Infancia y Ciudad

Mayo-Junio 2014

¿Es la calle enemiga de los niños?

Actualmente las calles de las grandes ciudades no son consideradas lugares para los niños. En el contexto latino americano específicamente ellas son percibidas como un espacio peligroso, pero para los niños son aún más. 
Revista Planeo Nº16 Infancia y Ciudad, Mayo 2014.

columna 2

Fuente: http://childfriendlycities.org/

[Por Juliana Carvalho. Analista de Relaciones Internacionales por la Pontificia Universidad Católica de Minas Gerais, Brasil, y Magíster en Asentamientos Humanos y Medio Ambiente por la Pontificia Universidad Católica de Chile.]

Las calles son un elemento común y esencial a todas las ciudades. Más que solo conformar la trama urbana y viabilizar gran parte de nuestros desplazamientos, son un espacio de encuentro, un espacio público (casi que) por definición. A pesar de estas características, actualmente las calles de las grandes ciudades no son consideradas lugares para los niños. En el contexto latino americano específicamente ellas son percibidas como un espacio peligroso por lo general – debido particularmente a la gran cantidad de autos, motocicletas y ómnibus circulando y al riesgo de robos y asaltos – pero para los niños, a priori más vulnerables y más ingenuos, ellas son consideradas aún más peligrosas.

Tal como explicitado en la campaña contra la pedofilia de la UNICEF (cuyo video puede ser visualizado en este link http://www.youtube.com/watch?v=8wLIgztqCZs), los niños muchas veces no se dan cuenta de los peligros a los cuales están expuestos. Lo que genera más preocupación por parte de sus padres, que a su vez aumentan los niveles de vigilancia y constante supervisión de sus hijos, y simultáneamente, disminuyen el grado de libertad que ellos tienen para disfrutar del espacio público.

Esta preocupación por la seguridad de los hijos ayuda a explicar el movimiento de ostracismo voluntario que podemos observar en el desarrollo de condominios cerrados suburbanos, que cada vez más cuentan con una serie de servicios a su interior, minimizando la necesidad de salir de sus fronteras por parte de sus habitantes. Las calles de estos condominios si bien pueden ser utilizadas como un espacio lúdico ya no tienen el carácter público. La vida de los niños que son criados en estos barrios privados es una vida llena de privilegios, sin duda. Pero también es, en la mayoría de los casos, una vida con poca libertad. El miedo de la violencia urbana termina aprisionando no solamente a los infractores, sino que también a aquellos que pueden “darse el privilegio” de aislarse. Y muchos lo hacen de forma cada vez más hermética. En la película mexicana de drama-suspenso “La Zona” esta ambición de tener total control al interior de las fronteras del condominio es llevada al extremo y pone en evidencia los riesgos asociados a la mantención de este hermetismo.

En el otro extremo del espectro, están los niños “de la calle”. Mientras los niños de barrios cerrados casi no tienen contacto con el espacio público, los menores abandonados muchas veces solo conocen estos espacios. Les efectos psicológicos de no tener la protección del espacio privado, de no tener una casa que sea un verdadero hogar en la formación de una persona pueden ser perversos, particularmente en lo que se refiere a la generación de lazos afectivos. De acuerdo con Hannah Arendt, “siempre que este [el niño] es permanentemente expuesto al mundo sin la protección de la intimidad y de la seguridad, su calidad vital es destruida” (apud Ferreira, 2001:25 – traducción nuestra). Es el caso de muchos niños que trabajan en las calles o que incluso viven en ellas, expuestos casi que continuamente a ruidos, riesgos e imprevisibilidad. Niños sin derecho a la ciudad y sin derecho a la infancia.

Nuestras grandes ciudades, en su conformación y dinámica actual, no son ambientes propicios para la crianza de los niños. No son buenas para aquellos que viven en un aislamiento clausurado que sus padres intentan imponer frente a los espacios públicos, y peores aún para aquellos que viven constantemente expuestos a los riesgos e inseguridades en su día a día callejero. Existen, por ejemplo, relativamente pocas plazas con paisajismo y equipamiento adecuados para los niños y estas suelen estar distribuidas siguiendo padrones de segregación espacial que reflejan, a su vez, brechas socio-económicas. En este sentido, incluso niños que bajo la tutela de sus padres podrían disfrutar de espacios públicos de la ciudad, muchas veces terminan por no hacerlo, a veces porque la plaza “no tiene nada” y se asemeja más a un terreno baldío, otras veces porque el parque está muy lejos y virtualmente inaccesible, o porque es percibido como peligroso, o incluso porque es más fácil distraerse con una pantalla digital.

Nuestras ciudades operan cada vez más como espacios de producción e intercambio de productos y servicios que como espacios de encuentro. Cada vez más como espacios que promueven una forma individualizada y solitaria de compartir el espacio geográfico, arruinando varias posibilidades de socialización en el espacio público. Y considerando que procesos de socialización son claves para el desarrollo de los niños, tanto para la construcción de su carácter como para formación del espíritu cívico, impedir que ellos sean llevados a cabo plenamente es impedir el fortalecimiento del propio tejido social, lo que tiene serias consecuencias para las ciudades y sus habitantes.

De acuerdo a David y Jones “niños saludables son aquellos capaces de acceder y utilizar las calles urbanas para ejercitarse y jugar, de moverse en su área local con un grado razonable de independencia y seguridad […] y poseer algún sentido de apropiación.” (1996:367 – traducción nuestra). Siguiendo esta línea de raciocinio, es imprescindible generar e implementar programas y proyectos que vuelvan a tornar las calles de nuestras ciudades en espacios más amigables a los niños. La UNICEF lanzo un programa justamente con este foco, o llamado Ciudades Amigables para los Niños (o Child Friendly Cities, http://childfriendlycities.org/), en el cual se delinean algunas directrices para los gobiernos locales, se comparten buenas prácticas en lo que se refiere a la incorporación de los derechos de los niños en la política pública urbana y también herramientas para los tomadores de decisión. En el caso de Chile un buen ejemplo de iniciativa que también sigue esta línea es la de recuperación de plazas de la Fundación Mi Parque, que con el apoyo de voluntarios y la participación activa de los integrantes de las comunidades circundantes a los espacios intervenidos, promueve una renovación de áreas verdes y las rehabilita para que las personas puedan disfrutar de estos espacios, haciendo ejercicios, relajándose y jugando. En este video se puede ver el resultado de una de estas intervenciones, realizada en asociación con Coca-cola: http://www.youtube.com/watch?v=RJPu6HSlbq4

Nuestras ciudades necesitan de más iniciativas de este tipo. No basta difundir el discurso de la sustentabilidad y la preocupación con las generaciones futuras si esto no viene acompañado de un cambio en las prácticas cotidianas, de una responsabilidad compartida con la formación en el presente de nuestros niños y de una conciencia que la ciudad, con sus calles, plazas y parques, debe posibilitar y promover el usufructo de los espacios públicos por todos sus ciudadanos.

Referências bibliográficas

FERREIRA, Tânia (2001) “Os Meninos e a Rua: uma interpelação à psicanálise”. Editora Autêntica, Belo Horizonte.

DAVIS, Adrian; JONES, Linda (1996) “Environmental constraints on health: listening to children’s views”. Health Education Journal. December, vol. 55 no. 4 363-374.

MARTÍNEZ, Constanza (2014). «12 ideias para fazer das cidades lugares mais adequados para crianças» ArchDaily. Accessed 18 Mai 2014. http://www.archdaily.com.br/br/01-187743/12-ideias-para-fazer-das-cidades-lugares-mais-adequados-para-criancas

UNICEF (2004) Construyendo ciudades amigas de la infancia: Un Marco para la Acción. UNICEF, Centro de Investigación Innocenti, Secretariado Internacional para Ciudades Amigas de la Infancia. Florencia, Italia.