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Squatters in the Capitalist City : Housing, Justice, and urban politics

Revista Planeo Nº 44  Ciudades ante las enfermedades, Julio 2020


[Por: Gabriel Espinoza Rivera, Sociólogo, Universidad de Playa Ancha. Magíster en Antropologías Latinoamericanas, Universidad Alberto Hurtado. Miembro del Proyecto Fondecyt 1180352 “Ruinas urbanas. Réplicas de memoria en ciudades latinoamericanas. Santiago, Quito y Bogotá”]

Autor: Miguel Martínez

Año: 2019

Editorial: Routledge

 

Resumen:

Erráticos, corruptos, problemáticos, inseguros, abandonados. No son pocos los adjetivos que logran dar cuenta del problema de las ocupaciones ilegales de inmuebles en las ciudades dominadas por las lógicas de rentabilización y especulación del ambiente construido. La propuesta de Martinez en Squatters in the Capitalist City apunta a evidenciar los límites de la gobernanza urbana, y de la noción de valor en la ciudad, precisamente demostrando cómo las ocupaciones ilegales de inmuebles son convertidas en un problema para hacerlas desaparecer. A través de un recorrido por ciudades europeas y sus edificios ocupados por ciudadanos que entablan relaciones asociativas rentabilizando el abandono en bienes colectivos, el libro caracteriza las diferentes operaciones políticas para expulsar ocupantes indeseados o proteger el abandono.

Palabras claves: neoliberalismo, justicia urbana, abandono

 

Im 1. Portada del Libro

A través del análisis de los squat en ciudades europeas de tinte metropolitano (Barcelona, Ámsterdam, Berlín entre otras), Martínez establece un itinerario de acciones desplegadas por los gobiernos locales, en conjunto con inversores privados, para erradicar la ocupación de edificios abandonados. El binomio de edificios ocupados/desocupados deviene un problema en dos sentidos. El primero es como señala Bennett (2017), debido a la noción liberal lockeana de propiedad. La tierra es útil por su uso, y la dilapidación reside en el abandono. Desde ahí, los inmuebles deben estar produciendo y siendo ocupados. Sin embargo, hay un espectro específico de usos que debe sostener el ambiente construido de la ciudad. Y dentro de estos, se excluyen los informales, ilegales y precisamente, aquellos que disputan la noción de propiedad como un bien ejercido, contra aquel que sitúa a la propiedad como un bien alienado del uso público y, por lo tanto, excluyente.

No todos los edificios ocupados tienen el mismo objetivo, ni tampoco despliegan un contingente homogéneo de acciones para producir la ocupación. Pero sí todos los edificios levantan la sospecha de un mal vivir, siembran el manto de la duda de la correspondencia entre sus habitantes con el territorio, y al mismo tiempo, tensionan los objetivos del gobierno de la ciudad para rentabilizar el espacio mediante venta, renta o especulación.

En este sentido, un juicio moral es el que tiñe a los inmuebles. Como señala Matless (1994) al analizar las formas de enjuiciar el territorio y sus habitantes en el distrito de Norfolk, al este de Inglaterra: “el mismo vocabulario es desplegado para hablar de las personas como de los edificios: ruidosos, impúdicos, indisciplinados, vulgares, un repugnante estropeo del paisaje de Broadland” (p.133). Hay edificios que tienen una carga simbólica que homologa la materia a sus habitantes. O en un sentido del fetiche de la mercancía: hablar mal y castigar los objetos, como si tuvieran vida propia, esconde un juicio y desprecio hacia los individuos que los producen. Producción en el sentido de Guggenheim (2009), quien caracteriza a los edificios como mutables inmóviles: objetos procesuales definidos por su lugar topográfico, que es inamovible, y las acciones humanas que los valorizan, signan, modifican y constituyen.

En el caso de los Squat estudiados por Martínez, hay una geografía moral que recubre estas ocupaciones y las anormaliza y estigmatiza. Estos dos últimos procesos, generan la idea de que los Squat, en el sentido de Cresswell (1996), son un representante de las cosas fuera de orden y lugar en la ciudad.

Desde la disposición del “fuera” de lugar, de lo anormal y corrompido, los Estados mediante los gobiernos de ciudad levantan disposiciones punitivas frente a las ocupaciones. Disposiciones que se entablan en disputas económicas y legales que favorecen a los intereses de la ciudad, y eliminan el disenso a las formas de gobernanza urbana que representan estas ocupaciones.

Aunque no todo es castigo, también hay relaciones instrumentales. El autor contrasta los Squat de tipo artístico frente a los políticos. Si bien ambos pueden compartir elementos performativos de ocupación, y el hecho de ser ilegales, los de tipo artísticos tienen la posibilidad de ser normalizados. Sin embargo, los Squat políticos concentran un capital simbólico negativo a los ojos de la ciudad. Son quienes no solo usan un espacio en abandono, sino que disputan la noción mercantil de la ciudad y los bienes.

Gracias a su despliegue estético, y capacidad de producir una narrativa cool y cultural, las ocupaciones artísticas son normalizadas. Para Martinez, estos Squat son de fácil domesticación porque hay una afinidad en las tendencias de producción de ciudades cultural y el contingente de acciones y prácticas que ofrecen estos edificios: talleres, conciertos y actividades artísticas por sobre político-activistas.

Im 2. Fuente: Thomas Quine/Flickr

En contraposición, los Squat políticos son severamente castigados, perseguidos y criminalizados. Son lugares abyectos desde sus ocupantes, objetos y objetivos; representan la antítesis de una ciudad que se define por la acumulación por desposesión, y la rentabilización y especulación del espacio. Los Squat políticos se definen por su agencia y acción situada, por la idea de valor mediante acciones colectivas que abogan por la horizontalidad y el recuperar la ciudad sin miramientos o afinidades instrumentales con las fuerzas policiales, y los gobiernos locales.

Finalmente, en tiempos de pandemia, la lectura del trabajo de Martínez resulta incisivamente relevante. Si la anormalización y la exclusión son acciones políticas, con fundamentos económicos que definen una geografía moral del territorio ¿Cuál sería el lugar de los enfermos y enfermedades de la ciudad? El texto de Martínez nos permite evidenciar las disposiciones de gobernalidad (en el sentido de la administración del territorio) y de gubernamentalidad (en relación al universo simbólico que define la ideología y acciones del gobierno del territorio) sobre cómo se construye el espacio urbano mediante exclusiones tanto simbólicas, materiales y espaciales de sus habitantes.

Los squat, a los ojos del capital y los gobiernos de las ciudades, se presentan como cuerpos no-humanos enfermos. Depredadores de las bondades de la ciudad y arruinadores de la misma. El peligro que presentan es el del temor reificado en límites claros y materializados en edificios. Límites materiales que ahuyentan a los usuarios disciplinados y docilizados a consumir su lugar en la ciudad, ponen en tensión la legitimidad del sistema de rentas y hacen desplegar al Estado policial sus recursos para extirpar estos cuerpos enfermos. Acá, la enfermedad se levanta como un dispositivo de control que justifica medidas técnicas, congregando argumentos de una ciudad homogénea mediante la eliminación simbólica y material del disenso.

Im 3. Gabriel Maulén en base a fotografía de / Fuente: Thomas Quine/Flickr

Para los usuarios de los squat el problema es la producción de ciudad mediante la especulación inmobiliaria y la desposesión del espacio público. Lo anterior, un problema ubicuo, un mal al acecho, una monstruo que atemoriza y no tiene límites. La enfermedad es la forma de organizar de manera desigual y excluyente la ciudad, y para esto, es preciso actuar guareciéndose, generando cobijos y resistiendo, incluso desde las ruinas.

En este sentido, la pandemia actual es invisible y ubicua, como los procesos de especulación y desposesión del espacio público que genera y promueve el Estado. Como señala Viveiros de Castro (2012), los límites del temor y el miedo ya no son referenciables y escaparon a las fronteras del resguardo. Las fronteras han sido históricamente espacios geográficos o imaginales donde es posible distinguir la seguridad de la inseguridad, el conocimiento de la ignorancia, el cobijo frente al desahucio. Desde la ausencia de fronteras claras sobre los peligros, el miedo se convierte en una actitud inmanente que nos permite vivir. El miedo frente a algo que está siempre acechando comienza a organizar nuestras formas de vivir y ser en el mundo. Nos obliga a estar siempre atentos, ser cautos y establecer nuevos marcos de acción y quizás, otros límites. Al mismo tiempo, la inmanencia del peligro refuerza la idea que la acción colectiva es el espectro de acciones donde podemos enfrentar los problemas que nos envuelven. En este punto, tanto Martínez como Viveiros se encuentran. Ambos apuntan a que la inmanencia de la acción estatal se convierte en un agente del terror y de la precariedad. El estado, a través de su acción policial y marco normalizador, implanta una agenda que atemoriza y pone en constante peligro las formas de producción que le son ajenas o contrarias.

De esta manera, la situación de los usuarios y productores de squat nos convoca a profundizar, en tiempos de desgobierno y crisis sanitarias, acciones de resguardo material y espacial, cobijo afectivo y fortalecimiento de lazos solidarios entre nosotros, miembros de la ciudadania.

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Referencias
Bennet, L. (2017). Forcing the Empties Back to Work? Ruinphobia and the Bluntness of Law and Policty. Henneberry, J. (Ed) Transience and Permanence in Urban Development. Chichester: John Wiley & Sons, Ltd. https://doi.org/10.1002/9781119055662.ch2
Crewsswell, T. (1996). In Place/Out of Place: Geography, Ideology, and Transgression. Minnesota: University of Minnesota Press.
Guggenheim, Michael. 2009. Building Memory. Architecture, Networks and Users. Memory Studies, 2(1), pp. 39-53.
Matless, D. (1994). Moral Geography in Broadland. Ecumene 1(2). pp.127 – 155.
Viveiros de Castro, E. (2012). Immanence and fear. Stranger-events and subjects in Amazonia. HAU: Journal of Ethnographic Theory 2 (¡). pp. 27 – 43.
Agradecimientos a Gabriel Maulén (Ilustrador – Gimes.maulen@gmail.com ), por la ilustración y discusión sobre el texto.

 

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