Vivienda en la Ciudad

Junio 2022

Feminismo comunitario en la lucha por la vivienda y la soberanía territorial en Alto Fucha – Ecoterritorio colombiano

Revista Planeo Nº 52 Vivienda en la ciudad; Junio 2022


[Por: Milena Rincón, arquitecta, magister en Geografía y docente de la Pontificia Universidad Javeriana  Sede Bogotá, Colombia, Doctora © en Arquitectura y Estudios Urbanos de la Pontificia Universidad Católica de Chile]

 

Resumen:

El texto busca visibilizar las prácticas de feminismo comunitario de mujeres mayoras del Alto Fucha, en la periferia urbana de Bogotá. Para ello se conceptualiza brevemente el feminismo comunitario como lugar de enunciación y acción, luego se reflexiona sobre las estrategias de descolonización, el autorreconocimiento y otras epistemologías para observar, involucrarse y elevar las prácticas de la vida cotidiana de mujeres del Alto Fucha en la construcción del Ecoterritorio y en la resignificación del habitar lo que ha sido definido por otros -institucionalidad pública y academia- como lo informal, ilegal e inferior. En este proceso las prácticas de la minga, del círculo de la palabra, del pagamento y el mambeo no solo se encauzan a la vivienda, sino a la totalidad del habitar.

Palabras clave: feminismo comunitario, vida cotidiana, mujeres mayoras

 

Este escrito parte del reconocimiento a la insistente, desafiante, ardua y formadora acción política de todas las mujeres que han actuado y que han movido su corporalidad para instalar las demandas feministas en las agendas políticas. Una arista central es la fuerza y sabiduría que en las mujeres de América Latina yace para pensarse como ser político desde su propia corporalidad y experiencia situada. Esta forma de ser y habitar que emerge de las mujeres indígenas y afrodescendientes, y que en su vínculo con la academia se configuran como feminismos comunitario, autónomo y decolonial, apunta a pensar la relaciones entre hombres y mujeres en un marco basado en otras ontologías y epistemologías (Ulloa, 2020) como aquella que involucra los sentipensares (emoción, lenguaje y pensamiento relacional). Por considerar que la organización de las mujeres en la urbanización popular comparte la esencia de estos feminismos, aunque en esta realidad se identifica más como feminismo popular, se toma como referente teórico reflexivo para comprender el sentido de la lucha de las mujeres por la vivienda en la periferia urbana de Bogotá.

Adriana Guzman (2019) feminista indígena boliviana precisa el feminismo comunitario como la expresión desde una horizontalidad que exige resistir a categorías impuestas y arbitrarias que el capitalismo y el patriarcado han construido sobre los cuerpos de las mujeres. Incluso, cuestiona las diferencias jerárquicas que existen entre las mujeres y que el feminismo también ha reproducido, -feminismo blanco burgués-. El feminismo comunitario busca construir un feminismo que no solo se estudie, sino que se viva activamente, que no solo se construya desde los libros, sino que se instale desde los cuerpos, porque una cosa es estudiar el feminismo y otra muy diferente es ser feminista. De esta forma, el cuerpo toma el lugar central en la práctica de resistencia constituyéndose un canal de manifestación. Por tal razón, es necesario salir de la lógica de identidad colonizadora en un primer paso reconocer los discursos de dominación que categorizan y clasifican en vulnerables y víctimas a las mujeres, algo que puede resultar habitual en la institucionalización de las demandas e incluso en la academia. Pero también requiere creer en la propia experiencia con una fuente de valor, resistiéndose a pensarse desde esos lugares de inferiorización que hegemónicamente se construyen. El feminismo comunitario es un movimiento en Abya Yala que denuncia las demandas de opresión que sostiene el sistema patriarcal, configurándose desde el autoreconocimiento como estrategia central de descolonización, y que manifiesta que la política más profunda de opresión es la identidad que se impone a los cuerpos de las mujeres de Abya Yala.

El accionar político que precisa Guzman (2019) sobre el autoreconocimiento se trata de actuar desde un proceso de descolonización que implica una resistencia política colectiva que recupere la memoria desde las ancestralidades, desde las mayoras (mujeres que representan sabiduría y experiencia). En las mayoras se reconoce una identidad que se construye a partir de subjetividades que proponen un lugar horizontal para construir comunidad, es decir, no hay una sola Mayora, sino muchas mujeres que son reconocidas y se reconocen como tales. Descolonizar la mente y el cuerpo es entender el patriarcado y su forma de operar en los territorios desde la experiencia, las opresiones vividas, los mecanismos de empobrecimiento y las imposiciones heteronormativas. Esto es creer en el pensamiento propio, resistiéndose a pensar que las categorías creadas por otros y por otras (institución y academia) permitirán avanzar el desmantelamiento de las desigualdades. Este autoreconocimiento parte del sentido de que las palabras no se privatizan, por lo tanto, defiende una autonomía que apunte a realizar rupturas epistémicas, así, defiende la comunidad como estrategia de vida, no es igualdad, no es diferencia, es comunidad autoorganizada y autodeterminada. Se piensa desde este proyecto de vida con el fin no caer en demandas sin propuestas, que terminan apoyando de nuevo al sistema.

 

Im. 1 Mural Mayora. Fuente: Milena Rincón, 2021

En las palabras Wangari Mathai (2020), primera mujer africana que ganó el Premio Nobel es posible apreciar el sentido y la naturaleza que esta descolonización plantea, cuando expresa en su discurso de aceptación del Premio Nobel que el trabajo más difícil es abandonar la identidad impuesta desde la categoría de pobreza, puesto que esta hace referencia no solo a una falta de dinero, sino a la falta de conocimiento y capacidad para afrontar los problemas. Entonces pensarse fuera de las fronteras de identidades se subordinación es una conquista política y el camino para levantar nuevas formas de pensamiento. Esto porque las narrativas que se construyen desde los marcos normativos reproducen categorías identitarias vinculadas íntimamente con una victimización y, además, el discurso que representa al sujeto político desde una categoría esencialista y pasiva -víctima, vulnerable- no solo articula una mirada de verse a si mismo desde un padecimiento y carencia, sino que corrompe las posibles formas de relaciones dignificantes (Blandon y Arcos, 2019).

Así, el desafío central está en generar rupturas epistémicas de las categorías que hablan en términos de jerarquía y dicotomía para poder observar la realidad desde las prácticas de habitar de las mujeres desde una perspectiva situada. Ver en las prácticas de habitar esas rupturas epistémicas y nuevas formas de pensamiento implica no solo entender a las mujeres desde su realidad situada, sino también, desde mi lugar de privilegio, en este caso la academia, debo hacer ese proceso de descolonización que me lleve también a buscar mis propias rupturas epistémicas.

Pensar en la lucha por la vivienda desde el nuevo escenario que las mujeres han venido configurando no se trata solo de acceder una vivienda, es la defensa de habitar un territorio en condiciones de equidad, sin discriminaciones, sin violencias, sin desigualdades. Y las pistas para comenzar a repensar este habitar está en las mujeres de los barrios populares, quienes nos enseñan desde sus experiencias y prácticas de la vida cotidiana una construcción social pensada desde una horizontalidad: los círculos de mujeres (orgánicas para definir acciones sobre el habitar en distintos ámbitos). Es importante aclarar que la vida cotidiana que se lee como si fuera solo una cuestión poco importante, se trata de la vida misma, exigiendo así un cuestionamiento para llevar esta vida y su lugar central. La construcción de categorías dicotómicas ha incidido en pensar la vida fragmentada separando incluso la vida de la vida cotidiana. Desde esta vida, las mujeres se enfrentan a la institución al ocupar inicialmente un terreno identificado como informal o ilegal, pero también tienen como desafío pensarse y resistir que su reconocimiento sea a partir de la definición de carencia que hace esta misma institucionalidad.

Im 2: Barrio Aguas Claras. Fuente: Milena Rincón, 2021

Se podría mencionar brevemente, que la configuración socioespacial de la ciudad informal en Bogotá es explicada a partir de las dinámicas migratorias internas y externas que han moldeado un crecimiento urbano marcado por una fuerte segregación socioespacial. Estructura que conserva más que diferencias, posiciones jerarquizadas heredadas de la conquista española, en donde el dominio de la élite blanca se ubica en  La Plaza Mayor y los indios y mestizos pobres en la periferia (Torres, 1999; López, 2003), omitiendo del relato a las poblaciones afrodescendientes. Hoy, la ciudad es reconocida por una periferia informal, aunque esta se mezcla en algunas partes con urbanización formal.

En este contexto urbano la organización social y política de las mujeres de la urbanización popular avanza en el proceso de autodeterminación accionando desde los círculos de mujeres como estrategia central para configurar espacios contrahegemónicos con el objetivo de romper jerarquías, incluso dentro de nosotras mismas. Esto significa partir del reconocimiento de las mujeres como sujetas políticas que habitan el territorio desde sus subjetividades como mujeres campesinas y citadinas que re-existen tejiendo y danzando la sabiduría, la ancestralidad y lo político. Es comenzar a pensarse fuera de los lugares de subordinación, y desde este lugar de enunciación gatillar una acción política que va más allá de la lucha por la vivienda, es la lucha por una soberanía territorial.

En este proceso de descolonización que apunta a una soberanía territorial, las mujeres que allí habitan están escribiendo e investigando sobre su territorio, denuncian conflictos y crean espacios de contención en donde las diferentes formas de violencia que las mujeres han vivido tienen un lugar para ser conversado. Se hacen preguntas que también desde la academia se vienen formulando sobre su habitar, sobre sus memorias y cuestionan la naturaleza jurídica que las normas imponen en estos territorios. Sus investigaciones, junto con sus encuentros locales que buscan reunir la diversidad barrial, representan una re-escritura del territorio que les permite acercarse a la soberanía territorial con conocimiento, experiencia y autodefinición. A la vez, representa ese puente y paso obligado para conocer y entender su pensamiento.

En este marco de autoreconocimiento y, en relación con la disposición geográfica y su configuración como borde urbano rural, las mujeres denuncian la expulsión de sus habitantes como un conflicto central entre las comunidades y las acciones políticas de intervención -el reasentamiento- desencadenando esto un desarraigo con los vecinos y su entorno natural. Como respuesta a esta acción, en defensa de lo común, existen colectivas jóvenes como es el caso de Huertopía en Alto Fucha, que han desarrollado una red de huertas comunitarias como estrategia de agroecología urbana para recuperar tanto predios que quedan desocupados luego del reasentamiento, como la regeneración de espacios dentro de las viviendas. En esta práctica no solo se siembran plantas, sino palabras que enraízan procesos emancipatorios para cultivar un Ecoterritorio que teje comunidad superando fronteras barriales constituyéndose esto en una apuesta política direccionada al derecho a la ciudad (Beltran, 2019).

Im 3: Actividad Comunitaria – Carnaval Fuente: Milena Rincón, 2021

Esta lucha por la soberanía territorial anima a un pensamiento libertario que no es posible sin la adopción de principios ancestrales y la autoreferenciación. La ancestralidad como acción para recuperar la memoria y la identidad emerge desde el reconocimiento, el cuidado y defensa del territorio a través de prácticas que hilvanan la construcción de una sociedad solidaridad, fraterna y por lo tanto, le apuesta a la política de la no violencia. La práctica comunitaria desde la huerta hasta los diferentes encuentros colectivos guiados por el arte y el deseo de expresar la inconformidad y la injusticia constituye un proceso de territorialización y de invención cultural que se desarrolla en medio de la minga, del circulo de la palabra, del pagamento y el mambeo. La minga como ese trabajo colectivo que surge en torno a una causa constituye una fiesta de unidad que inicia con un rito o pagamento (meditación de gratitud) culminando con un círculo de palabra que se sostiene desde un diálogo de saberes. El mambeo el arte de la palabra dulce, el arte de la descontaminación de la palabra, el pensamiento y el corazón (Rojas y Ome, 2022), puede ser el mayor desafío para todos y todas las que habitamos esta tierra.

Estas prácticas que son parte del proceso de autoreferenciación claman entornos urbanos para el encuentro y el desencuentro. Los encuentros se dan a través del bordado, del arte y la palabra oral y escrita donde las mujeres se piensan de seres individuales a colectivos, en donde el cuerpo de la otra es pensado desde el propio, el territorio de la otra confluye con el propio desde las experiencias vividas, en donde cada una se vuelve un refugio para la otra (Luna, 2020). Experiencias que les permite hablar del cuerpo como ese territorio habitado por marcas de violencia física, sexual y simbólica desde la infancia, ahí se reconocen y valoran el sentido y el trabajo que desde las tareas domésticas y de cuidado han aportado en la construcción del territorio, pensándose así, como mujeres creadoras, hacedoras y gestionadoras (Blanco, 2020). Habitando el territorio como un ser político, como una mayora cuya sabiduría parte del reconocimiento de una herencia de tradición libertaria de otras mujeres y de la descolonización propia, resistiéndose de verse individualizada en la categoría de lideresas, víctima, vulnerable y pobre (Navas, 2022).

Conclusiones

Sabemos que estas prácticas aun no son expandidas a todas las mujeres, ni a todos los territorios, y por supuesto, tampoco al lugar de las instituciones, pero si hay que destacar que este hacer político siembra acciones contrahegemónicas que dan cuenta de procesos de resistencia que precisan nuevas concepciones sobre la construcción social y ciudadanía que surge desde la informalidad urbana y lo popular. El hacer político de las mujeres desde una colectividad, autoreferenciación y cuidado del territorio, el sujeto político que configura se piensa y se siente desde el “cuerpoterritorio”, un territorio de conocimiento que se configura y reconfigura en la relación con su entorno y sus partes (Valdez, 2020). La soberanía territorial comienza entonces por la descolonziación del propio cuerpo.

Expreso mi agradecimiento a las mujeres que habitan el Borde Sur Oriental de Bogotá por su sabiduría compartida en sus viviendas, en el río y en la montaña y por mostrame el camino hacia una práctica descolonizadora encarnada con algo de insolencia, el camino hacia la soberanía territorial. Porque en ellas no es un discurso, es una práctica encarnada que se sostiene en medio de procesos afirmativos y transformadores.

 

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Bibliografía

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Guzman, A. (2019). Desolonizar la memoria, descolonizar los feminismos. Bolivia: Tarpuna Muya.

Luna, D. (2020). Surcos en la Piel. [Tesis de pregrado Universidad Distrital Francisco José de Caldas]. Repositorio institucional – Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

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Navas, L. (2022). Recorrido comentado Alto Fucha. En persona. Bogotá.

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Sanchez, J. (2019). Aportes desde la agroecología para el habitar el Alto Fucha desde la noción de Ecoterritorio. [Tesis de pregrado Universidad Pedagógica]. Repositorio institucional – Universidad Pedagógica.

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Valdez, M. (2020). Cuerpoterritorio: territorios de conocimiento. Memoria y movilidad en el agenciamiento de pu zomo mapuce en el sur del actual territorio argentino. En: A. Ulloa (ed.) Mujeres indígenas haciendo, investigando y reescribiendo lo político en América Latina. (pp, 157-194). Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.