Barrio y Ciudad

Noviembre-Diciembre 2014

Hacia la recuperación del espacio público como plataforma para la construcción social del Barrio

El espacio público actúa como un eje integrador de los distintos espacios privados que componen la ciudad, de modo que además de ejercer el rol de dar lugar a la generación de flujos, también se convierte en una plataforma integradora, a través de la cual los distintos colectivos sociales pueden interactuar y establecer relaciones de convivencia
Revista Planeo Nº19 Barrio y Ciudad, Noviembre 2014.

columna 1

Fuente: Elaboración propia. Plaza de la Virgen Blanca, Vitoria – Gasteiz, España. 2014.

 

[Por Uri Colodro Gotthelf. Estudiante Geografía, Pontificia Universidad Católica de Chile.]

Cada vez es más reconocido el rol que ejerce el espacio público en la administración de las ciudades (Delgado, 2011). Se trata de un espacio de representación, donde la sociedad se hace visible, al mismo tiempo en que el Estado despliega sus mecanismos normalizadores (Foucault, 1988). Actúa como un eje integrador de los distintos espacios privados que componen la ciudad, de modo que además de ejercer el rol de dar lugar a la generación de flujos, también se convierte en una plataforma integradora, a través de la cual los distintos colectivos sociales pueden interactuar y establecer relaciones de convivencia.

Resulta importante promover la actividad diurna y nocturna, así como los subcentros que se generan en las periferias de las ciudades. Estos espacios, actúan como fuerzas centrípetas que constituyen las nuevas centralidades, reemplazando funciones de los centros antiguos, que ante el crecimiento de la ciudad se encuentran a largas distancias. Es así como debe integrarse el tejido urbano con el tejido social, permitiendo la integración y la heterogeneidad cultural (Borja & Muxí, 2000).

La vitalidad del ambiente urbano permite la integración y la seguridad urbana a través de la presencia de gente en la calle. La vitalidad del espacio público, entonces, opera en los barrios residenciales como un mecanismo de seguridad. Es necesario un uso intensivo de las calles, plazas y lugares de encuentro, para que la ciudadanía ejerza un poder mediante la apropiación. Esta situación, además, permite reducir considerablemente el sentimiento de agorafobia urbana, tan propio en las sociedades latinoamericanas, y que se refiere al miedo hacia los espacios públicos de la ciudad (García, 2005). En este sentido, con la llegada de la ciudad difusa, la socialización se ha desplazado hacia los espacios de ocio y consumo, como lo son los centros comerciales. Estos territorios son denominados por Augé (1993) como “no lugares”, ya que se recrean como universos simbólicos, que son herencia de nuestro pasado, pero que representan una realidad artificial. Se trata de espacios comunes o colectivos, que en cierto sentido operan como públicos, pero que no lo son totalmente, dado que operan bajo una lógica de panoptización, y se orientan exclusivamente al consumo. Aquí, lo que se intenta es una representación privada del espacio público (Aliste, 2008).

La agorafobia urbana suele tener su fundamentación en la mala gestión existente en la ciudad cosmopolita y el natural encuentro entre extraños tan propio de los espacios públicos (Valera, 2008; Fernández-Ramírez, 1998).

En los barrios residenciales resulta esencial dejar a un lado este tipo de sentimientos. Es necesario, entonces, promover la interacción entre vecinos y fomentar la integración social a través de la construcción de relaciones de reciprocidad, comunitarismo y apoyo mutuo. En este sentido, el espacio público actúa como un vehículo que permite generar lazos y establecer vínculos de comunicación. Así, las administraciones locales deben encargarse de fomentar su uso, realizando actuaciones urbanísticas que permitan convertir estos espacios en una prolongación de la vivienda, donde puedan generarse actividades de diversa índole que afianzan el sentimiento de comunidad.

Resulta fundamental reconstruir las relaciones sociales a nivel local, las cuales se han desintegrado con el surgimiento de la ciudad difusa, de modo que debe entenderse el barrio como un módulo social y no sólo como una agrupación de viviendas (Lefebvre, 1971). Debe generarse arraigo, topophilia (amor al territorio), identidad y sentimiento de pertenencia, concibiéndose como un espacio con personalidad y singularidad, que el ciudadano puede vivir en su día a día.

En este sentido, el desplazamiento de la socialización hacia espacios de consumo privados, y la vivienda a comunidades cerradas donde no se genera interacción ni vida de barrio, son dos fenómenos que tienen que ver con cómo ha afectado el sentimiento de agorafobia urbana a las sociedades urbanas, las cuales operan de manera reactiva, generando rápidamente consecuencias que son posibles de detectar en el territorio.

Finalmente, es labor de los planificadores, de las administraciones locales y de la sociedad civil hacer especiales esfuerzos por volver a desplegar aquellos tejidos sólidos y líquidos, desde la perspectiva de un espacio que además de ser material, también tiene una dimensión social. Se trata de elementos que se han ido desdibujando a medida que la globalización irrumpe en los modos de vida locales, convirtiendo la ciudad en un espacio desprovisto de identidad y convirtiendo algunos barrios en no lugares, que no generan arraigo ni configuran un sentimiento de pertenencia y apego. Es así como debemos apuntar a concebir la ciudad como una gran unidad llena de dinamismo y realidades simultáneas, y no como el actual mosaico de retazos urbanos que operan como células que no interactúan demasiado entre sí, y no son más que el reflejo de una sociedad cada vez más segregada.

Referencias bibliográficas 

Aliste, E. (2008).  Huellas en la ciudad: territorio y espacio público como testimonio para una geografía socia. Segunda Escuela Chile – Francia, Universidad de Chile.

Augé, M. (1993). Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. GEDISA.

Borja, J. y Muxí, Z. (2000). El Espacio Público, ciudad y ciudadanía. Barcelona.

Delgado, M. (2011). El espacio público como ideología. Madrid: Catarata.

Fernández-Ramírez, B. et. al. (1998). Generalidad y especificidad en la explicación del miedo al delito y los lugares peligrosos. Apuntes de Psicología, 16 (1 y 2), pp. 173-186.

Foucault, M. (1988). Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones, Alianza Editorial, Madrid.

García, A. (2005) Miedo y privatización de los espacios públicos ¿Hacer o deshacer la ciudad? En Coloquio de Geografía Urbana VII. Barcelona.

Lefebvre, H. (1971). Barrio y vida de barrio. En: De lo rural a lo urbano. Barcelona: Ediciones Península.

Salcedo, R. (2002). El espacio público en el debate actual: una reflexión crítica sobre el urbanismo post-moderno. En EURE v.28, N°84, Santiago de Chile.

Valera, S. (2008). Conflicto y miedo ante un nuevo espacio público urbano. En Fernández-Ramirez, B. y Vidal, T. (eds.) Psicología de la Ciudad. Debate sobre el espacio urbano. Barcelona: Editorial UOC.