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Institucionalidad nacional y la catástrofe de Chillán. La Corporación de Reconstrucción y Auxilio en la reconstrucción de Chillán (1939)

Título: Institucionalidad nacional y la catástrofe de Chillán. La Corporación de Reconstrucción y Auxilio en la reconstrucción de Chillán (1939)
Autor: David Ignacio Carvajal Hausdorf
Año: 2011
Tipo Tesis: Tesis para optar al Grado de Magister en Desarrollo Urbano, Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales, PUC.
Profesor Guía: Rodrigo Hidalgo Dattwyler

(Viene de Capítulo I: Desastres, Reconstrucción y Política)

Las ciudades del mundo a lo largo de la historia han experimentado desastres, como saqueos, inundaciones, incendios, bombardeos, ser privadas de alimento, abandonadas, e incluso envenenadas. Basta con echar una mirada sobre la historia urbana de la ciudad de Chillán para percatarnos de su triste record de ser una de las ciudades chilenas que más veces ha sufrido destrucciones totales, como también desplazamientos. Sin embargo, salvo en casos muy puntuales las urbes se levantan una y otra vez. Tomando aquello en consideración, el desastre o la catástrofe se sitúan como fenómenos inherentes a nuestra realidad territorial.
 
En función de ello, es de relevancia definir ciertos conceptos para adentrarnos en la compresión de los desastres, ante lo cual el principio de riesgo se vislumbra como un tópico de importancia. De hecho, se sitúa antes que la catástrofe, pues es distinto a ella. El riesgo es una situación que implica peligro, y que ocasionalmente puede tener desenlaces catastróficos. Tales condiciones van desde las que son estrictamente naturales, pasando por situaciones mixtas, hasta ser generadas exclusivamente por acciones humanas en el espacio. El riesgo es un conjunto de acontecimientos que incorporan la cualidad de peligro al territorio y la sociedad que lo habita, tanto por sus propias características espaciales como las que le prestan las condiciones de la sociedad que los padece.
 
Con mayor dificultad para establecer diferenciaciones, surge otro término ligado al desastre, el que alude a la vulnerabilidad, que por lo demás mucha de la literatura ligada a las catástrofes suele confundir con la idea del riesgo. Generalmente quienes logran separarlos, tienden a atribuirle a la vulnerabilidad una suerte de definición más pasiva, pues los riesgos son asumidos como algo que puede tomarse. En este sentido, pareciera adecuado, tal como se liga al riesgo con el peligro, relacionar la vulnerabilidad con la susceptibilidad de sufrir daño.

 

(Viene de Capítulo I: Desastres, Reconstrucción y Política)

En primer lugar, un útil flanco de entrada para comprender la catástrofe es en función de la destrucción que pueden causar, la que puede ir desde sólo un recinto pequeño hasta una ciudad entera (o potencialmente un área incluso más grande). Segundo, estos desastres pueden ser vistos en términos de su costo humano, medido por el número de muertes y heridos. En tercer lugar, estos actos destructivos pueden ser conceptualizados en función de su presunta causa, siendo en gran medida resultado de fuerzas incontrolables de la naturaleza, tales como terremotos, maremotos, o tornados, otros a partir de combinación es de las fuerzas naturales y la acción humana, como los incendios. A su vez, están los producidos puramente por el hombre lo que implica cierta cuota de voluntad, como el caso de las consecuencias de acciones de ejércitos conquistadores, de bombardeos enemigos, o actos terroristas.
 
 Por último están los desastres más ligados a causalidades económicas, ejemplo, producto de la pérdida de ventajas comparativas en un rubro esencial para una ciudad, o por cambios demográficos. No obstante al hecho que la recuperación socioeconómica sea un asunto transversal frente a cualquier desastre. Los desastres pueden variar en gran medida por la escala, y no hay significativas diferencias dentro de estas categorías. Empero, algunos de los desastres a gran escala pueden causar daño masivo en las edificaciones, sin que ello involucre grandes pérdidas humanas, por ejemplo, en saqueos de ciudades previamente evacuadas, o en disturbios sociales. Por otra parte, a veces deliberadamente se ha optado por blanco áreas densamente pobladas lo que puede producir bajas masivas, dejando zonas edificadas físicamente intactas. Todo esto puede ir ligado a las posibilidades existentes de destrucción ante agentes biológicos, químicos o nucleares que pueden matar poblaciones enteras sin afectar directamente al entorno construido.
 
Sea cual sea el escenario, el impacto de la destrucción urbana no se condice con la magnitud que tiene para quienes lo experimentan. El impacto porta significado para los supervivientes, incluso para los que viven a cierta distancia del epicentro de la destrucción física. En este sentido, el trauma persiste mucho después de los impactos físicos de un desastre. Ciertamente, muchas personas pueden sufrir efectos psicológicos a largo plazo luego de la catástrofe, pero también se puede considerar a las urbes como traumatizadas. En ellas perdura no sólo el daño físico y las dificultades económicas, sino también daños a su imagen.
 
En este sentido, cobra relevancia los asuntos pertinentes a determinar las consecuencias de un desastre, es decir, el modo de lograr una cuantificación de los daños causados y las pérdidas. Frente a tal disyuntiva pareciera ser mucho más sombrío el asunto en lo referente a las secuelas en individuos y grupos sociales, donde sus impactos inclusive pueden durar a lo largo de la vida de las personas o transcender por generaciones, sobre todo si sumamos los impactos psicológicos de las catástrofes.

(Viene de Capítulo II El desastre de Chillán de 1939: Consecuencias y primeras políticas de emergencia)

El terremoto más destructivo de la zona centro-sur de Chile en siglo XX ocurrió el día martes 24 de enero de 1939 a las 23:32 hora oficial chilena. Este evento afectó a siete provincias ubicadas entre los 35° y 38° de latitud sur, que englobaba: Talca, Linares, Cauquenes, Ñuble, Concepción, Bío-Bío y Malleco.
 
No obstante, la zona de sensibilidad abarcó mucho más territorio, extendiéndose en dirección norte-sur desde Arica hasta la Isla de Chiloé, y en los alrededor de Puerto Aysén. Así, en el sentido este-oeste este sismo se sintió con mucha fuerza en Mendoza, llegando a percibirse en Buenos Aires, lo cual hizo saltar las agujas del Observatorio de la Plata, claro que en esta segunda ciudad sólo se percibió una ondulación suave. En lo que refiere al oeste se sintió hasta la costa de Chile.
 
El área de daño se extendió desde Curicó hasta la ciudad de Temuco, en una longitud cercana a los 400 Km.

(Viene de Capítulo II: El desastre de Chillán de 1939: Consecuencia y primeras políticas de emergencia)

…las construcciones en buen estado sólo representaron un 3% de todas las edificaciones de Chillán, mientras que las deterioradas representaron un 41% del total de las construcciones. Las semidestruidas fueron un 9% del total, y las derrumbadas un 47% de todas las edificaciones en Chillán.
 
Por otro lado, el catastro también develó que la gran mayoría de las casas estaban construidas de adobe y ladrillo, hecho que se transformó en una condición de vulnerabilidad material enorme frente al movimiento sísmico. El 67 % de las casas de adobe quedó inutilizada, mientras que las de ladrillos en un 57%.
 
A su vez, las casas reforzadas con pilares y cadenas de hormigón armado, poco más de la mitad quedó sin daños. Aunque el 31% terminó deteriorada, y un 16% quedaron inutilizadas. Como se vio en casos analizados anteriormente por el mismo informe, se debió a errores de cálculo en diseño como en la ejecución de la construcción.

(Viene de Capítulo III Estado y desarrollo nacional en las primeras décadas del siglo XX, la Ley N° 6.334 y la Corporación de Reconstrucción y Auxilio)

Las prácticas y leyes que facultaban al Estado de poder intervenir en la economía y en las políticas sociales ahora compartían sitial con la creación de instituciones capaces de establecerse como emblemas y garantes de esta posición de la institucionalidad pública. Fijando el elemento faltante durante toda la década de 1930, es decir, planes de desarrollo a largo plazo, y con ello proyecciones e ideas fuerza sobre el camino que debía tomar la nación para generar progreso. Se cimentaba así la imagen de un Estado benefactor e industrial, y el institucionalizarlo en gran parte se debía a la presión catalizada por el desastre de Chillán.

(Viene de Capítulo VII. Conclusión: Balances, proyecciones y reflexiones finales)

…la planificación de la ciudad de Chillán terminó siendo el reflejo de los tópicos tratados con anterioridad. Una planificación que se inicia con perspectivas de realizar una organización y racionalización del territorio a escalas regionales, pero que rápidamente al presentarse como una imagen utópica poco realizable, e irresponsable para muchos contemporáneos, terminó por redireccionarse hacia un trabajo específico de las unidades urbanas, como casos aislados. Aquel instante develó las enormes dificultades que habría que sortear para planificar el desarrollo económico y social de la nación, expresado en sus ciudades, como Chillán.
 
…Si bien, la planificación urbana no pudo llevar su acometido cabalmente, como muchos imaginaron cuando la ciudad estaba en el suelo, si es verdad que muchas cosas cambiaron en la ciudad. El establecimiento de reglamentos, formalidades, metodologías diseños arquitectónicos en la construcción, transformaron parte importante del paisaje urbano de Chillán. Haciendo de esta ciudad uno de los referentes en la introducción de las formas modernas de arquitectura en nuestro país, junto también en la elaboración de obras urbanas de gran envergadura en otras ciudades, como la Diagonal Universitaria de Concepción711. Asegurando una resiliencia que garantizaría menor vulnerabilidad a la población frente a futuros desastres, gracias al aporte de requerimientos técnicos en las construcciones.
 
Un nuevo sistema de relación entre ciudadanía y Estado, con sus dificultades, límites y precariedades, establecía a la institucionalidad pública como rectora y planificadora del desarrollo económico y social de la nación. Todo aquello a través de la elaboración de una burocracia encargada de normar, imponer códigos y pautas de comportamiento. Un nuevo periodo que seguramente se hubiese instaurado a largo plazo y de forma más pausada, pero que debido al terremoto logró catalizar procesos de transformación que venían moldeándose por décadas. Imponiéndose con fuerza una nueva experiencia de desarrollo, colmando de esperanzas y certezas que aseguraban que Chile con el paso del tiempo sería un país moderno, y que haría que chilenos vivieran mejor. Siendo las planificaciones e intervenciones urbanas realizadas en Chillán, o simplemente ideadas, expresión de ese anhelo.
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