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Territorios y Ciudades en transición a la paz y la justicia

Octubre 2023

Entrevista a Carolina Aguilera, Académica e investigadora sobre sitios de memoria en Chile

«Más allá de asumir que sí son crímenes de lesa humanidad que todos/as deberíamos condenar, vamos a tener que aprender a vivir en este conflicto en torno al pasado»

PLANEO 57 | Territorios y Ciudades en transición a la paz y la justicia | octubre 2023


[Por: Diego Carvajal Hicks: Sociólogo. Candidato a Doctor en Arquitectura y Estudios Urbanos]

Carolina Aguilera es Licenciada en Ciencias con mención en Matemáticas y Socióloga por la Universidad de Chile y Doctora en Arquitectura y Estudios Urbanos por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Realizó un posdoctorado en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales y la Universidad Católica de Chile. Actualmente se desempeña como asesora en el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio para la Conmemoración de los 50 años del Golpe de Estado en Chile, y es académica part-time de la Escuela de Sociología UDP y profesora del Magíster de Patrimonio Cultural de la Universidad Católica de Chile. Ha investigado y trabajado en torno a los sitios de memoria marcados por el terrorismo de Estado, publicando sus resultados en las revistas Political Geography, Space and Culture, y Memory Studies, entre otros. Junto a co-autoras y co-autoreas, ha publicado en los volúmenes colectivos «DECOMMEMORATION. Making Sense of Contemporary Calls for Tearing Down Statues and Renaming Places», editado por Sarah Gensburger y Jenny Wüstenberg; y en el «Handbook on Memory Activism», de Routledge, editado por Yifat Gutman y Jenny Wüstenberg; entre otros.

Carolina Aguilera. Fuente: Facilitada por la entrevistada
Carolina Aguilera. Fuente: Facilitada por la entrevistada

PLANEO(P): ¿Cómo empezaste a abordar la relación entre ciudad y memoria? ¿Cuáles fueron esos acontecimientos, enfoques o lineamientos que te estimularon a observar la ciudad pos-dictatorial?

Carolina Aguilera (CA): Mi trabajo en este tema comenzó de manera indirecta, a través de la invitación que nos llegó cuando trabajaba en FLACSO, para investigar sobre memoria de la Dictadura. Desde el Ministerio de Bienes Nacionales nos pidieron, al Programa en el que me desempeñaba como investigadora, un catastro de todos los memoriales que estaban ubicados en el espacio público. De ese trabajo salió un libro muy lindo con fotografías de Álvaro Hoppe y un documento de trabajo. A continuación, nos pidieron un estudio de públicos para el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, que en ese momento estaba en construcción. Todo esto por ahí por el 2007-2008. En ese contexto, con las colegas que trabajábamos en ese entonces Daniela Jara, Manuela Badilla y Mireya Dávila, nos dimos cuenta de que el tema de la memoria de la Dictadura en Chile era un tema muy profundo, en el sentido que marcaba mucho a la sociedad chilena, pero al cual en ese momento no se le daba gran importancia. Las Ciencias Sociales en esos años se dedicaban a estudiar estratificación social, clases sociales, y las clases medias eran un tema central, porque -se suponía- que ya habíamos salido de la pobreza. También estaban emergiendo otros temas, como las desigualdades, y en el PNUD por ejemplo ya se estaba comenzando a estudiar el tema del conflicto, porque se veía que la sociedad tenía una “olla a presión”, o los temas de género, o migraciones, que de a poco también estaban entrando. Pero el tema de la Dictadura estaba completamente ausente, era como si nunca hubiésemos vivido una; y nosotras nos dimos cuenta de que la sociedad chilena estaba muy marcada por ese periodo, los crímenes, el silencio y el conflicto político, y que era un gran tema que había que investigarlo. Así me quedé en ese tema hasta el día de hoy.

Parte de este trabajo en FLACSO también implicó dirigir la Mesa de Trabajo para el traspaso del inmueble de Londres 38 desde el Ministerio de Bienes Nacionales a la organización que hoy está a cargo. Esa fue mi primera aproximación a la pregunta por el espacio y por los lugares en términos muy concretos. ¿Qué se hace con un lugar que fue un centro de torturas y desaparición? ¿Cómo este se transforma en un espacio que sirva a la democratización del país? Preguntas gigantes que había que responder.

Luego de esa experiencia en FLACSO salió la posibilidad de trabajar en el Parque por la Paz Villa Grimaldi, dirigiendo un proyecto para desarrollar un Museo en este espacio. La Corporación a cargo quería hacer un Museo al lado del parque, para lo que consiguieron un fondo importante de la Unión Europea y de la Fundación Böell, y necesitaban un/una jefe de proyecto para que desarrollara un programa museológico que fuera participativo, e hicieron un concurso donde salí seleccionada.

En el desarrollo del proyecto participaron personas desde distintas disciplinas. Loreto López, quién es ese momento estaba a cargo de la coordinación de proyectos en la Corporación Parque por la Paz Villa Grimaldi, ya había invitado a arquitectos y urbanistas de la Universidad de Chile y la Católica, para que ayudaran a pensar en esta idea de museo; un equipo del IEUT, con Gonzalo Cáceres, Valentina Rozas, Pía Montealegre, Gonzalo Millán, entre otros, por un lado. Y en el INVI estaba Claudio Pulgar y Walter Imilan. Entonces empezamos a ver esto desde un punto de vista más urbano e hicimos dos seminarios internacionales, gracias a la Fundación Heinrich Böll. En ese contexto invitamos a un académico de la Universidad de Bauhaus, quien era a su vez chileno exiliado en Alemania, Max Welch, quien para mi formuló la clave del asunto: el museo ya estaba ahí, ya existía, ¿porque querían hacer uno?, si el sitio era el museo, solo faltaba darle un giro a la gestión del espacio. Brillante. Tan simple. Entonces me di cuenta de dos cosas: En primer lugar, de que todo el desarrollo sobre sitios de memoria (hasta ese momento), estaba en general articulado a partir de testimonios, de lo narrativo, en torno a las representaciones culturales de los sobrevivientes, pero se elaboraba muy poco el tema a partir de la pregunta por el espacio desde un punto de vista más arquitectónico/urbanístico, donde se piense el espacio desde la importancia que tiene para el visitante, para la ciudad, para el entorno. Desde ahí surge mi interés por estudiar el vínculo entre memoria y espacio, memoria y ciudad, memoria y memoriales. Una vuelta larga, como vez.

P: ¿Qué elementos y continuidades, a nivel urbano-territorial, se observan desde la Dictadura al presente? Y en medio de esto: ¿Cuál es el papel o rol de los monumentos en la memoria de la ciudad? 

CA: Tal como lo han investigado urbanistas en Chile y otras partes, la ciudad de Santiago y otras del país, quedaron marcadas por el desarrollo neoliberal de la Dictadura. La desregulación urbana que se impulsó, más las políticas de erradicaciones, implicaron que el dónde vive cada uno/a estuviese marcado por una trayectoria de clase que lleva a que la ciudad está segregada socioeconómicamente. Una división social que se fue acentuando con las políticas de la dictadura, y que no resolvió desde los años 90 en adelante, sino que quedó en su devenir, igual. Y eso no tiene que ver con la memoria, sino que, con el mercado del suelo, en dónde quienes pueden pagar pueden definir dónde vivir, y así también se ubican en general las viviendas sociales. Esta segregación no tiene que ver con las representaciones sino con cómo se ubican las distintas clases sociales en la ciudad. De ahí que la ciudad quedó arrojada al mercado y con muy poca intervención.

Sin embargo, esto sí se vincula finalmente con la memoria. En mi trabajo de Doctorado[1] pude comprobar que la memoria de la violencia política de los años 1970 y la Dictadura, sigue esa misma ruta, porque no se ven memoriales de víctimas de la dictadura en el llamado “cono de alta renta”, salvo dos excepciones desde el 2016 en adelante. Como se pudo ver en un estudio que salió recientemente publicado en el diario la Tercera[2], esto no tiene que ver con que en ese lugar no hayan existido hechos de violaciones a los DDHH, porque la represión se distribuyó más o menos homogéneamente en la ciudad (salvo en algunos sectores como las poblaciones en que hubo allanamientos masivos). Al contrario, la “memorialización” tiene que ver con cómo los diferentes grupos han elaborado representaciones sobre la violencia en el espacio público. Eso fue lo que intenté comprender en mi trabajo de Doctorado y luego de Posdoctorado.

Las prácticas conmemorativas y la construcción de monumentos no son homogéneas, se interrelacionan con otras dinámicas urbanas de la ciudad, como son las relaciones de clase y las distintas capacidades que tienen los grupos sociales para incidir en el diseño urbano de su entorno. Esto no es propio de la memoria, pensemos en otro ejemplo, como son las autopistas urbanas, ¿dónde se construyen y dónde no? Volviendo al tema de la memoria, de lo que he podido investigar, hay comunidades que habitan la ciudad considerando lo sucedido en Dictadura o la Unidad Popular, y movilizan prácticas conmemorativas para marcar el espacio, para significarlo con estas narrativas, con murales, animitas, placas, memoriales, monumentos, etc. Así, en los sectores de la periferia de los años 1960s y 1970s, se pueden encontrar memoriales colectivos a víctimas de dichos territorios que están marcados por las luchas de pobladores esa época; como estudié en mi Doctorado. Sin embargo, otros grupos, no necesariamente van a participar de la ciudad de esa forma y ello no depende del nivel de politización de estos. Son formas diferentes de vivir o hacer ciudad. Por el contrario, en el cono de alta renta pareciera que se ha privilegiado un habitar que evita hacer pública la memoria de las víctimas de la dictadura, y esquivar así un supuesto conflicto que ello podría traer, al menos así lo pude observar en los estudios que he realizado. Sin embargo, es en este sector, donde se ubican los monumentos a las otras víctimas del periodo 1970 – 1991 como son los monumentos a Carol Urzúa, Jaime Guzmán y Edmundo Pérez Zujovic. Se observa entonces, que la segregación socioespacial de Santiago se espeja en términos de la memoria. En ese sentido uno podría pensar incluso que hay muchas ciudades en un mismo espacio.

Por otro lado, está la pregunta sobre si la existencia de memoriales en si misma va a transformar las posiciones frente al pasado que tienen las personas, o si estos elementos ayudan a que esta memoria se perpetúe en el tiempo y se transmita. A mi entender si, aunque ello no es necesario ni suficiente. De hecho, existe una larga discusión en el campo de la arquitectura y de los estudios urbanos al respecto, sobre qué tanto impacto tienen o no los monumentos públicos. Ya es un cliché a esta altura citar a Robert Musil o Louis Mumford quienes dijeron respectivamente que “No hay nada en este mundo tan invisible como un monumento.” y “… si es un monumento no es moderno, y si es moderno no puede ser un monumento”. En general, desde la arquitectura moderna pareciera que aún se dice que la ciudad no necesita de monumentos, pero la sociedad se ha encargado de decir que la ciudad si los necesita, o al menos éstos no le son indiferentes. En mi tesis Doctoral lo que argumenté era que más allá de que los arquitectos modernistas habían dado por muerto el monumento, en la sociedad contemporánea sí recurrimos a ellos y les asignamos un valor a lo hora de abordar ciertos temas, como la violencia política.

Un buen ejemplo de la significancia de los monumentos políticos lo pudimos ver en el “estallido social” del 2019. Este movimiento demostró que teníamos más memoria de lo que pensábamos, a nivel urbano y de marcas, de monumentos. En Santiago se vio que muchas personas sabían quién era el personaje a caballo en Plaza Italia, y el que no sabía se enteró y le importó. Ese fenómeno lo estudiamos con una colega para las ciudades de Valdivia y Concepción, mostrando que lo que sucede con los monumentos en las ciudades varía, y depende de cómo los grupos que construyen las ciudades, generalmente las élites, imaginan los relatos que le dan una identidad urbana a estas[3].

Entonces, hay un debate en torno hasta qué punto los monumentos impactan o no el entorno, quién los mira, quién no, si sirven o no, pero al menos en los momentos de crisis políticas estos sí importan.

P: ¿Cómo pensar la ciudad chilena a 50 años del Golpe?  ¿Podemos pensar un futuro en común en la ciudad, más allá del fantasma de la dictadura?

CA: Son muchas preguntas, y yo lo pondría así, ¿Qué hacer con el conflicto en torno a la memoria en el espacio a 50 años del Golpe de Estado? En un trabajo reciente[4] nos hicimos está pregunta y voy a responder siguiendo esas claves.

Por un lado, ya la misma pregunta da cuenta que somos una sociedad bastante memoriosa, aunque esta afirmación no genera mucho acuerdo; pero si nos comparamos con otras sociedades, incluyendo a la Uruguaya, estamos dentro de las sociedades más memoriosas del mundo occidental, junto con Alemania y Argentina. Y no sólo a nivel de representaciones culturales; como sociedad y país hemos sido capaces de juzgar a criminales de lesa humanidad, meter gente a la cárcel, aunque sea tarde, 50 años después. Pero en la mayoría de los países no se ha hecho justicia nunca. Tenemos sitios de memoria, aunque se considera que aún son insuficientes.

A mi entender, pareciera entonces que somos una sociedad bastante dada a la recordación. Y para entenderlo, es importante considerar que se trata de formas de generar identidad colectiva. Diversos estudios han mostrado que la memoria de los caídos en Dictadura remite a una memoria más larga: se está recordando una lucha social que parte en el siglo XIX -luchas que el Estado una y otra vez ha aplastado- pero que ha vuelto a resurgir de diferentes formas. Entonces, al estudiar las memorias puestas en el espacio por parte de los grupos sociales que movilizan estas narrativas, uno se da cuenta que no se trata de memorias de un pasado acotado al 1973-1990, sino que hay una narrativa de memoria de muy larga duración. Esto se puede observar en cosas concretas, como en la importancia que tiene el “Canto General” de Pablo Neruda, como fuente de relato para los proyectos de memoria de la izquierda en Chile. Los versos del “Canto General” se usan mucho para memoriales, como es: “aunque los pasos toquen mil años este sitio, no borrarán la sangre de los que aquí cayeron”. Ese es un verso que se suele encontrar en memoriales dedicados a los caídos en dictadura, pero refiere a la masacre de Plaza Bulnes de 1946, en que fue asesinada Ramona Parra, joven comunista que se volverá un símbolo de la represión. Esta idea la he tomado siguiendo planteamientos de Elizabeth Lira. De tal modo que pareciera que en términos de identidad colectiva la memoria es de más larga duración, y eso puede explicar también la durabilidad del conflicto en torno a la memoria.

Volviendo entonces la Conmemoración de los 50 años del Golpe. Hemos visto que se ha revivido una gran conflictividad, pero frente a ello, pienso que tal como plantea nuestro artículo, no debiésemos aspirar a esa reconciliación que se anheló en los años 90, que postulaba que había que dejar de pelear por esto. Más bien, siguiendo el desafío que planteaban Chantal Mouffe y Ernesto Laclau -quienes sitúan la comprensión de los conflictos políticos en vinculación con las identidades colectivas- más allá de asumir que sí son crímenes de lesa humanidad que todos/as deberíamos condenar, vamos a tener que aprender a vivir en este conflicto en torno al pasado. Este es un gran desafío ya que como ha mostrado esta Conmemoración pareciera que estos consensos mínimos -que pensábamos ya que habíamos alcanzado-, no eran tales.

[1] Aguilera, Carolina “El retorno del monumento : forma urbana y espacio vívido de la memoria pública de la violencia política en ciudades posconflicto : el caso de Santiago de Chile”, tesis para obtener el título de Doctor en Arquitectura y Estudios Urbanos, Pontificia Universidad Católica de Chile. 2016. https://repositorio.uc.cl/handle/11534/21394

[2] https://chilevisualizado.latercera.com

[3] Badilla, M., & Aguilera, C. (2021). The 2019–2020 Chilean anti-neoliberal uprising: A catalyst for decolonial de-monumentalization. Memory Studies, 14(6), 1226-1240. https://doi.org/10.1177/17506980211054305

[4] Aguilera, C. & Badilla Rajevic, M. (2022). Human rights memorials in turmoil: Antagonistic memories in contemporary Chile, Political Geography, 98, https://doi.org/10.1016/j.polgeo.2022.102731.