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Entrevista a Elizabeth Subercaseaux: «La memoria no tiene que ver con el revanchismo ni con el rencor, sino con la superación de los pueblos «

Revista Planeo Nº 38  Ciudad y Memoria, Diciembre 2018


 

Elizabeth Subecaseaux es Periodista y escritora chilena, radicada en Filadelfia, Estados Unidos.

“Una sociedad que no rescata su memoria pierde el rumbo hacia el futuro”

Elizabeth Subercaseaux
Elizabeth Subercaseaux

Tu historia ha estado marcada por el hecho de vivir en varias ciudades, en Santiago hasta finales de los ´60 en democracia, luego en Madrid en dictadura, regresando el 74 a otra dictadura, para luego irte a Estados Unidos y hoy en Filadelfia….¿Cómo se vive en lo personal la ciudad en contextos tan distintos?

Ha sido desde todo punto de vista una experiencia enriquecedora, sobre todo por los cambios que han ido experimentando los lugares donde he vivido. En los años sesenta Santiago era una ciudad relativamente pequeña de poco más de dos millones de habitantes, unos pocos edificios bajos, casas de uno y dos pisos, con una Alameda llena de micros amarillas, cascarrientas y bulliciosas, trolebuses y escasos vehículos donde resaltaban las citronetas. Pero lo más interesante para mí ha sido observar cómo en estos lugares se hay una constante: al expandirse, reconstruirse y modernizarse, la ciudad ha mantenido el espíritu de la sociedad que la habita.

Por ejemplo, en Santiago, una ciudad que ha sufrido un cambio fenomenal en los últimos 50 años, un espíritu lamentablemente clasista está latente en la manera como se ido progresando. Los edificios altos, azulados, de vidrio y materiales lujosos se encuentran solamente en el barrio alto, donde no vamos a ver (seguramente) ninguna de las torres conventillos que se han construido y siguen construyéndose cerca de la Estación Central.

Las diferencias que se observan en los distintos barrios santiaguinos hablan claramente de una división por clase que no es tan marcada ni en Madrid, ni tampoco en Philadelphia donde actualmente vivo, y esas diferencias son visibles también en la estética de lo que se construye, los materiales que se usan en unos y otros lugares, los precios de los departamentos, la calidad de sus jardines. Dicho en otras palabras, las abismales diferencias socio-económicas que atraviesan a la sociedad chilena se ven reflejadas en los criterios de modernización de la ciudad. El Barrio San Diego jamás se llamaría “Sanhattan” y ninguno de los edificios que se han construido allí pueden compararse con los del barrio El Golf.

¿Se puede ser la misma persona o crees que la dinámica de la ciudad logra incidir en tu socialización y valoración de otros (as)?

En Estados Unidos vivo fuera de cualquier cosa parecida siquiera a una ciudad, vivo en las afueras de un pueblo pequeño donde somos amigos de la cajera del banco, del zapatero y del hindú que atiende en la gasolinera. Mi marido toma desayuno todos los días con un grupo de amigos desde hace cuarenta años: un fontanero, un maestro de techos, un profesor de filosofía, un diplomático un abogado y un pintor de casas. Vivir en Wallingford, que así se llama mi pueblito, no solamente me ha cambiado a mí como ser humano sino por completo mi percepción del freno para el progreso de los pueblos que significan el clasismo y el racismo. En Estados Unidos hay un fuerte racismo (todavía), sin embargo, en ese sentido, este país es mucho más homogéneo y menos clasista que Chile.

 ¿De qué manera vivir en estas ciudades o rememorarlas te han aportado a tu tarea como periodista y luego como escritora? 

Tanto Santiago, como Madrid y mi pueblo cerca de Filadelfia han sido un aporte en toda mi literatura. Santiago, desde luego. Mi libro vendo Casa en el Barrio Alto, una novela en clave de humor está basada, justamente, en la manera como la ciudad discrimina por barrios. Mi novela Las Confidentes está escrita desde Wallingford, como lugar estético y demográfico, los personajes viven aquí, son norteamericanos y representan muchas cosas que yo he aprendido de esta parte del país, su idiosincrasia, sus problemas políticos y sociales. Y España me ha nutrido toda la vida con la riqueza de su cultura y tal como decía Neruda, del oro que trajeron ellos a nuestros pueblos: el idioma, las palabras.

¿Podrías reconocer elementos tangible o intangibles que describen cómo está presente la memoria en la ciudad para ti? 

Cuando cierro los ojos y pienso en Santiago, veo la calle Tobalaba, junto al canal San Carlos, yo voy caminando desde Colón hacia Apoquindo, doblo la cabeza hacia la derecha y veo la mole blanca recortada en un cielo limpio. Aunque parezca increíble, hoy, yo viví un Santiago en el cual desde cualquier parte que estuvieras veías una cordillera maravillosa, casi irreal en su gigantismo. Y el cielo azul. Esa imagen quedó en mi memoria para siempre.

De acuerdo a tu juicio ¿Se advierte ciertos patrones comunes entre las ciudades que has vivido, más allá de los acontecimientos que marcan su devenir o el hecho que tienen un origen distinto?

En todos los lugares donde he vivido hay un patrón que se repite con majadera ferocidad: los automóviles que amenazan con llegar a ser tantos como los seres humanos. Los celulares que amenazan y quizás en la actualidad llegan a ser más que los seres humanos. Y las torres para los celulares que ya se mezclan con los edificios como si fueran construcciones donde habita algo distinto de una amenaza cancerosa.

En particular, has vivido en Santiago en tres momentos significativamente distintos en términos sociales y políticos ¿Dirías que hoy la ciudad de Santiago es una expresión de su memoria pasada? ¿ Y por qué?

Para nada me parece Santiago una expresión de su pasado, si por pasado entendemos el Santiago de don Pedro Aguirre Cerda, los gobiernos radicales, Alessandri Rodríguez, luego Frei Montalva y Allende. Más bien creo que el Santiago de hoy es una expresión del modelo de libre mercado que se ha impuesto en prácticamente todo el mundo. La gran diferencia entre Santiago y las ciudades europeas, donde también se ha ido imponiendo el mismo modelo, es que en Europa existe un espíritu conservacionista de su cultura, en Chile, no. Tú caminas por Madrid, hoy, por ejemplo, y una gran parte de Madrid sigue exactamente igual a como yo la vi en los años sesenta. La Plaza Mayor no ha cambiado un ápice en siglos. Eso no te pasa en Santiago. Ni la Plaza de Armas es la misma de hace medio siglo. En Santiago no hay prácticamente nada de lo que hubo en la década de los cincuenta, los barrios tienen otro rostro, los barrios pobres han mejorado de manera notable y en los barrios ricos se han destruido casonas antiguas, coloniales o de los años cincuenta, plazas y parques para levantar cientos de miles de edificios de departamentos, unos más lujosos que otros dependiendo de cuán cerca esté el barrio de la cordillera.

Desde el punto de vista como sociedad ¿Nos hace bien que la memoria sobre los que nos puede avergonzar como sociedad esté siempre presente en diversas expresiones en la ciudad?

Yo creo que lo que nos hace mal, nos avergüenza como sociedad no debe estar expuesto ni en el nombre de una plaza ni en una estatua ni en nombre de una calle. Por ejemplo, en Berlín no habría jamás una plaza que se llame Adolfo Hitler. Y en el mismo Santiago yo no le pondría general Pinochet a la Alameda.

Para lo anterior ¿Requerimos testimoniar en lugares, mediante esculturas o monumentos en la ciudad?

Claro. Es importante la memoria en todo sentido, pero la memoria de lo que nos engrandece como pueblos. Los monumentos y estatuas que recuerdan a las personas que nos han hecho mejores seres humanos, más libres, más democráticos y más inclusivos deberían estar en todas partes. También son importantes los museos que preservan la memoria de los hechos traumáticos de la sociedad, cuya función principal, a mi juicio, es recordarle a la gente que tal o cual brutalidad no debe volver a ocurrir. Es el papel que juega en Santiago el Museo de la memoria, en Washington el Museo del Holocausto.

¿Qué es lo fundamental que nos perdemos como sociedad cuando no rescatamos la memoria?

La memoria no tiene que ver con el revanchismo ni con el rencor, sino con la superación de los pueblos y la posibilidad de preservar y aún profundizar los aspectos que los han hecho sentirse orgullosos de lo que son.

Museo de la Memoria. Fuente: Flickr Jorge León Cabello
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