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“ESPÍRITU Y PIEDRA: LAS INTERSECCIONES ENTRE RELIGIÓN Y PAISAJE URBANO EN SANTIAGO DE CHILE”

Revista Planeo Nº 34  Territorios Religiosos, Diciembre 2017


[Por Abraham Gonzalo Paulsen Bilbao; Geógrafo, Profesor de Historia, Geografía y Educación Cívica, Licenciado en Geografía, Magíster en Psicología, Doctor en Territorio, Medioambiente y Sociedad, Académico e Investigador del Instituto de Geografía de la Pontificia Universidad Católica de Chile]

Resumen

La geografía de las religiones permite abordar las vinculaciones entre la dinámica del fenómeno religioso y el origen y evolución de ciudades, entre las que se cuenta Santiago de Chile. Se pretende demostrar la relevancia del catolicismo primero y de otras denominaciones cristianas después, en la configuración del paisaje urbano santiaguino actual, compuesto por dos civilizaciones parroquiales, una estructurada alrededor de un clérigo y con foco en una parroquia y otro, cuya centralidad es ocupada por un pastor (y su familia) y un lugar de culto, que puede ser incluso el mismo espacio que se ocupa para la residencia y el desarrollo de actividades productivas de la familia pastoral. Esta situación desafía los modelos analíticos tradicionales de la geografía urbana anglosajona que concibe al espacio urbano como un ente en secularización (Taylor, 2007) o ya secularizado (Martin, 1978), cuya evolución depende de factores tales como las modalidades de producción (Harvey, 2007; 2008), la globalización (Lipietz, 1995), conflictos políticos (Gottmann, 1973), entre otros. Asociado a lo anterior, se pone en tela de juicio las teorías urbanas secularizadoras, afirmando que la capital de Chile está experimentando un proceso cercano al modelo estadounidense y que se distancia de lo que acontece con el paisaje urbano europeo.

Palabras Claves: Geografía de las religiones – Santiago de Chile – Religiosidad y secularización

Im 1: Parroquia en la ciudad de Balmaceda, Chile
Fuente: Fotografía perteneciente a la colección personal del autor, 2017

Diversas teorías, al explicar el origen y evolución de las ciudades consideran al fenómeno religioso como una clave explicativa relevante (Sjoberg, 1988), en especial cuando se trata de analizar la fundación y desarrollo de las ciudades en el contexto latinoamericano (Romero, 2004) y chileno (de Ramón, 2000). Refiriéndose a Chile, Guarda señala que “nuestras ciudades, desde su creación, se diseñaron de manera que su sello fuese la presencia eminente de iglesias, comenzando por la catedral, cuyos fundamentos, como motivo culminante, se echan en la solemne ceremonia fundacional, junto con la celebración de la primera misa y el canto del Te Deum de acción de gracias, acta de bautismo cristiano, que le marca un destino, un proyecto de vida eterna” (Guarda, 2016, pág. 292). Tal presencia, se mantiene hasta nuestros días, con la salvedad de que el paisaje urbano ha evolucionado desde un patrón unirreligioso, a otro variopinto (Lehman, 2001), donde en la actualidad es posible distinguir más de una civilización parroquial. La mayor parte de las ideas que aquí se expresarán se fundan en tres grandes aportes: el primero, los resultados de la tesis doctoral “Las iglesias y la configuración del espacio social en Santiago de Chile (1541 – 2012)” de nuestra autoría; la segunda, el apoyo de la Facultad de Historia, Geografía y Ciencia Política de la Pontificia Universidad Católica de Chile, que mediante la apertura de un concurso orientado a publicar las investigaciones de los docentes, impulsó a mantener a la geografía de las religiones como una línea de investigación; tercero, el aporte de CONICYT – FONDECYT, por cuanto los insumos para la producción del presente texto, se deben al financiamiento del Proyecto FONDECYT de Iniciación 2015 – 2018, número 11150541, titulado “La espacialidad de las áreas metropolitanas de Valparaíso, Santiago y Concepción (1960-2015): Religión y Sociedad en el contexto del pluralismo religioso y la secularización”, que nos ha correspondido desarrollar en el rol de investigador principal. Corresponde agradecer a cada una de las instituciones mencionadas, así como también a académicos, amigos de toda la vida y estudiantes, que, han ayudado de muchos modos a la mejora de ideas, redacción, enfoques y contenidos en la presente publicación.

La vertiente religiosa de las ciudades chilenas

Como en otras claves, las ciudades chilenas expresan el ethos de la fe de las sociedades que las pueblan; esto, más que una novedad, es una constatación de lo que ordinariamente son las ciudades en todo el mundo, parte de la dimensión identitaria de los que las construyeron, poblaron y pueblan.

A lo largo de estas líneas, postulamos que, desde la clave analítica religiosa, el paisaje urbano es un constructo espacio – temporal – coyuntural que es significante y significado, causa – efecto, unicidad – multiplicidad, según los dictados de la dinámica de los diversos componentes religiosos, tanto procesos, como agenciamientos y actores. Se trata de ciudades secularizadas “a la chilena”, donde permanentemente somos testigos de la emergencia de manifestaciones religiosas de distinta magnitud y signo, que contradicen a posiciones que relevan el retroceso de la religiosidad como un fenómeno propio del nuevo siglo, que habría comenzado a incubarse en el último tercio de la centuria precedente (Lehman, 2002).

En efecto, así como es posible encontrar en el paisaje urbano evidencias de secularización, también es posible identificar nuevos movimientos religiosos, ensamblajes o recomposiciones que acompañaron, desde sus inicios hasta la actualidad, a la transformación demográfica, sociopolítica y cultural que experimentó la sociedad chilenos desde 1960. La religión, a lo menos en el paisaje urbano, no ha perdido su capacidad movilizadora y transformadora, como lo expresan diversas formas y edificaciones que acompañan la cotidianidad de los habitantes.

Por lo anterior, la geografía en general y la geografía de las religiones en particular, tienen la tarea de estudiar la espacialidad de las creencias más relevantes de la población chilena, comparándola con las suscitada por los procesos de secularización impulsados desde el Estado, con distintas fuerza y enfoques desde la separación de 1924 en adelante, entendiendo que la religión, como plantea Hervieu – Léger, ha encontrado una “nueva pertinencia social, política y cultural en una modernidad en crisis” (Hervieu-Léger, 2005, pág. 12).

La geografía en el debate del fenómeno religioso

Ciudades y religiones se encuentran inextricablemente unidas, tanto en la praxis, como en las teorías que explicaban y explican el origen de las ciudades (Sjoberg, 1988). Esta filiación es mucho más notoria en Latinoamérica en general y Chile en particular, lo cual no es motivo como para abandonar el desafío de teorizar, desde la geografía, acerca del rol de las religiones en las especificidades del paisaje urbano, por lo menos en dos líneas, una referida al producto de investigaciones previas y otra ligada a la explicación fenomenológica de ese segmento de la realidad a la cual llamamos ciudad. Nos detendremos en ambos aspectos.

Diversos autores han puesto de manifiesto el hecho de que la ciudad y la vida urbana son los fetiches de la Modernidad Occidental (Berman, 2013). Ser modernos implica abandonar el campo y habitar la urbe, con disonancias y contra movimientos que se han ido sucediendo en el tiempo (Bartra, 2008). Sin embargo, no hay que perder de vista que el desdén a la ciudad, más que ser un pensamiento totalizante, es una emoción suscitada por las patologías urbanas, no por la ciudad en sí misma, lo cual se evidencia en fenómenos tales como la irrupción de las parcelas de agrado, donde lo urbano se mezcla con las sensaciones y afectos producidos por la experiencia de habitar más conectados con la primera naturaleza. Volviendo al tema que nos ocupa, las plumas privilegiadas de la Modernidad, abordaron al fenómeno urbano, como por ejemplo, los trabajos de Benjamín (Benjamin, 2014), Simmel (Simmel, 1958), Marx (Marx & Engels, 2016), entre otros. De esta corriente de pensamiento fueron herederas la sociología urbana, ecología urbana y la geografía urbana, disciplinas incubadas desde fines del siglo XIX tanto en Europa como en el mundo anglosajón, aun cuando esta temática también era parte de los trabajos fundacionales de Humboldt y Ratzel, abismados por lo que pudieron observar durante sus respectivos periplos por el mundo, principalmente en Nueva Orleans y en algunas ciudades latinoamericanas (Capel, 1981).

Los trabajos sociológicos, antropológicos, históricos y geográficos decimonónicos y posteriores aportaron a la constitución de un modelo de génesis y desarrollo urbano que situó a la religión como una de las causas por las cuales surgieron las ciudades, esto es, como consecuencia de la instalación de un templo o por la existencia previa de un lugar que se reconocía como sagrado y que, por lo tanto, atraía peregrinos que practicaban alguna forma de devoción (George, 1974). A esta explicación, más contemporáneamente, Deyan Sudjic agregó como requisito de evolución positiva, la tolerancia y convivencia entre los distintos credos y prácticas que puedan desarrollar los habitantes (Sudjic, 2017).

Conclusiones referidas a la religión en eso que llamamos ciudad – capital

En el caso de Santiago, a la infraestructura religiosa le precedió la definición como espacio sacro de algunos de sus rincones, por parte de algunas etnias y culturas, dada la existencia de excepcionalidades objetivas y subjetivas (Otto, 1996; Delumeau, 2005; Douglas, 2006; Tuan, 2001; 2009; Dawson, 2010). La cualificación como un lugar esencialmente diferente fue el inicio de la aglomeración de individuos y sociedades en torno a un punto específico, cuya complejización daría origen a nuestra ciudad. Tal parece que la instalación en 1545 del primer templo católico en territorio nacional, la Iglesia La Viñita, consagrada a la Virgen de Montserrat y localizada a los pies del Cerro Blanco, en lo que habría sido un centro ceremonial anterior a la llegada de los conquistadores españoles a la Cuenca de Santiago (Cornejo, y otros, 2010), respondería al fenómeno descrito. Esta idea también tiene sentido para otros sectores de Latinoamérica, considerando el emblemático y suficientemente abordado caso de Tenochtitlán (Brundage, 1982).

Por otra parte, la convivencia entre lo religioso y lo secular se explican en las propiedades asociadas a la excepcionalidad de lo sacro (Otto, 1996) , cuyas variables no producen aislamiento, sino que son posibilidades desde las cuales tales constructos se relacionan con otras espacialidades (social, política, económica, cultural), de las que también se nutren y completan, en tanto cada una representa fuentes sociales de poder que se interponen e intersectan (Mann, 1991).

Bibliografía
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