Revista PLANEO N°63 | Ciudad artificial Vol. 2: monitoreo ambiental para el desarrollo de nuestras ciudades | Junio 2025
[Por: Javier Miramontes Figueroa. Arquitecto, Tecnológico de Monterrey, México; estudiante de Magíster en Asentamientos Humanos y Medio Ambiente, Pontificia Universidad Católica de Chile]
Entrevistada: Susana Bustos

Susana Bustos es Ingeniera Civil Industrial de la Universidad de Chile y posee formación en gestión estratégica de proyectos financiados con fondos europeos de ESADE Business School. Con más de 20 años de experiencia en gestión de proyectos, planificación estratégica y sostenibilidad, ha liderado iniciativas que integran mapeo de actores, elaboración de reportes de sustentabilidad y coordinación interinstitucional. Desde 2015 es parte del CR² (Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia), donde ha liderado proyectos nacionales e internacionales, ejercido funciones de subdirección ejecutiva y actualmente dirige el equipo de gestión del centro. Apoya la estrategia institucional, fortalece vínculos con actores públicos, privados y académicos, y promueve nuevas alianzas nacionales e internacionales. Formó parte del equipo directivo de ARClim (Atlas de Riesgos Climáticos para Chile). Además, integra el directorio de la UNTEC (Fundación para la Transferencia Tecnológica).
El Atlas de Riesgos Climáticos (ARClim) y su importancia para Chile
PLANEO (Javier): El ARClim se ha consolidado como una herramienta clave para comprender los efectos del cambio climático en Chile. Para quienes no lo conocen, ¿cómo explicarías qué es un atlas de riesgo y qué lo hace tan relevante para planificar la acción climática en los territorios?
Susana: Un atlas de riesgo climático, como el ARClim, integra información de distintos tipos. Primero, información sobre amenazas climáticas: por ejemplo, olas de calor, precipitaciones extremas o intensas. Luego, incorpora información sobre la exposición, es decir, qué está expuesto a esas amenazas: pueden ser personas, ecosistemas, infraestructura, bienes o actividades económicas. Y, finalmente, incluye la sensibilidad de lo que está expuesto, que corresponde a qué tan afectado puede verse ante esa amenaza.
Por ejemplo, si pensamos en una ola de calor, las personas son el elemento expuesto, pero dentro de ellas las personas mayores son más sensibles a los efectos del calor que las jóvenes. Entonces, al combinar amenaza, exposición y sensibilidad, uno puede determinar un nivel de riesgo. Eso es lo que busca hacer un atlas de riesgo: mostrar toda esa cadena para entender cómo una amenaza climática puede generar un riesgo determinado en un territorio.
Su relevancia radica justamente en eso: permite identificar, en un territorio específico, cuáles son las amenazas que provocan mayor riesgo, y con base en ello planificar las medidas de adaptación necesarias. De esa forma, el atlas no solo permite visualizar los riesgos, sino también priorizar acciones, lo que lo convierte en una herramienta fundamental para la planificación climática territorial.
De los datos a las decisiones
PLANEO (Javier): ¿Cómo logra una herramienta como ARClim traducir información compleja en conocimiento útil para los gobiernos locales, las comunidades y quienes deben tomar decisiones en los territorios?
Susana: Yo creo que el principal aporte de ARClim es integrar información muy diversa y, sobre todo, simplificarla, porque los riesgos, en realidad, pueden superponerse y ser muy difíciles de interpretar. Entonces, la idea es combinar esa información, procesarla y mostrarla de una manera más visual y comprensible.
Por ejemplo, detrás de los mapas que muestra el atlas hay modelos climáticos. En el caso de ARClim, estos modelos consideran un “pasado cercano”, que va entre 1980 y 2010, y un futuro proyectado entre 2035 y 2065. Pero toda esa base técnica (los modelos, los datos, la información levantada por la academia) no siempre es visible para el usuario final.
Hay, por ejemplo, información que proviene del estudio del verdor de los árboles, que mide la cantidad de clorofila de sus hojas, y cómo esa cantidad cambia con la temperatura o las precipitaciones. Esa relación entre variables biofísicas y climáticas está detrás de muchos de los mapas que vemos, aunque a simple vista uno no lo note.
Por eso, el proceso principal es cruzar información compleja y transformarla en algo legible. ARClim lo hace a través de rangos de riesgo y colores que identifican, en cada territorio, el nivel de riesgo frente a una amenaza específica. En el fondo, convierte datos técnicos en evidencia práctica, lo que facilita la toma de decisiones informadas.
Adaptar la ciencia al territorio
PLANEO (Javier): Desde tu experiencia de trabajo en el CR², ¿qué aprendizajes han surgido sobre cómo adaptar estas herramientas a las realidades locales (poca información disponible, contextos socioculturales o socioeconómicos distintos) para que la acción climática sea realmente efectiva?
Susana: Uno de los principales aprendizajes que hemos tenido al intentar desarrollar herramientas más aplicadas es la importancia de considerar el conocimiento local. En el CR² estuvimos desarrollando un diplomado que incluía una parte práctica con talleres en todas las regiones del país, y ahí quedó muy claro que el conocimiento de las comunidades es fundamental.
ARClim te da una mirada general, pero es clave cocrear conocimiento junto a los distintos actores: sector público, comunidades y sector privado. Hay que sentarse a revisar los resultados del atlas y preguntarse: ¿nos hace sentido esta información?, ¿hay aspectos locales que no están considerados y que sería importante incluir? Ese proceso de diálogo permite enriquecer los resultados y contextualizarlos.
También creo que el conocimiento ancestral es muy importante. Cada vez hay más conciencia sobre su valor y sobre la necesidad de incorporarlo en la ciencia, aunque todavía no sea algo sistemático. Integrar esos saberes locales, junto con fortalecer las capacidades locales (explicando cómo se construyen los indicadores, cómo se calculan los riesgos, qué significan las variables), permite que las comunidades comprendan realmente la herramienta.
Y hay otro punto esencial: reconocer las desigualdades entre territorios. No se puede trabajar igual en una comuna con muchos recursos que en una con escasas capacidades. Hay que tener eso en cuenta al momento de definir acciones. Considerar las dimensiones sociales y económicas, el nivel de conocimiento que hay en el territorio sobre cambio climático, todo eso es clave. Y para levantar esa información, es necesario generar espacios de participación reales. La participación ciudadana es fundamental.
En los talleres que realizamos, por ejemplo, se mostraban los mapas de ARClim y también los de emisiones de gases de efecto invernadero a nivel comunal, y preguntábamos a las personas si esa información les hacía sentido: ¿reconocen esas fuentes de emisión en su territorio?, ¿faltan otras? Ese tipo de interacción permite mejorar las cadenas de impacto que sustentan el atlas.
ARClim se elaboró junto al Centro de Cambio Global de la Universidad Católica y con investigadores de distintas universidades. Pero esas cadenas de impacto aún pueden complementarse con la mirada territorial. Por eso, es tan importante seguir poblando la herramienta con más información, y hacerlo de manera participativa.
De los mapas a la acción
PLANEO (Javier): ¿Cómo se puede garantizar que ARClim se mantenga actualizado y siga siendo una herramienta útil, más allá de su creación inicial?
Susana: Ahí el Ministerio del Medio Ambiente tiene una tarea muy importante. La herramienta se desarrolló y luego fue traspasada al ministerio, que es quien debe asegurar su actualización constante. Creo que ese es uno de los grandes desafíos: mantener un proceso permanente de actualización, integrando nueva información del territorio, la población, los ecosistemas y, sobre todo, de los grupos más vulnerables.
Idealmente, el atlas también debería permitir identificar brechas de equidad, porque sabemos que los impactos del cambio climático no son iguales para todos: afectan mucho más a las poblaciones vulnerables. Si tengo una ola de calor, no es lo mismo vivir en una comuna con mucha vegetación (como Vitacura o Las Condes) que en una comuna con menos áreas verdes o con más densidad habitacional. Incluso las condiciones socioeconómicas determinan si una persona puede, por ejemplo, tener aire acondicionado o no. Todo eso influye en el impacto real de una amenaza climática.
Por eso, incorporar más información social y mantenerla actualizada es clave para que ARClim siga siendo una herramienta útil para la planificación territorial.
PLANEO (Javier): ¿Cuáles son los principales desafíos para que la plataforma se traduzca efectivamente en acciones concretas de adaptación?
Susana: Hay varios desafíos. Primero, vincular la información del atlas con la planificación pública general. Hoy existen múltiples instrumentos (planes de acción climática, planes de riesgo de desastres, instrumentos de planificación territorial) y todos deberían estar mirando esta información.
Segundo, asegurar el financiamiento. Los planes establecen acciones, pero no siempre está claro de dónde saldrán los recursos para ejecutarlas. Eso es algo que todavía no está resuelto ni en la ley ni en la práctica, y es un factor crítico.
Tercero, fortalecer la coordinación intersectorial. Uno de los grandes desafíos de la acción climática es que los distintos ministerios trabajen de manera articulada, y que esa coordinación llegue también a los gobiernos regionales y municipios.
Las metas nacionales (como la carbono neutralidad) deben desagregarse territorialmente. Si, por ejemplo, se plantea que el 80% de la flota de buses será eléctrica en 2030, hay que definir en qué regiones y ciudades se hará esa transición, cómo se distribuirán los recursos y cómo se coordinarán las acciones. Todo eso requiere diálogo entre niveles de gobierno.
Además, hay que fortalecer las capacidades locales: que las personas entiendan qué significa adaptación o mitigación, dónde encontrar los datos y cómo interpretarlos. Y, finalmente, es fundamental el monitoreo. Las acciones deben tener indicadores asociados para poder evaluar si están dando los resultados esperados. Solo así se puede ajustar el rumbo y asegurar que las políticas estén teniendo el impacto deseado.
Transición a ciudades sostenibles y justas
PLANEO (Javier): Desde tu perspectiva, ¿cómo puede ARClim contribuir a una transición hacia ciudades más sostenibles y, sobre todo, más justas, donde las soluciones ambientales incorporen el conocimiento local?
Susana: Yo creo que hoy día a ARClim todavía le falta información para cumplir plenamente ese objetivo. Todo lo que tiene que ver con transición justa requiere considerar mucha más información social: condiciones económicas, pobreza, desigualdad, empleo, acceso a servicios básicos, identificación de población vulnerable, etc.
Por ejemplo, en las ciudades que han tenido termoeléctricas a carbón, Chile ha avanzado en cerrar varias de ellas desde 2019. Eso, efectivamente, reduce las emisiones, y el atlas podría mostrar en el futuro una disminución de gases de efecto invernadero en esas comunas. Pero lo que queda detrás (los pasivos ambientales, los vertederos de ceniza, la infraestructura abandonada) sigue impactando a las comunidades. Si eso no se aborda, no se puede hablar de una transición justa.
Además, está el tema laboral: ¿qué pasa con las personas que trabajaban en esas plantas? El Estado debe ser capaz de ofrecer alternativas. Por eso digo que a ARClim le falta incorporar esa dimensión social para reflejar mejor los impactos de la transición.
También es importante fortalecer los procesos de participación ciudadana. Los talleres que realizamos permiten justamente eso: sentarse a conversar con las comunidades, preguntarles qué les hace sentido y qué falta. Uno no puede tomar decisiones solo mirando una plataforma; hay que construirlas colectivamente.
Creo que el ARClim fue un gran esfuerzo inicial, un punto de partida muy valioso, y sé que el ministerio está trabajando en ampliarlo con nuevas cadenas de impacto. Pero aún queda camino por recorrer. Hay que seguir alimentando la herramienta con más información y mantener ese proceso de mejora de manera permanente.
PLANEO (Javier): Para cerrar, ¿hay algo más que quisieras agregar?
Susana: Sí. Creo que es fundamental fortalecer las capacidades en todos los niveles. Tenemos que preparar a nuestros profesionales, sin importar la disciplina, porque el cambio climático impacta en todos los ámbitos: salud, infraestructura, economía, educación.
También es necesario fomentar el trabajo colaborativo e interdisciplinario. Problemas tan complejos no pueden abordarse desde una sola mirada. Un ingeniero puede diseñar una infraestructura, pero necesita del conocimiento de biólogos, psicólogos, antropólogos o abogados para comprender sus efectos sociales y ambientales.
Creo que el cambio climático nos obliga a modificar nuestros modelos de trabajo y de formación. En la universidad, por ejemplo, deberíamos hacer más trabajo en equipo, con distintas disciplinas. Nadie se salva solo. Tenemos que aprender a colaborar entre la academia, el sector público, el privado y las comunidades.
Y, por último, poner a las personas en el centro. Fortalecer sus capacidades, explicarles, formarlas. La participación ciudadana solo es posible si la gente entiende los temas sobre los que se le consulta. No bastan cinco instituciones para resolver esto: necesitamos interactuar más, aprender juntos y construir una sociedad más preparada y consciente frente a los desafíos climáticos que vienen.