Revista PLANEO N°65 | Ciudad artificial Vol. 4: desafíos inmobiliarios de la vivienda del futuro | Diciembre 2025
[Por: Pilar Hernández. Planificadora Urbana y Magíster en Desarrollo Urbano UC. Analista territorial sector Privado y Encargada de admisión IEUT]
Título: Sex and the City — “Ring a Ding Ding” (Temporada 4, Episodio 16)
Formato: Serie
Dirección: Alan Taylor
Año: 2002
Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=1maxJJBcgQ4
Disponible en: HBO Max

Imagen 1: Carrie Bradshaw y su casa
Fuente: The Sydney Morning Herald
Esta reseña partió como un hilo de conciencia entre dos mundos que siempre he sentido separados: el urbanismo y mi lado más lúdico. Nunca me he atrevido del todo a mezclarlos. Por un lado, está la seriedad del mundo profesional; por otro, mi fascinación por el cine, las series, la moda, la observación cotidiana y esa opinología medio reflexiva, medio deslenguada, que encuentra en la cultura pop una forma bastante honesta de leer la ciudad.
A buenas y primeras pensé en Sex and the City. Siempre me ha encantado esa serie. Primero por la moda, después porque me veía reflejada en distintos momentos de mi vida en Charlotte, Samantha, Miranda y Carrie. Y finalmente, porque Nueva York era —y sigue siendo— mi ciudad favorita. Lo era incluso antes de visitarla, una vez ahí, algo cambió: Pasé de mirar Nueva York con ojos de turista ingenua a mirarla como alguien que, aunque sigue enamorada de la ciudad, alcanzó a ver las grietas detrás de la fantasía. Por alguna razón sentí que pertenecía a Nueva York, pero también entendí que pertenecer allí requiere algo más que deseo: requiere aguante económico y agallas.
Cuando vi Sex and the City por primera vez debía tener unos 14 o 15 años, claramente sin supervisión adulta. Pero a esa altura ya había visto Skins varias veces y suficientes películas de terror como para que Samantha acostándose con un finance bro fuera lo menos impactante de la serie. En ese entonces veía la vida de Carrie como el ideal absoluto de adultez: una mujer exitosa, desordenada financieramente pero encantadora, viviendo en Manhattan en un departamento con personalidad, trabajando desde cafés bonitos, escribiendo columnas, yendo a brunch con amigas y gastando plata irresponsablemente en zapatos —maravillosos zapatos por lo demás—.

Imagen 2: Carrie Bradshaw y sus amigas
Fuente: Vogue
Hoy, a mis 28 años, sigo aspirando un poco a eso. Pero volver a ver la serie ahora produce una sensación distinta. Lo que a los 15 parecía libertad absoluta, a los 28 empieza a verse como una estructura económica-habitacional extremadamente frágil. Volver a ver Sex and the City hoy implica notar algo incómodo: debajo del glamour urbano siempre hubo una infraestructura económica bastante menos romántica.
Esa sensación aparece de forma especialmente brutal en “Ring a Ding Ding”, el episodio donde Carrie, después de terminar con Aidan, descubre que tiene 30 días para comprar su departamento o abandonarlo. Hasta ese momento, Carrie parecía habitar Manhattan con naturalidad. Como si la ciudad le perteneciera. Pero el episodio rompe completamente esa fantasía cuando descubre que, pese a años viviendo ahí, solo tiene 957 dólares en su cuenta. Gran parte de su patrimonio recae en su closet, en específico, 40.000 dólares en zapatos de tacones de Manolo Blahnik —y que Dios nos libre de los ed buttons—. A eso sumemos piezas de vestir de Hermès, Prada y Fendi. Adquisiciones que iban en aumento, cada vez que Carrie entraba en crisis con su “Casi algo” Mr. Big.
En este momento Carrie, por primera vez habla de dinero con sus amigas. Todas ellas con diferentes estrategias financieras que permitían hacer crecer su patrimonio, sostener su estilo de vida y por supuesto, seguir desarrollando sus carreras profesionales en paralelo con su presencia en la sociedad neoyorquina. Y Carrie por otro lado, se encuentra en sus 30s y 40s sin un plan financiero para seguir sosteniendo su vida en Manhattan. Si lo miramos con detención, el verdadero terror del episodio no es la ruptura amorosa y los cambios a los que tuvo que transitar Carrie luego de terminar una relación significativa: es la posibilidad de dejar de pertenecer a Manhattan.
Cuando vi este episodio de adolescente, asumía que Carrie simplemente era una escritora freelance exitosa. Hoy la lectura cambia completamente. Carrie vivía en un departamento con renta estabilizada en uno de los barrios más caros y deseados de Manhattan. Es decir, gran parte de su permanencia en la ciudad dependía de una política de regulación habitacional diseñada justamente para evitar la expulsión de ciertos residentes frente al aumento descontrolado de los precios.
Esta política habitacional surge en Nueva York durante la década de 1920, luego de la Primera Guerra Mundial y en un contexto de crisis de vivienda, inflación y aumento de desalojos. Con el paso de las décadas, y principalmente en la decada de los 70’, el sistema evolucionó hacia mecanismos de control y estabilización de renta que limitaron el alza anual de los arriendos en determinados edificios, permitiendo que miles de residentes pudieran seguir habitando barrios que, bajo las reglas del mercado inmobiliario tradicional, se volverían prácticamente inaccesibles.
Desde En 2019, el estado de Nueva York aprobó la Ley de Estabilidad de Vivienda y Protección a Inquilinos (HSTPA). Esta modificación permitió regularizar el rol de los propietarios en el proceso de desregularizar los apartamentos al quedar vacíos o tras realizar reformas en el edificio, de esta manera incentivar y fortalecer la permanencia de los arrendatarios en el tiempo2.
Y es justamente ahí donde el episodio cambia de dimensión: Carrie Bradshaw no era simplemente una escritora con buen gusto y mala educación financiera, sino también beneficiaria de una excepción urbana cada vez más escasa en Manhattan.
Mi yo de 28 años se sintió un poco estafada por Sex and the City. Durante años me creí esa fantasía profundamente individualista de la mujer urbana que, únicamente gracias a su talento, carisma y un par de Manolo Blahnik, lograba habitar una de las ciudades más caras del mundo. Pero este episodio revela algo más: nadie habita una ciudad completamente solo. Incluso Carrie necesitaba de una política pública que la cobijara y le permitiera, de manera bastante frívola, llorar tranquila porque la habían pateado sin que eso implicara perder inmediatamente su lugar en la ciudad. Un lujo que, si lo comparo con Santiago, parece casi inexistente.
Carrie parecía representar una fantasía urbana muy específica: la de la mujer creativa, independiente, flexible laboralmente y económicamente libre. Pero al mirar el episodio hoy, resulta evidente que gran parte de esa libertad era extremadamente frágil. Carrie tenía capital cultural, redes, estilo y visibilidad, pero no patrimonio. Y quizás por eso el episodio envejeció tan bien: porque anticipó una generación completa de adultos jóvenes que, pese a parecer exitosos en la ciudad, viven una realidad mucho más precaria, donde habitar ciertos barrios, acceder a vivienda o simplemente sostener una vida independiente se vuelve cada vez más difícil.
El momento más brillante del episodio ocurre cuando Charlotte termina entregándole a Carrie el anillo de compromiso que recibió de Trey —su ahora ex marido— para que pueda venderlo y usarlo como pie del departamento. El dinero no llega desde el banco, ni desde años de independencia financiera, sino desde un anillo de compromiso. La permanencia urbana de Carrie termina siendo financiada por una de las instituciones más tradicionales posibles: el matrimonio, y no precisamente por el mercado o el Estado —curioso, ¿no?—.
Carrie no logra quedarse en Manhattan gracias únicamente a su trabajo, sino también mediante vínculos, redes afectivas y privilegios indirectos. Y ahí el episodio deja un gusto amargo: pareciera que el capital cultural, por sí solo, rara vez basta para permanecer en ciertas ciudades si no se tienen también los contactos, las redes o el respaldo económico correcto.

Imagen 3: Carrie Bradshaw en Nueva York
Fuente: Yimg
Quizás por eso “Ring a Ding Ding” sigue siendo uno de los episodios más vigentes de Sex and the City. Porque debajo de los Manolo Blahnik, los brunches y las columnas de Carrie, siempre estuvo escondida la verdadera pregunta urbana: ¿quién puede realmente quedarse en la ciudad?
Hoy Manhattan se ha vuelto incluso más inaccesible que cuando se emitió el episodio. Actualmente, el arriendo promedio de un departamento estudio en el Upper East Side (el barrio donde vivía Carrie) ronda los 13.000 dólares mensuales. Incluso en sectores igualmente acomodados, pero orientados a un público adulto joven con perfil profesional y alto capital social y económico, los arriendos fluctúan entre los 6.000 y 8.000 dólares mensuales. ¿Se imaginan a Carrie con un roomie para poder seguir en su barrio de selección? Un, dos, tres, se muere.
Lo que alguna vez parecía una fantasía glamorosa sobre la adultez femenina hoy se parece más a una radiografía temprana de la crisis habitacional contemporánea. Generaciones completas para quienes no solo la idea de la casa propia parece imposible, sino también algo mucho más básico y emocional se torna complejo: alcanzar la independencia y construir hogar en un barrio que permita habitar la ciudad con cierta dignidad.
Quizás crecer también consiste en descubrir que incluso Carrie Bradshaw necesitaba ayuda para seguir habitando la ciudad que amaba. Pero no nos leamos la suerte entre gitanos: tú y yo no somos Carrie (aunque quisiéramos), ¿quién sabe? de pronto podríamos escribir y proponer una política de estabilización de renta, claramente desde un café en el MUT, vitrineando en portal inmobiliario unos regios departamento con un arriendo de $750.000 clp, sin estacionamiento, sin bodega, sin lavandería, sin terraza, sin piscina, de gastos comunes de $130.000 clp, pero que si admite a mi perro puddle con trastorno de ansiedad generalizada.
Total, soñar no cuesta nada.