Revista PLANEO N°67 | Hablemos de Planificación Urbana Vol. 2: Laboratorios Urbanos | Septiembre 2026
[Por: Aina Levesque Bonnín. Antropóloga. Doctoranda en el programa de Doctorado de Sociología y Antropología, Facultad de Ciencias Políticas y Sociología, Universidad Complutense de Madrid]

Imagen 1: Solar en Palma de Mallorca, Barrio San Gotleu
Fuente: Archivo de la autora
La mayoría de los solares no edificados están vallados. La valla delimita con precisión dónde comienza y termina una propiedad, aunque detrás de ella aparentemente no exista actividad o uso. La vegetación atraviesa parcialmente sus límites y en el interior aparecen maderas, metales, plásticos y restos de materiales de construcción. También encontramos objetos reutilizados: sillas, mesas o estructuras improvisadas que proporcionan sombra y protección frente a la lluvia. Objetos, infraestructuras y prácticas cambian además dependiendo del clima y las estaciones. Propongo pensar estos solares no solamente como terrenos pendientes de edificación, sino como lugares desde los que observar algunas relaciones elementales que los seres humanos hemos establecido históricamente con el territorio: delimitar, almacenar, reutilizar, construir, apropiarse y decidir quién puede acceder a determinados recursos. ¿Podrían los solares funcionar como pequeñas puertas hacia el pasado desde las que reconsiderar cómo planificamos la ciudad del presente y del futuro?
Lewis Mumford, en La ciudad en la historia (1961), comienza su recorrido antes de que exista propiamente la ciudad. Las sociedades paleolíticas, la revolución neolítica, las primeras aldeas y posteriormente las ciudades muestran diferentes maneras de relacionar asentamiento, recursos y territorio. Con el desarrollo de la agricultura aparece una cuestión fundamental: la posibilidad de producir y almacenar excedentes. Grano, semillas y otros recursos podían conservarse más allá de las necesidades inmediatas y, con las primeras ciudades, su almacenamiento y administración adquirieron una dimensión política (estado, burocracia, leyes, policía y religión). Controlar el excedente significaba también intervenir sobre su distribución y acceso. Esto no supone establecer una evolución lineal entre Paleolítico, Neolítico y ciudad contemporánea. Graeber y Wengrow en El amanecer de todo: una nueva historia de la humanidad (2021), cuestionan precisamente estas narrativas. Las evidencias arqueológicas y antropológicas muestran sociedades capaces de experimentar con organizaciones políticas, económicas y territoriales diversas. Esta discusión recuerda algo importante para la planificación: las formas mediante las cuales organizamos actualmente el territorio son históricas, no naturales ni inevitables.
Palés, maderas, muebles deteriorados y restos de construcción se acumulan frecuentemente en estos espacios. Desde una determinada mirada constituyen residuos, abandono o desorden. Sin embargo, algunos vuelven a entrar en circuitos de uso: un palé se convierte en banco; unas maderas, en mesa; una lona proporciona sombra y privacidad; otros materiales se almacenan para utilizarlos posteriormente. Estas transformaciones se relacionan además con las condiciones ambientales: las prácticas, actividades e infraestructuras se modifican según el clima y las estaciones. Evidentemente, un palé recuperado en un solar del siglo XXI no equivale al grano almacenado por una comunidad neolítica. Pero ambos permiten formular una pregunta antropológica común: ¿qué hacemos con aquello que excede nuestras necesidades inmediatas y quién decide sobre su utilización?
La ciudad contemporánea continúa produciendo excedentes, aunque una parte adopte ahora la forma de aquello que los circuitos económicos han descartado: objetos, muebles, maderas o materiales de construcción. Aquello que ha perdido valor económico para unos puede conservar utilidad para otros. Karl Polanyi en La gran transformación (1989), recuerda que las sociedades humanas no han organizado siempre la circulación de recursos mediante mercados autorregulados. Reciprocidad y redistribución, entre otros mecanismos, permitieron articular la vida económica de formas diferentes. Una transformación decisiva de la modernidad consistió en incorporar a la lógica mercantil elementos necesarios para la reproducción de la vida, entre ellos la tierra, considerada por Polanyi una mercancía ficticia porque no fue producida para ser vendida. En el solar parecen encontrarse así dos formas de excedente: objetos expulsados de los circuitos ordinarios de consumo que pueden recuperar utilidad y suelo que permanece sin edificar, pero conserva propietario y valor económico. Aquí la delimitación física del solar adquiere una especial importancia. Una valla no solo separa dos superficies. Produce un dentro y un fuera, regula materialmente el acceso y hace visible una determinada distribución de derechos. Incluso cuando un terreno permanece sin uso efectivo, la valla recuerda que alguien mantiene la capacidad de excluir.
La distinción de Proudhon en el libro ¿Qué es la propiedad? (1840) entre propiedad y posesión permite problematizar esta situación. Alguien puede conservar jurídicamente un terreno sin mantener relación cotidiana con él; otra persona puede atravesarlo, limpiarlo, almacenar objetos o transformarlo sin adquirir capacidad formal para decidir sobre su futuro. Rosa Congost en el libro Tierra, leyes, historia. Estudios sobre “la gran obra de la propiedad” (2007) lleva esta cuestión más lejos al mostrar que la propiedad no constituye una relación natural entre una persona y una cosa, sino una construcción histórica mediante la cual determinados derechos han sido reconocidos y jerarquizados frente a otros. Se trata de reconocer algo relevante para la planificación: la titularidad jurídica no agota las relaciones que las personas establecen con el territorio. En los solares estas relaciones se hacen especialmente visibles. Lefebvre (2013) planteó que el espacio no constituye un recipiente neutral, sino que es producido socialmente; De Certeau (2000) mostró cómo las personas adaptan mediante prácticas cotidianas espacios organizados por estructuras que no controlan completamente.
Muchas de estas acciones son contemporáneas y, simultáneamente, remiten a problemas humanos antiguos: delimitar, almacenar, reutilizar, construir, adaptarse a las estaciones, proteger recursos y negociar quién puede utilizar un territorio. Esto no significa que quienes utilizan actualmente un solar reproduzcan formas de vida neolíticas, sino que determinadas necesidades vinculadas a la organización material de la vida reaparecen bajo configuraciones históricas diferentes. Construir mobiliario con materiales descartados o trasladar actividades domésticas hacia un solar puede revelar también precariedad, viviendas insuficientes o ausencia de espacios colectivos. Precisamente por ello estas prácticas deberían interesar a la planificación. ¿Por qué determinadas actividades desbordan la vivienda? ¿Por qué alguien construye un banco donde no estaba previsto sentarse? ¿Por qué un espacio sin equipamiento puede ser continuamente adaptado? Estas preguntas convierten el solar en algo más que una superficie pendiente de edificación. Permiten observar cómo las personas producen espacio cuando las soluciones existentes no responden completamente a sus necesidades. La planificación urbana está necesariamente orientada hacia el futuro. Sin embargo, imaginar otras ciudades quizá requiera reconocer también la diversidad de formas mediante las cuales las sociedades humanas han organizado históricamente territorio y recursos. Mumford permite recuperar la relación entre asentamiento y excedente; Graeber y Wengrow, la capacidad humana de experimentar con diferentes organizaciones; Polanyi, la historicidad del mercado; Proudhon y Congost, la construcción histórica de la propiedad; Lefebvre y De Certeau, la producción cotidiana del espacio.
Los seres humanos del siglo XXI vivimos bajo condiciones radicalmente diferentes de las comunidades que nos precedieron, pero seguimos enfrentándonos a preguntas antiguas: cómo almacenar, reutilizar, compartir, delimitar, habitar y decidir sobre los recursos y el territorio. Quizá por ello los solares puedan funcionar como puertas hacia el pasado. No para regresar a él, sino para recordar que las soluciones institucionales actuales son solo algunas entre las muchas que los seres humanos hemos construido históricamente. Pensar la ciudad futura podría exigir recuperar esa capacidad de experimentar. Y quizá el primer paso sea observar con mayor atención aquello que sucede detrás de una valla antes de decidir qué debería construirse al otro lado.
Referencias bibliográficas
Congost, R. (2007). Tierras, leyes, historia: Estudios sobre «la gran obra de la propiedad». Crítica.
De Certeau, M. (2000). La invención de lo cotidiano. 1. Artes de hacer. Universidad Iberoamericana.
Graeber, D., & Wengrow, D. (2021). El amanecer de todo: Una nueva historia de la humanidad. Ariel.
Lefebvre, H. (2013). La producción del espacio. Capitán Swing.
Mumford, L. (1961). The city in history: Its origins, its transformations, and its prospects. Harcourt, Brace & World.
Polanyi, K. (1989). La gran transformación: Crítica del liberalismo económico. La Piqueta.
Proudhon, P.-J. (1840). ¿Qué es la propiedad? [Aquí convendría indicar la edición y editorial que has consultado].