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Entrevista a Anahí Urquiza: “Tenemos serios problemas de pobreza energética que hacen que la transición energética sea mucho más compleja que en otros países”

Revista Planeo Nº 47 Transiciones Energéticas; Abril 2021


[Por: Denisse Larracilla; Editora Revista Planeo, estudiante del Magíster en Desarrollo Urbano en la Pontificia Universidad Católica de Chile]

La Dra. Anahí Urquiza es Académica de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, investigadora del Centro de Ciencias del Clima y la Resiliencia (CR2) y Coordinadora de la Red de Pobreza Energética. Es Antropóloga Social y Magister en Antropología y Desarrollo, de esta misma Universidad. Se doctoró en Sociología en la Universidad Ludwig Maximilian de Munich y en el Programa Environment and Society, del Rachel Carson Center, ambas instituciones alemanas. Experta en teoría de sistemas, sus áreas de investigación se concentran en la relación medio ambiente y sociedad, especialmente en vulnerabilidad hídrica, pobreza y transiciones energéticas, relación ciencia-sociedad, gobernanza y resiliencia frente al cambio climático.

Im. Anahí Urquiza

  1. Sabemos que tu formación inicial fue en Antropología ¿podrías compartirnos cómo fue que empezaste a establecer una vinculación con los temas de energía y cambio climático?

Efectivamente, no es tan común encontrar antropólogos que estén trabajando en los temas socioambientales a la par que los ingenieros o los climatólogos, por ejemplo. Pero gran parte del espíritu inicial de la Antropología parte de la preocupación sobre cómo los seres humanos se adaptan a su entorno ecológico y a partir de esto desarrollan culturas específicas. Además, hice un doctorado en Sociología, con un enfoque muy orientado a la comprensión sistémica de los desafíos contemporáneos. Entonces, cuando se mira los problemas que enfrenta la sociedad contemporánea desde estos enfoques, podría plantearse que se relacionan con la forma en que estamos tomando las decisiones y de qué manera estamos asumiendo que estas decisiones configuran el futuro.

En el contexto de una sociedad diferenciada por funciones hiper especializadas, con mucha autonomía del sistema económico, con lógicas propias del sistema político y limitaciones importantes de gobernanza global, una de las inquietudes que surgieron desde mi formación fue ¿cómo hacemos para que la sociedad, dentro de su complejidad, se haga cargo de dilemas colectivos como el cambio climático, pero también de temas como el envejecimiento de la población, la inteligencia artificial o la eugenesia del ser humano?

Así es cómo desde mi orilla disciplinaria me he aproximado a los temas ambientales, en los cuales ha sido fundamental poder trabajar con otras disciplinas para realizar abordajes más integrales, que permitan articular soluciones mucho más completas y nos permitan hacernos cargo de estos grandes problemas. Desafíos que, en alguna medida, también son consecuencia de tener miradas ultra reduccionistas, orientadas a la eficiencia y con soluciones puntuales.

En este sentido, he trabajado principalmente en dos líneas de investigación. Por un lado, la de vulnerabilidad hídrica, buscando entender cuáles son las dificultades que tenemos en Chile para enfrentar la escasez hídrica frente al cambio climático. Y, por otro lado, la de energía y mitigación, puesto que es necesario avanzar en una transición energética frente a las nuevas condiciones climáticas, pero también reducir las emisiones que las generan para que la adaptación sea viable y podamos proteger sobre todo a las poblaciones más vulnerables.

Al trabajar en el tema de energía, rápidamente me di cuenta de que la discusión estaba dominada por una perspectiva muy ingenieril, orientada en gran medida a soluciones de transición hacia energías renovables, pero sin mirar sus implicaciones en la dimensión social. Ya sea en los impactos que tienen las mismas energías renovables o los cambios que se generan por las transiciones energéticas —como las transformaciones en el mundo laboral— y que se relacionan con la transición justa.

Pero también nos dimos cuenta de que tenemos serios problemas de pobreza energética, y que las dificultades para cubrir las necesidades de energía de nuestra población hacen que la transición energética sea mucho más compleja que en otros países con ingresos más altos y donde la mayoría de la población no tiene dificultades de acceso a la energía. En este sentido, surge la Red de Pobreza Energética como una serie de esfuerzos interdisciplinarios para abordar estos vacíos.

  1. ¿Podrías contarnos de qué trata la pobreza energética y por qué es importante abordarla en un contexto de cambio climático?

La pobreza energética se ha trabajado desde los noventa en Europa y yo diría que el mayor avance se ha centrado en dos líneas. Por un lado, en los países más ricos, el foco se ha orientado en abordar cuanta carga para el presupuesto familiar implica cubrir los servicios energéticos. Es decir, si las familias están gastando demasiado o si logran cubrir suficientemente bien las necesidades de combustible que requieren para los inviernos, sobre todo en los países fríos. En esta línea se trabajó mucho con la regla del 10%, la cual planteaba que si gastaba más de ese porcentaje del presupuesto del hogar en energía, se estaba en una condición de pobreza energética, pues se limitaba el resto de los gastos y por tanto la cobertura de otras necesidades.

Por otro lado, en África, Asia, América Latina y Oceanía, los trabajos estaban más enfocados en la electricidad y en los esfuerzos que se han desarrollado para conectar a las diferentes comunidades al sistema. Sobre todo, por las implicaciones que esto tiene en las capacidades para utilizar las tecnologías de la información o como un recurso básico para poder vivir en el mundo en el que hoy estamos.

Entonces, hasta hace unos años se podía decir que uno era pobre energéticamente cuando no tenía acceso a la electricidad, no estaba conectado o cuando gastaba demasiado en energía. Pero nos dimos cuenta que en los países latinoamericanos teníamos más problemas que esos, y no contábamos con los lentes adecuados para mirarlos. Porque las conceptualizaciones se habían hecho desde Europa, donde las soluciones habitacionales ya estaban resueltas, había Estados de bienestar que cubrían ciertas necesidades y en donde se miraba a los países del tercer mundo como aquellos a los que había que darles acceso.

Sin embargo, en América Latina, los países tienen en general buenos porcentajes de acceso que están sobre el 90% de conectividad eléctrica. Y, por otro lado, el gasto en energía tampoco es tan alto, considerando por supuesto la limitada información que se tiene. Pero había algo que no calzaba, porque claramente tenemos un problema. En nuestro país, la gente pasa mucho frío en el invierno, tenemos ciudades saturadas de contaminación por el uso de leña y a la gente se le hace muy difícil pagar la electricidad. Por lo tanto, nos dimos cuenta de que necesitábamos construir un concepto más complejo y fue por eso que creamos la Red de Pobreza Energética, y nos propusimos construir el concepto con la participación de diferentes disciplinas y sectores.

Después de un año trabajando en ello, partimos de que efectivamente, una de las condiciones de la pobreza energética es cuando el gasto en energía representa una carga muy pesada para el presupuesto del hogar, o cuando decididamente los hogares renuncian a cubrir los servicios energéticos por la incapacidad para pagarlo, y pasan frío, no tienen agua caliente sanitaria o iluminación suficiente.

Una segunda condición, tiene que ver con el acceso a la energía, pues dada la diversidad geográfica de los países latinoamericanos, existen poblaciones y territorios aislados con dificultades para conectarse a la red general. A diferencia de Europa, por ejemplo, donde existen asentamientos más próximos y concentrados.

Una tercera condición de la pobreza energética se relaciona con la calidad de la energía. Porque podría ser que los hogares no gasten tanto, que cubran de forma suficiente sus servicios energéticos, pero que, al mismo tiempo, estén expuestos a grandes niveles de contaminación. Por ejemplo, por el tipo de combustión que generan para cocinar, calentarse, etc., como es el caso de la leña.

Con base en lo anterior, planteamos que una mirada más integral sobre la pobreza energética y la capacidad que se tiene para cubrir las necesidades de energía implica al menos tres dimensiones: i) la equidad, que se relaciona con el peso que el gasto de energía tiene en el presupuesto y las posibilidades que se tienen para pagar; ii) el acceso, que tiene que ver con umbrales tecnológicos, físicos y geográficos, vinculados con las posibilidades de conectarse a la red de energía; y iii) la calidad, que no solo se relaciona con la calidad de energía eléctrica sino también de otros combustibles.

  1. ¿Cuál dirías que es el panorama general de la transición energética en Chile y cuáles han sido los principales desafíos?

La transición energética tiene muchas oportunidades en Chile porque es un país muy rico en recursos naturales y con una gran potencialidad solar y eólica, pero también de energías que aún no hemos explorado como la geotérmica o la mareomotriz. En los últimos años dimos un salto muy rápido que, por un lado, podría relacionarse con el abaratamiento en los costos de las tecnologías; y, por otro, con el esfuerzo de construir una política energética de largo plazo—Energía 2050— que tuvo un impacto muy positivo al fomentar el trabajo colaborativo entre investigadores y actores del sector público y privado.

En general, podría decirse que el proceso de transición energética ha sido destacable en varios ámbitos, aunque seguimos teniendo algunos desafíos. Uno de ellos, es que Chile aún tiene una matriz energética muy sucia, dado que las plantas a base de carbón siguen siendo muy importantes. Esto ha implicado que existan zonas de sacrificio, con serios impactos ambientales y para la salud de la población, pues muchas personas han sido condenadas a vivir en ambientes tóxicos. Por tanto, no solo es necesario cerrar las plantas lo antes posible, sino además hacer una recuperación de las personas y los territorios.

Y esto tiene que ver con una mirada más amplia de la transición justa, que no solo se enfoca en ofrecer soluciones laborales a quienes se quedarían sin empleo por la transición, lo cual es importante por supuesto. Sino que también implica hacerse cargo de los pasivos ambientales y del daño que se ha producido a la población cercana. Asimismo, tiene que ver con asegurarse de que la transición energética no aumente los costos de energía para los hogares. Lo que es un desafío en el contexto de la institucionalidad que tenemos y de los mecanismos con los que se definen los precios.

  1. ¿Cómo evaluarías el abordaje de estos temas en Chile por parte de las instancias gubernamentales y qué orientaciones propondrías?

Considero que hasta hace poco tiempo no había preocupación en estos temas. Y me atrevería a decir que se empezó a hablar de pobreza energética, y recientemente de transición justa, en la definición de la política energética de largo plazo. Me parece que este proceso nos ha dejado varias enseñanzas. Primero, la importancia de abrir espacios de reflexión y planificación de largo aliento en las políticas públicas. Segundo, lo fundamental de promover la conversación entre los investigadores, tomadores de decisiones, sociedad civil y el sector privado para tener visiones más integrales y visibilizar aspectos que desde miradas sectorizadas no son posibles.

Por otro lado, en el proceso ha habido una reticencia a asumir que la pobreza es mucho más de la que se estaba midiendo y que hay dimensiones de la pobreza que hasta hace poco no estaban siendo consideradas. Incluso, al iniciar el gobierno de Piñera, existía una resistencia a hablar sobre pobreza energética, porque cuando se amplía el concepto de pobreza las estadísticas muestran que no se está reduciendo, sino que las cifras aumentan, y eso es algo que no se está en disposición de decir. En esos momentos, por ejemplo, nos cortaron toda la comunicación y los esfuerzos que habíamos hecho en la Red para poder trabajar sobre el tema con dichas instancias. Por suerte, después del estallido social llegó un remezón importante al nivel de los tomadores de decisiones y el Ministerio de Energía nos volvió a buscar para pedirnos que trabajáramos en el tema. Por supuesto, nosotros ya teníamos un gran avance, así que los sumamos a los espacios que ya estábamos trabajando. Inclusive, ahora, hemos tenido una importante participación en la actualización de la política energética, la cual tendrá un fuerte componente de pobreza energética.

Igualmente, ha existido una suerte de “miopía”, al no valorar lo que se genera en las universidades chilenas. La tendencia de los gobiernos ha sido traer organismos internacionales para recibir asesoramiento, cuando en muchos casos los grupos locales de trabajo —como la Red de Pobreza Energética— cuentan con mucho más trabajo desarrollado que dichos organismos.

  1. Desde tu experiencia, ¿qué aportan las ciencias sociales al estudio de fenómenos tradicionalmente asociados a las ciencias exactas, como el clima o la energía? ¿cómo trabajar en perspectivas inter o transdisciplinarias?

Yo diría que esto es lo más importante para nosotros, y si bien en la entrevista nos hemos concentrado en la pobreza y la transición energética, estos son algunos de varios temas que implican desafíos complejos.

El primer desafío es cómo logramos articular diferentes conocimientos disciplinares —ya sea entre las ciencias naturales y sociales, e incluso dentro de cada una de estas ciencias— para tener visiones más completas de los fenómenos.

El segundo, cómo logramos que ese conocimiento sea útil para la sociedad y que no se quede solo en papers científicos, sino que los tomadores de decisiones se den cuenta de todo el conocimiento que se está generando y exista una articulación entre las diferentes formas de conocimiento. Con esto, no solo me refiero al conocimiento científico y el de tomadores de decisiones, sino los conocimientos ancestrales y la memoria de las comunidades, que son fundamentales para tomar decisiones sobre sus territorios.

El tercero, tienen que ver con que efectivamente, en las ciencias sociales no hemos estado muy presentes en la comprensión de los fenómenos ambientales, tecnológicos, genéticos y otros que están más dominados por las ciencias duras. Que, sin embargo, tienen una dimensión social tremendamente relevante que debe ser estudiada y articulada con los conocimientos de estas otras especialidades para que podamos hacernos cargo de sus desafíos.

Otro de los desafíos, tiene que ver con el papel que desempeñamos las personas de las ciencias sociales en los equipos interdisciplinarios. Cuando uno empieza a trabajar con personas de otras ciencias, rápidamente se da cuenta de que tenemos técnicas de trabajo y habilidades para articular diferentes perspectivas, generar metodologías de conversación, síntesis u otras, que son muy distintas a las que se tienen en otras disciplinas. Sin embargo, por un problema de jerarquías de la ciencia, y de desvalorización de las ciencias sociales respecto a las naturales, rápidamente nos relegan a ser los facilitadores de los procesos. Entonces es muy curioso, porque de un momento a otro podemos pasar de ser invisibles a ser ultra necesarios para apoyar la comunicación entre la ciencia y la política. Como es el caso de la construcción de escenarios, empoderamiento comunidades para tomar decisines sobre sus territorios, o simplemente la divulgación científica, entre otras instancias. Y bueno, claro que tenemos algo que aportar ahí, pero al mismo tiempo tenemos problemas más graves de los cuales hacernos cargo y en donde es crucial nuestro papel como investigadores. Sin duda el desafío que tenemos es dantesco.

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