo y sobre los mecanismos de captura de renta. Ese vacío exige criterio técnico no capturado por la tecnocracia ni el populismo, dos modos distintos de evadir la pregunta distributiva que la planificación urbana no puede seguir postergando. Administrar mejor la desigualdad espacial es distinto de reducirla. Esa distinción, que la convocatoria de esta revista formula como tensión entre planificación y mercado, es el problema político que antecede a cualquier decisión técnica. Reconocerlo no resuelve el problema, pero es la condición para no confundir su administración con su solución. 

Notas 

[1]. Los barrios de las laderas occidentales del volcán Pichincha, en el entorno del Centro Histórico de Quito, crecieron de manera informal durante la segunda mitad del siglo XX, en su mayor parte sin permisos de construcción ni criterios técnicos de emplazamiento. Con el tiempo, el Municipio del Distrito Metropolitano de Quito los regularizó mediante ordenanzas sucesivas, integrándolos al tejido urbano del área patrimonial. A partir de 2001, y con mayor intensidad entre 2007 y 2008, el Fondo de Salvamento del Patrimonio Cultural de Quito (FONSAL), creado en 1988 y transformado en 2010 en el Instituto Metropolitano de Patrimonio, impulsó campañas de pintura y recuperación de fachadas en estos barrios como parte de su programa de embellecimiento urbano. La intervención, de carácter superficial, contrastó con la ausencia de inversión estructural en infraestructura, servicios básicos y condiciones de habitabilidad en las mismas zonas, ilustrando el mecanismo descrito en este texto: la apariencia de intervención sin transformación de las condiciones que producen el déficit (Durán, 2014; Marina Sánchez & Woolfson, 2016). 

[2]. Lefebvre utiliza el término francés oeuvre para distinguir la ciudad como obra colectiva, producida y habitada por sus ciudadanos a lo largo del tiempo, de la ciudad como produit, producto sometido a las leyes del mercado y del intercambio. La oeuvre implica valor de uso: la calle, la plaza, el barrio como lugares de encuentro, de memoria y de vida cotidiana. El produit implica valor de cambio: el suelo, la vivienda y los espacios públicos como activos monetizables. Cuando la planificación opera desde la lógica del produit, la ciudad como oeuvre se vuelve residual. Esta distinción es el núcleo del argumento que Lefebvre desarrolla en Le droit à la ville (1968), incluido en la compilación Writings on Cities (1996). 

[3]. Slum es el término anglosajón de uso global en la literatura académica y en los informes de organismos internacionales para designar asentamientos urbanos informales caracterizados por precariedad habitacional, acceso deficiente a servicios básicos e inseguridad en la tenencia del suelo. Mike Davis lo adopta como categoría analítica en Planet of Slums (2006), señalando que, pese a sus distintas denominaciones locales: villa miseria, favela, gecekondu, barriada, bustee, etc., todas responden a la misma lógica estructural de producción del espacio residual urbano (Davis, 2006, pp. 22–23). La ONU-Hábitat estima que más de mil millones de personas habitaban en slums en 2005, cifra que continuó creciendo en las dos décadas siguientes. 

[4]. La frase es de Amparo García, líder comunitaria del sector Buena Vista, en el barrio de Santurce, San Juan de Puerto Rico, pronunciada en el contexto de la resistencia de esa comunidad frente a procesos de desplazamiento y especulación inmobiliaria. La cita circula públicamente, entre otros medios, a través del video musical de la canción «Vamo a Portarnos Mal» del dúo Calle 13 (álbum Entren Los Que Quieran, 2010), que la incluye como testimonio inicial.  

Referencias bibliográficas 

Davis, M. (2006). Planet of slumsVerso. 

Durán, L. (2014). Entre el espectáculo, el estigma y lo cotidiano: ¿es posible habitar el patrimonio? Miradas desde los barrios del Centro Histórico de Quito. En L. Durán, M. Lacarrieu, & E. Kingman (Coords.), Habitar el patrimonio: Nuevos aportes al debate desde América Latina. FLACSO / Instituto de Patrimonio de Quito. https://doi.org/10.30972/crn.1818192 

García, A. (2010). Testimonio citado en Calle 13, Vamo a portarnos mal [Video musical]. En Entren los que quieran. Sony Music Latin. https://www.youtube.com/watch?v=PKE_6OmBijk . 

Harvey, D. (2013). Rebel cities: From the right to the city to the urban revolution (Madrilonia, Trad.). Akal. (Obra original publicada en 2012). 

Jameson, F. (1981). The political unconscious: Narrative as a socially symbolic act. Cornell University Press. 

Koolhaas, R. (2002). Junkspace. October, 100, 175–190. 

Koolhas, R., & ZENGHELIS, E. (1992). Exodus, or the voluntary prisoners of architecture (1972) [Proyecto arquitectónico]. En OMA/Rem Koolhaas: 1972–1992. El Croquis Editorial 

Lahiji, N. (2009). In interstitial space: Žižek on «Architectural Parallax». International Journal of Žižek Studies3(3). 

Lefebvre, H. (1996). Writings on cities (E. Kofman & E. Lebas, Eds. y Trads.). Blackwell. 

Marina Sánchez, L., & WOOLFSON, O. (2016). Centro Histórico de Quito: Aportes para reflexionar sobre la preservación de las casas patio desde el estado de concientización usuaria. Contexto. Revista de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Nuevo León10(12), 29–38. https://www.redalyc.org/pdf/3536/353645633003.pdf  

Niemeyer, O. (2007). A vida é um sopro [Película]. Dirección de F. Maciel. YouTube. https://youtu.be/VhZcYanSyBk 

Sassen, S. (2005). The global city: Introducing a concept. Brown Journal of World Affairs11(2), 27–43.