Revista PLANEO N.º 67 | Hablemos de Planificación Urbana. Vol. 2: Laboratorios Urbanos | Septiembre 2026
[Por: Javier Miramontes Figueroa. Arquitecto, Tecnológico de Monterrey, México; estudiante de Magíster en Asentamientos Humanos y Medio Ambiente, Pontificia Universidad Católica de Chile]
Entrevistada: Andrea Villasis

Andrea Villasís es abogada especializada en ordenamiento territorial, con más de diez años de experiencia en planeación urbana, derecho urbano y ambiental así como desarrollo de proyectos con enfoque territorial y climático. Su trayectoria combina la práctica profesional con la experiencia académica en el área de Estudios Urbanos y Regionales del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Su trabajo integra la planeación urbana participativa, el análisis geoespacial, la coordinación interinstitucional y el diseño de procesos de colaboración entre gobiernos, comunidades, academia y otros actores. Actualmente se desempeña como coordinadora de desarrollo urbano en WRI México, donde colabora en iniciativas orientadas a fortalecer la gobernanza urbana, impulsar soluciones de adaptación climática y traducir evidencia técnica y conocimiento comunitario en acciones concretas para mejorar las ciudades.
WRI y Coaliciones Urbanas Transformadoras: nuevas formas de gobernanza urbana
PLANEO (Javier): Para comenzar, cuéntanos brevemente qué es WRI y en qué consiste el proyecto Coaliciones Urbanas Transformadoras (TUC), desde el cual han trabajado con laboratorios urbanos en distintas ciudades de América Latina.
Andrea Villasis: WRI es una organización técnica no gubernamental que trabaja en muchos países del mundo. En América Latina estamos presentes en Brasil, Colombia y México, y trabajamos en diferentes áreas, entre ellas ciudades.
El área de ciudades de WRI México tiene como una de sus prioridades encontrar y fortalecer espacios de participación ciudadana para que la planeación de las ciudades sea más integral, sobre todo con un enfoque de adaptación al cambio climático. Somos una organización ambientalista preocupada por la mitigación y adaptación al cambio climático, y creemos que generar procesos diferentes de participación ciudadana, que permitan escuchar la realidad de las personas a nivel de calle, contribuye a una planeación más integral.
A lo largo de los años, WRI México ha crecido y actualmente trabaja también en diferentes temas como recursos naturales, océanos y movilidad, entre otros.
Dentro del área de ciudades existe un proyecto muy importante que es Coaliciones Urbanas Transformadoras (TUC). Este proyecto busca fomentar espacios innovadores de gobernanza bajo el modelo de laboratorio urbano. Trabajamos en cinco ciudades de América Latina: León y Naucalpan, en México; Buenos Aires, en Argentina; y Recife y Teresina, en Brasil.
En estas cinco ciudades contamos con laboratorios urbanos. Al fomentar cinco laboratorios de manera simultánea, podemos aprender conforme avanzan los procesos, identificando qué funciona y qué no funciona tanto. El objetivo es que, al terminar estos cinco o seis años de trabajo, podamos tener sistematizadas e identificadas las mejores prácticas para fomentar este tipo de espacios.
Experimentar directamente en la ciudad
PLANEO (Javier): Desde tu experiencia, ¿cómo definirías un laboratorio urbano y qué lo diferencia de otros espacios de participación o de planificación urbana?
Andrea Villasis: Un laboratorio urbano es un espacio en el que se reúnen diferentes perfiles, intereses y sectores con el objetivo de dialogar entre ellos y buscar acuerdos concretos que beneficien a su comunidad y, particularmente, a la ciudad en la que se encuentran.
Lo que diferencia al laboratorio urbano de otros modelos es que está pensado para reunir a estas personas y aprovechar herramientas de la planeación urbana desde la experimentación. Es decir, diferentes personas y perfiles trabajan en conjunto para hacer un diagnóstico, identificar sus funciones, reconocer cómo les gustaría modificar su ciudad y, a partir de ese diagnóstico, hacer pruebas en el espacio.
Se trata de experimentar para comprobar si su diagnóstico y aquello que creen que debería suceder en su ciudad realmente responde a lo necesario para transformar su entorno.
Se llama laboratorio urbano justamente por eso: porque permite experimentar en el espacio, experimentar en la ciudad, para buscar mejores soluciones.
La confianza también necesita tiempo
PLANEO (Javier): Has tenido la oportunidad de participar directamente en estas experiencias. ¿Cómo ha sido llevar la idea del laboratorio urbano a la práctica y qué aprendizajes destacarías de estos procesos?
Andrea Villasis: He aprendido mucho porque han sido alrededor de cinco años de trabajo en las dos ciudades en las que colaboro directamente, Naucalpan y León. Entre otras cosas, algo que considero fundamental es entender que, si queremos cambios sistémicos en la manera en que se toman decisiones sobre nuestras ciudades, necesitamos paciencia y mucha resiliencia. Son procesos de largo plazo.
Las ciudades necesitan muchas cosas para transformarse, pero también necesitan transformarse las mentalidades de las personas que toman decisiones sobre ellas. Quienes nos enfocamos en transformar la ciudad debemos ser pacientes y resilientes y, al mismo tiempo, muy flexibles para adaptarnos a los entornos de cada ciudad y a cada caso particular.
Por ejemplo, hemos trabajado en León desde aproximadamente 2020 o 2021. La primera vez que intentamos realizar una serie de experimentos y pilotajes en el espacio público, hicimos implementaciones pequeñas, experimentales y temporales. Utilizamos herramientas como el urbanismo táctico para hacer pruebas en el espacio que nos permitieran medir en qué aspectos existían acuerdos, en cuáles no, qué funcionaba y qué no funcionaba.
En aquella ocasión fue muy difícil implementar estas soluciones. Nos costó mucho trabajo porque había mucha reticencia de diferentes actores a colaborar con personas que no necesariamente pensaban de la misma manera. Era plantearles: “Vamos a trabajar en conjunto con personas con las que normalmente discuto”. Lograr esa implementación fue muy complicado.
Pero después de dos años de trabajo y de seguir alimentando este espacio, las personas comenzaron a conocerse personal y profesionalmente. Empezaron a darse cuenta de que, más allá de la máscara de funcionario público, de organización de la sociedad civil o de academia, existe una persona con una voluntad real de generar cambios en su entorno. Y, en realidad, esa voluntad compartida es una de las características que hace que estas personas se reúnan en un laboratorio urbano.
Hace poco realizamos una implementación en el espacio público mucho más grande que las anteriores y fue un éxito. Transformamos un espacio en un refugio climático: instalamos más de 650 especies nativas, mejoramos el suelo e hicimos un jardín de lluvia para facilitar la absorción del agua. Cambiamos por completo un espacio que anteriormente era árido y muy seco.
Esa implementación no se hubiera podido lograr sin todos los años previos de trabajo y de construcción de confianza entre los diferentes actores. Tomó mucho tiempo llegar a ese momento en el que estuvieron dispuestos a colaborar entre ellos. Finalmente, las diferentes personas que formaban parte del laboratorio decidieron dejar de lado egos o fricciones por un bien común.
Un laboratorio como reflejo de la sociedad
PLANEO (Javier): Precisamente uno de los grandes desafíos parece ser reunir a actores que tienen intereses, conocimientos y formas de entender la ciudad muy diferente. A partir de las experiencias de Naucalpan y León, ¿qué puntos críticos deberían considerarse para que estos distintos actores realmente puedan colaborar?
Andrea Villasis: Precisamente uno de los grandes desafíos parece ser reunir a actores que tienen intereses, conocimientos y formas de entender la ciudad muy diferentes. A partir de las experiencias de Naucalpan y León, ¿qué puntos críticos deberían considerarse para que estos distintos actores realmente puedan colaborar?
Se me ocurren varias cosas. Una de ellas es que un laboratorio, sobre todo cuando logras que en ese espacio se encuentren diferentes sectores y exista una gran diversidad de perfiles, criterios y experiencias, se convierte de alguna manera en una pequeña representación del mundo.
Los retos que existen en la sociedad también se reflejan dentro de un laboratorio a una escala micro. Problemáticas como la misoginia, la violencia hacia las mujeres o los retos en materia de equidad de género también aparecen en estos espacios.
Por eso, la persona facilitadora o quien sea responsable de fortalecer estos laboratorios urbanos debe estar muy consciente de que esos retos de la sociedad van a reproducirse ahí. Es necesario desarrollar estrategias para disminuir las desigualdades sistémicas que existen fuera del laboratorio.
Por ejemplo, puede haber personas que tienden a acaparar la conversación y no permiten hablar a los demás. En esos casos hay que pedirles, de manera respetuosa, que permitan participar a sus compañeros y compañeras. Pero también sucede lo contrario: hay personas más tímidas o introvertidas que no se sienten cómodas expresando públicamente sus opiniones. Para ellas también debemos generar alternativas que les permitan participar.
Una de las características que siempre debería existir en un laboratorio urbano —y, en realidad, en cualquier proceso de gobernanza— es un espacio parejo donde las diferentes voces puedan ser escuchadas.
Por eso el rol de la persona facilitadora es muy importante. Necesitas fomentar un espacio de confianza en el que siempre se mantenga el respeto y donde todas las personas puedan compartir sus ideas. Al final, eso debería caracterizar a un laboratorio: un lugar donde diferentes ideas y opiniones sobre temas que muchas veces son polémicos —como tomar decisiones sobre el espacio público o sobre la ciudad— sean bienvenidas.
Incluso cuando una idea pueda parecer equivocada o no tenga suficiente sustento técnico, debe existir un espacio para expresarla y para que las personas se sientan en confianza de participar.
Otro elemento muy necesario es el fortalecimiento de capacidades, para que las decisiones que se toman dentro del laboratorio estén acompañadas por datos e información fundamentada. No se trata únicamente de reunir personas, sino también de proporcionar herramientas que permitan tomar mejores decisiones.
A partir de los aprendizajes de Coaliciones Urbanas Transformadoras hemos identificado cuatro condiciones fundamentales para consolidar un espacio de colaboración entre diferentes actores: fomentar un sentido de corresponsabilidad, construir un espacio neutral, promover un diálogo horizontal y garantizar una diversidad de actores.
También hay algunas cuestiones prácticas que son importantes para mantener el interés de los participantes. Vale la pena conocer a cada una de las personas, comunicar de manera muy clara los objetivos y alcances del proyecto y mantener siempre una postura neutral como facilitador.
Y hay algo que considero especialmente importante: sumar a los posibles detractores desde el inicio. Es algo que muchos procesos omiten porque, evidentemente, siempre es más fácil no incorporar a las personas a quienes no les gusta tu proyecto. Pero eso es un error.
Eventualmente vas a encontrarte con esas personas y, si no las incorporaste desde el principio, quizá perdiste la oportunidad de considerar su versión de las cosas. Seguramente algo de sentido tendrá su posición, aunque no coincidas completamente con ella. Vale la pena incorporar perfiles que no necesariamente piensan como tú.
También hay que mantener una comunicación activa, constante y flexible. Si estamos buscando perfiles diversos, debemos entender que no todas las personas se comunican de la misma manera. Algunas no quieren utilizar WhatsApp y solamente utilizan correo electrónico; otras prefieren llamadas. Incluso hay adultos mayores que no están familiarizados con determinadas tecnologías y para quienes funcionan mejor los encuentros uno a uno.
Si quieres que un proceso de gobernanza sea eficiente y alcance sus objetivos, tienes que considerar todos estos perfiles. Esto implica un costo adicional para quienes facilitan el proceso, pero considero que es la mejor forma de desarrollar un buen proceso.
Finalmente está la representatividad. Siempre debemos buscar un equilibrio y una diversidad de grupos. No puede existir, por ejemplo, una sobrerrepresentación de actores académicos, porque entonces deja de ser un laboratorio urbano y se convierte en otra cosa.
De la participación a la corresponsabilidad
PLANEO (Javier): A partir de estos años de trabajo, ¿qué elementos han identificado desde Coaliciones Urbanas Transformadoras para generar una verdadera mentalidad colaborativa entre los participantes y hacer viables estos procesos en el tiempo?
Andrea Villasis: El proyecto Coaliciones Urbanas Transformadoras tiene un enfoque muy orientado a sistematizar aprendizajes, encontrar coincidencias y posteriormente replicar procesos exitosos. Hay muchos tipos de laboratorios urbanos en el mundo, con perfiles y ejercicios distintos, pero todos tienen en el centro la creación de espacios diversos de colaboración para lograr acciones que permitan transformar el entorno.
En nuestro caso buscamos identificar qué hace que las personas estén dispuestas a colaborar con otros perfiles con el objetivo de cambiar su entorno.
Creemos que existen varios elementos. Uno de ellos es formar parte de un espacio diverso, acompañado siempre por ejercicios de fortalecimiento de capacidades, para que las decisiones tomadas dentro del laboratorio estén basadas en datos e información fundamentada.
También necesitamos un espacio neutral donde todas las personas se sientan cómodas expresando sus opiniones y utilizar la experimentación tangible, es decir, una experimentación que permita observar directamente en el espacio cuáles son los efectos de nuestras acciones.
Finalmente, hay que fomentar siempre un sentido de corresponsabilidad. Podemos argumentar que los gobiernos locales son responsables de que la ciudad y el espacio público sean de calidad y sostenibles. Sin embargo, cuando hablamos de temas climáticos necesitamos generar una sensación de que todos somos parte de la misma ciudad y, por lo tanto, todos tenemos también un papel en hacer que esa ciudad sea mejor.
Los problemas urbanos y ambientales de nuestras ciudades son muy complejos y requieren la participación, el conocimiento y las capacidades de muchos actores. Para lograr ese cambio de mentalidad necesitamos que la gente comprenda que todos somos corresponsables de la transformación de nuestras ciudades.
Esta corresponsabilidad también puede trasladarse a la implementación de acciones concretas. La planeación urbana requiere tener claridad sobre los alcances y los recursos disponibles: entender hasta dónde puede llegar un proceso y plantear intervenciones acordes con esas posibilidades.
En ese sentido, una alternativa es comenzar con acciones concretas y locales, identificando a los actores que pueden involucrarse directamente en la transformación de un espacio. En una intervención de espacio público, por ejemplo, pueden participar gobiernos, empresas, pequeños negocios y otros actores de la comunidad que tengan interés en mejorar su entorno.
En el refugio climático que desarrollamos en León ocurrió justamente eso. Recibimos apoyos del gobierno municipal y estatal, pero también se sumaron actores privados y negocios locales con distintos tipos de aportaciones. Rotoplas, por ejemplo, redujo considerablemente el costo de una cisterna y una tortillería cercana aportó costales que necesitábamos para la intervención.
Son aportaciones de escalas muy diferentes, pero muestran algo importante: hacer ciudad no necesariamente depende de un solo actor. Se trata de identificar quiénes pueden participar, qué puede aportar cada uno y cómo generar un sentido de corresponsabilidad alrededor de una transformación concreta.
¿Por qué hacer laboratorios urbanos?
PLANEO (Javier): Frente a mecanismos tradicionales de planificación, como los instrumentos de desarrollo urbano, que suelen ser más rígidos y no siempre incorporan ampliamente la participación, ¿por qué consideras importante implementar laboratorios urbanos? ¿Por qué hacer laboratorios?
Andrea Villasis: La planeación urbana en las ciudades de América Latina se ha desarrollado durante mucho tiempo desde una perspectiva de arriba hacia abajo. Es decir, las decisiones se toman desde el gobierno y terminan afectando directamente a las personas que viven y transitan cotidianamente la ciudad.
Esta manera de planear ciudades y de buscar soluciones a los retos urbanos ha tenido muchas implicaciones. Entre ellas, que no siempre se toma en cuenta a la gente que realmente está transitando la calle y viviendo todos los días la ciudad.
Tantos años de planeación urbana nos han demostrado que existen muchas tareas pendientes derivadas de este proceso de planear de arriba hacia abajo. Urge tomar acciones para que las personas que utilizan el espacio público y viven la ciudad cotidianamente también tengan un espacio donde su voz pueda ser escuchada.
Creemos que dar espacio para que las personas compartan su vida cotidiana y los retos a los que se enfrentan es la única forma de llegar a soluciones integrales.
De lo contrario, nos quedamos con soluciones parciales que pueden beneficiar determinados aspectos, pero que no necesariamente consideran la complejidad de la realidad. Por ejemplo, quizá no estamos considerando que a la señora de la esquina se le inunda su casa porque existe un problema con el desnivel de la zona.
Cuando tomamos decisiones únicamente desde una mirada general, nos perdemos el detalle de la realidad de la ciudad a nivel de calle.
Ahí está precisamente la importancia de los laboratorios urbanos: generar espacios donde esa realidad cotidiana pueda formar parte de la manera en que pensamos, experimentamos y transformamos nuestras ciudades.