Ciudad artificial Vol. 4: desafíos inmobiliarios de la vivienda del futuro

DICIEMBRE 2025

La ciudad del futuro, la promesa de la felicidad eterna

Revista PLANEO N°65 | Ciudad artificial Vol. 4: desafíos inmobiliarios de la vivienda del futuro | Diciembre 2025


[Por: Tair Contreras. Antropólogo, Universidad de Chile. Estudiante de Magíster en Asentamientos Humanos y Medio Ambiente, Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales, UC. Tesista del Laboratorio Urbano, Universidad de Concepción (LabUrba); y del proyecto FONDECYT N°11240564 «Gobernar la crisis de la vivienda en Chile: transformaciones y continuidades del modelo subsidiario]

Hace unas semanas, me persigue el mismo anuncio publicitario, un proyecto de inversión en el borde costero. El eslogan es claro: “un lugar donde tu seas eternamente feliz”. Un proyecto de smart city, que contiene todos los beneficios de la ciudad moderna neoliberal: colegios, universidades, tiendas comerciales, establecimientos de salud, playas artificiales y restaurantes. El objetivo de este proyecto es un lugar donde tengas acceso a todos los servicios y equipamientos necesarios para “vivir bien”. Una ciudad donde el mercado tiene rienda suelta para satisfacer todas nuestras necesidades tanto reales como imaginarias. Cada vez que lo veo, me hago la misma pregunta: ¿La promesa de las ciudades smart del futuro, es la promesa de la felicidad eterna?

Imagen 1: Larimar City & Resort, Punta Cana, República Dominicana. Vista aérea del proyecto de smart city impulsado por la empresa española CLERHP: 3,6 millones de m² que combinan vivienda de lujo, hoteles, universidad, hospital, campos de golf, lagunas y playas artificiales bajo una lógica de enclave privado
Fuente: Expansión (2026)

La promesa de la felicidad eterna es una estrategia comercial que reduce la complejidad de la vida urbana a una transacción. En el lenguaje del marketing inmobiliario, «vivir bien» equivale a acceder a servicios, consumir experiencias y habitar un entorno administrado. La felicidad, en este modelo, no se construye colectivamente ni se negocia en el espacio público: se compra.

El eslogan sintetiza con brutal eficiencia lo que autores como Marvin et al. (2016) han denominado Smart Urbanism. Un modelo impulsado por la creciente competitividad entre ciudades de los años noventa, posicionándolas como espacios de acumulación capitalista (Brenner y Theodore, 2005). Voces críticas señalan que el discurso de las smart cities puede directamente distraer la atención de los problemas urbanos estructurales (Wiig, 2015) y funcionar como un «efecto placebo urbano» (Jirón et al., 2021).

La socióloga Saskia Sassen (2013) ha planteado que el verdadero desafío urbano no es tecnificar la ciudad, sino urbanizar la tecnología; darle un sentido social que vaya más allá de la solución técnica. Sin ese giro ético, la inteligencia computacional no resuelve los problemas urbanos; los amplifica, multiplicando las fuentes de inequidad. Las tecnologías deben posibilitar nuevos modos de participación y coproducción de conocimiento urbano, pasando de un territorio gestionado de arriba hacia abajo a otro coproducido por sus habitantes.

Ante el presagio de un 2050 con una población de 9.800 millones de habitantes (ONU,2017), los desafíos de la ciudad del futuro se acentúan. Para Seto et al. (2017) los procesos de urbanización en las ciudades serán componentes clave de la transición hacia la sostenibilidad o grandes amenazas para la sostenibilidad. Las zonas urbanas pueden ser lugares de innovación, pero también pueden tener altos niveles de contaminación, exclusión social y degradación medioambiental. En esta línea, Watson (2014) advierte sobre el marcado contraste entre la imagen de ciudad impulsada por el discurso smart y las circunstancias reales de la población, siendo el resultado de estas fantasías el aumento de las desigualdades sociales y la marginación.

Frente a este modelo, la pregunta por la justicia espacial se vuelve urgente. Como señalan Rodríguez y Sugranyes (2017) respecto de la Nueva Agenda Urbana, existe el riesgo de que el «derecho a la ciudad» se vacíe de contenido transformador y se diluya en un lenguaje tecnocrático que evita cuestionar la insostenibilidad estructural del modelo urbano global. El derecho a la ciudad no es el derecho a acceder a servicios de calidad dentro de un recinto privado; es el derecho a participar en la producción del espacio y a decidir colectivamente cómo se organiza la vida en común. Y esa vida ocurre en la vivienda, en el barrio, en el transporte, en los espacios intermedios donde lo social se teje.

La “buena vida” emerge como la ausencia de estímulos negativos, distancia administrada del conflicto, de lo público, de lo impredecible. El eslogan “eternamente feliz” no convoca a ninguna experiencia colectiva; promete una forma de aislamiento premium, donde la seguridad y el bienestar dependen de la capacidad de consumir y de pago. Sin embargo, la ciudad ha sido históricamente el espacio del encuentro con el otro. Cuando la vida cotidiana se repliega hacia enclaves privados administrados bajo criterios de rentabilidad, ese encuentro desaparece. Y cuando desaparece la posibilidad del encuentro, lo que queda ya no es ciudad, sino una suma de islas desconectadas entre sí.

La Agenda Urbana 2030 propone avanzar hacia ciudades inclusivas, seguras, resilientes y sostenibles (ONU, Objetivo 11). No obstante, cuando ese lenguaje es absorbido por el marketing inmobiliario, los instrumentos pensados para transformar la ciudad terminan funcionando como mecanismos de legitimación del mismo modelo que produce exclusión y fragmentación urbana.
Por eso, la pregunta que dejan las ciudades del futuro es una pregunta profundamente política y moral: ¿qué tipo de ciudad queremos construir y para quiénes?

Dejar de construir ciudades fragmentadas no es solamente una consigna. Implica recuperar la ciudad como espacio de imaginación y de vida compartida. No como un entorno diseñado para administrar deseos individuales a través del mercado, sino como un lugar donde sea posible construir formas de convivencia capaces de sostener el conflicto, la diferencia y la negociación democrática. La ciudad del futuro probablemente no pueda prometer felicidad eterna. Lo que sí puede ofrecer son condiciones para una vida digna, común y abierta a la diferencia.

Referencias bibliográficas

Acebal, C. (2026, 13 de abril). La «smart city» caribeña con sello español. Fuera de Serie, Expansión. https://www.expansion.com/fueradeserie/arquitectura/2026/04/13/69c132c8e5fdea634e8b4598.html

Brenner, N., & Theodore, N. (2005). Neoliberalism and the urban condition. City, 9(1), 101–107. https://doi.org/10.1080/13604810500092106

Jirón, P., Imilán, W. A., Lange, C., & Mansilla, P. (2021). Placebo urban interventions: Observing smart city narratives in Santiago de Chile. Urban Studies, 58(3), 601–620. https://doi.org/10.1177/0042098020943426

Marvin, S., Luque-Ayala, A., & McFarlane, C. (Eds.). (2016). Smart urbanism: Utopian vision or false dawn? Routledge. https://doi.org/10.4324/9781315686899

ONU. (2015). Transformar nuestro mundo: la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible (Resolución A/RES/70/1). Naciones Unidas. https://unctad.org/system/files/official-document/ares70d1_es.pdf

ONU. (2017). World population prospects: The 2017 revision. Departamento de Asuntos Económicos y Sociales. https://www.un.org/development/desa/pd/sites/www.un.org.development.desa.pd/files/files/documents/2020/Jan/un_2017_world_population_prospects-2017_revision_databooklet.pdf

Rodríguez, A., & Sugranyes, A. (2017). La Nueva Agenda Urbana: pensamiento mágico. Vivienda y Ciudad, 4, 185–201. https://revistas.unc.edu.ar/index.php/reviyci/article/view/19005

Sassen, S. (2013, febrero). Urbanismo en la era digital [Entrevista]. Paisaje Transversal. https://paisajetransversal.org/2013/02/entrevista-saskia-sassen-urbanismo-de/

Seto, K. C., Golden, J. S., Alberti, M., & Turner, B. L. (2017). Sustainability in an urbanizing planet. Proceedings of the National Academy of Sciences, 114(34), 8935–8938. https://doi.org/10.1073/pnas.1606037114

Watson, V. (2014). African urban fantasies: Dreams or nightmares? Environment and Urbanization, 26(1), 215–231. https://doi.org/10.1177/0956247813513705

Wiig, A. (2015). IBM’s smart city as techno-utopian policy mobility. City, 19(2–3), 258–273. https://doi.org/10.1080/13604813.2015.1016275