Hablemos de Planificación Urbana Vol. 1: el arte y sentido de planificar

JULIO 2026

Entre la participación y la técnica: un desafío de la planificación urbana

Revista PLANEO N°66 | Hablemos de Planificación Urbana Vol. 1: el arte y sentido de planificar | Julio 2026


[Por: José Gell Loría. Abogado, politólogo y Magister en Derecho Público de la Universidad de Costa Rica, estudiante del Magister en Desarrollo Urbano de la Pontificia Universidad Católica de Chile, consultor en elaboración de planes reguladores]

Imagen 1: Proceso participativo en Santa Cruz, Guanacaste, Costa Rica
Fuente: ECOPLAN

Los procesos participativos en la elaboración de planes reguladores no se pueden limitar a ser espacios de exigencia de demandas y expresión de necesidades de las personas, sino que deben ser instancias de producción de conocimiento colectivo, donde el criterio técnico, la experiencia cotidiana y el conflicto territorial interactúan para convertirse en una experiencia de aprendizaje para todos los participantes (Friedman, 2011). A lo largo de 15 años de experiencia siendo parte de equipos planificadores, estas instancias de participación me han dejado varios aprendizajes, entre los cuales la necesidad de equilibrar el criterio técnico y el de la comunidad. 

La participación es fundamental en cualquier proceso de toma de decisiones, incluyendo la planificación urbana. La población es la que vive en carne propia cuáles son sus problemas, cómo perciben su entorno y cuáles son los deseos y expectativas que tienen para su territorio. Acercarse a las comunidades genera información y retroalimentación valiosa, a la cual es imposible acceder desde un escritorio, por muchos datos, mapas o modelos que posea el equipo planificador. 

Sin embargo, reconocer el valor de la participación no implica sustituir el criterio técnico por la preferencia inmediata de quienes participan en un taller o audiencia, pues, así como resultaría inaceptable que las decisiones se tomen ignorando las necesidades locales, también debería serlo cuando la preferencia mayoritaria expresada en un espacio puntual sustituya las consideraciones de los profesionales con formación y experiencia en planificación. Por lo anterior es que, entre las tareas del equipo planificador, se encuentra equilibrar la visión técnica propia con las expectativas comunales, al tiempo que se gestionan presiones de grupos de interés, desinformación y captación del proceso por personas o grupos específicos, ejerciendo la coordinación de un proceso de planificación comunicativa (Healey, 1992). 

Entre las vivencias sobre la gestión que se debe hacer en talleres o reuniones resaltan: la señora que le preocupaba que la Municipalidad le quitara su casa para enviarla a vivir en otra provincia, el topógrafo que proponía establecer una superficie predial mínima en 200m2 en todo el territorio, la dirigente que dijo que recolectaría 300 firmas de apoyo para que en su barrio céntrico únicamente se permitiera uso residencial y se prohibiera cualquier comercio, los políticos que buscaban excluir vivienda de interés social o limitar la densificación en la principal vía de la ciudad, por citar los ejemplos más memorables.  

En mi experiencia, si los planes reguladores dependieran de la suma de preferencias individuales, se planificarían ciudades dispersas, de casas unifamiliares con máximo dos pisos, centradas en el automóvil: con más calles, autopistas con más carriles y mayor número de estacionamientos; básicamente el modelo de ciudad que la industria automotriz estadounidense vendió como el sueño americano, el cual la teoría y la experiencia cuestionan como una buena forma de hacer ciudad. Pese a lo anterior, también resulta pertinente rescatar elementos que la ciudadanía suele demandar que contribuirían a tener mejores ciudades: aceras, ciclovías, parques, arborización, servicios y espacios públicos de calidad. 

Otro de los riesgos en las instancias de participación es la posible captación de ciertos grupos de los espacios. Por ejemplo, el mismo político opuesto a mayor densidad convirtió la participación en una herramienta para desacreditar el proceso de planificación, indicando que las instancias con la comunidad no han sido ni suficientes ni adecuadas, acusando tanto al equipo planificador, la Alcaldía y al resto de regidores de secretismo, falta de transparencia y de favorecer intereses de desarrolladores sobre los intereses locales. Con su plataforma ha conseguido que cierto grupo de la ciudadanía se oponga al Plan Regulador, haciendo que sus impulsores tengan que duplicar esfuerzos para evitar que el trabajo de años sea desechado, paradójicamente, ello terminó impulsando el proceso con más instancias participativas en el que he colaborado. 

Un frente incluso más complejo que otros colegas han tenido que enfrentar es el de la oposición frontal de un grupo organizado a la planificación. En 2023 en Pérez Zeledón, se realizaron manifestaciones populares que generaron la presión suficiente para que el Concejo Municipal descartara la propuesta elaborada por un experimentado equipo planificador. Algunos materiales que circularon en ese contexto contenían información falsa en la que se hacía referencia a despojos de terrenos, prohibición de actividades agrícolas y la planificación como un instrumento para imponer la Agenda 2030 que generaría un nuevo orden mundial. En este caso los canales de participación habituales se vieron desbordados, haciendo que el criterio técnico no tuviera oportunidad de operar ante el descontento popular, dando al traste con el proceso. 

A partir de estas experiencias, la conclusión es que la participación debe ser transversal y relevante en los procesos de planificación, pues los pobladores del territorio son quienes lo conocen mejor y además son quienes vivirán con las decisiones que se tomen a través del plan regulador. Sin embargo, la participación no debe reemplazar el conocimiento que los profesionales en la materia han obtenido a lo largo de los años, máxime con una ciudadanía en contextos donde circula la desinformación, existen presiones de múltiple índole y que algunos actores intentan imponer sus intereses, incluso políticos, sobre el bien común. 

Por ende, el trabajo de los planificadores urbanos es ir a las comunidades, escuchar con atención sus opiniones y expectativas, no como un formalismo por cumplir, sino por un genuino interés por conocer el territorio sobre el que se plantean las propuestas. Al mismo tiempo, los equipos técnicos deben utilizar sus herramientas teóricas, metodológicas y prácticas para traducir esos insumos en propuestas viables y territorialmente pertinentes, que satisfagan en la medida de lo posible los anhelos de la comunidad, siempre dentro del marco de la técnica y la ciencia de la planificación urbana. El desafío entonces no es elegir entre técnica y participación, sino lograr un equilibrio adecuado entre ambas facetas de la planificación. 

Referencias bibliográficas 

Friedmann, J. (2011). Insurgencies: Essays in planning theory. Routledge.

Healey, P. (1992). Planning through debate: The communicative turn in planning theory. Town Planning Review, 63(2), 143–162.