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Integración, una extrañeza espacial de la elite

Revista Planeo Nº 49 Elites y ciudad; Septiembre 2021


[Por: Paulo Álvarez Bravo; Historiador, Magíster en Antropología. Dr. (c) en arquitectura y estudios urbanos]

 

Resumen

La integración social urbana otorga valor al espacio porque releva la importancia de la convivencia, de lo que es común, de hecho enriquece un territorio porque no solo le da diversidad sino que lo humaniza. En ello se juega el habitar, el compartir, se establecen vínculos generadores de confianza, reconocimiento e identidad colectiva. Esos valores se intentaron llevar a cabo con la construcción de la Villa San Luis de Las Condes, su devenir sin embargo es clausurado con la expulsión de cientos de pobladores a la periferia de la capital y con la conversión de ese espacio en el símbolo de la elite económica de Chile.

Palabras Clave: integración, elite, diversidad

 

Im1. Villa San Luis / Fuente: la Nación.cl

Se dice que la diversidad es riqueza, también para el espacio urbano lo es. La diversidad de las formas, actividades, recursos y usos no puede quedarse en las distintas operaciones urbanas que hay o coexisten en un territorio. Necesariamente debe acompañarse por grupos humanos compuestos por orígenes, paradigmas, experiencias, mentalidades y formas de habitar diferentes. Aquello es en el fondo lo que constituye su principal patrimonio y otorga riqueza al espacio. Una comunidad humana de diferentes que interactúan y coparticipan de una experiencia tanto vivida como por vivir, es capaz de generar integración en la diversidad. En Chile las experiencias en ese sentido no solo son exiguas sino que han carecido de continuidad. Uno de los casos emblemáticos es el de la Villa San Luis de Las Condes, ubicada en el corazón de una de las comunas de alta renta de la capital, su trayectoria da cuenta de la dificultad real de la sociedad chilena por hacer de la integración urbana un valor.

Villa San Luis de Las Condes comenzó a ser pensada de la mano de La Corporación de Mejoramiento Urbano (CORMU) quien hacia 1968 nombró a Miguel Eyquem como responsable del proyecto, denominado en ese entonces como Parque San Luis. La envergadura del plan en una extensión de 153 hectáreas cautivó al arquitecto quien, junto a su equipo, tenía como meta ir dando forma al sub centro oriente de la capital y de asentar ahí a 70 mil habitantes provenientes de sectores económicos medios. Al inicio del gobierno (1970) de la Unidad Popular (UP), el nuevo director de CORMU, Miguel Lawner, ratificó tanto a Miguel Eyquem como las directrices del proyecto. El principal cambio sin embargo, sería que los moradores de ese lugar no serían solo las familias de sectores medios sino que, la primera parte del proyecto habitacional, estaría destinada a los pobladores de la propia comuna de Las Condes quienes vivían en poblaciones y asentamientos informales.

La visión se ajustaba al programa de gobierno de la UP y a la promesa del presidente electo Salvador Allende, en cuanto hacerse cargo de la falta de viviendas sociales en el país, en particular con los pobladores de los campamentos de la comuna de Las Condes que hasta ese entonces, y hasta a inicios de los ochenta, era una de las comunas con mayor presencia de este tipo de asentamientos. Para CORMU entonces la ejecución del proyecto de Villa San Luis entre 1971-73 significó mucho. Por una parte paliaba el déficit histórico de la construcción de viviendas, entregando diseños, dimensiones y materiales de un alto estándar y por otra parte ejecutaba estos proyectos en espacios cuya meta era revertir los procesos de segregación urbana, tanto desde el punto de vista del equipamiento como desde lo social. De paso contenía el creciente proceso de tomas de terreno, dinamizaba la actividad económica y generaba empleos en medio de un contexto adverso, marcado por la polarización socio-política y el boicot económico.

En menos de dos años se entregaron 1038 departamentos en el sector uno de Villa San Luis de Las Condes, ubicados entre Presidente Riesco por el norte, Los Militares por el sur, Manquehue por el oriente y Américo Vespucio por el poniente. Desde ahí se avistaban los cerros y cumbres cordilleranas de donde soplaban las brisas que deslizaban los frutos de las siembras vecinas, que junto a grandes casas y la Escuela Militar rodeaban el conjunto. Las familias llegaron con sus enceres a uno de los 27 edificios que distintas empresas constructoras habían levantado. La organización de los pobladores en comités o en cooperativas fue clave para que el proceso fuera ordenado y para que el acuerdo del pago de “cuotas CORVI”, canceladas mensualmente a la Corporación de Habitación y Vivienda (CORHABIT), se desarrollará de forma ágil y responsable. Los pobladores continuaron en sus trabajos, los varones por lo general se desempeñaban en la construcción, en los jardines, como mayordomo, chofer, empleados de casas aledañas o empresas de la misma comuna. Las mujeres trabajaban en el servicio doméstico, cuidando niños ajenos o haciendo ambas labores en las casas de los patrones con quienes compartían el espacio comunal.

Colegios, consultorio, iglesias, parques y plazas, calles y pasajes públicos. Servicios estatales y privados. Infraestructura y obras urbanas diseñados para el habitante del territorio. Ampliación de calles, apertura de avenidas, creación de paraderos y estaciones de metro, centros comerciales y paseos para los hombres y mujeres que viven en una comuna que paulatina e irreversiblemente se volvía más urbana. Con enormes casas pertenecientes a los grupos pudientes del país, algunas quintas, la reciente adquirida casa presidencial de Tomás Moro. Un todo aledaño a espacios rústicos y campestres, con caminos de tierra, ranchos y campamentos de por medio, que se orientan hacia la zona alta del río Mapocho y del macizo andino. En medio de ello, Villa San Luis de Las Condes asomaba como un icono de la integración social urbana del país, demostrando que era posible que grupos humanos de condición y origen diferente se integraran y convivieran. Aquello generaba un efecto virtuoso; democratizaba la calidad y acceso al espacio y los servicios urbanos, generaba interacción, propiciaba vínculos y relaciones de respeto, ayudaba a que las personas se (re)conocieran como parte de un territorio compartido forjando identidad.

A partir del 11 de septiembre de 1973 los esfuerzos de integración se detuvieron. Los lazos y acercamientos, los procesos de convivencia basadas en el respeto y encuentro entre los pobladores y su alrededor fueron gravemente hipotecados. Los departamentos de las Villa San Luis fueron allanados, muchos pobladores detenidos, la incertidumbre primero y el dolor después se apodero de sus vidas. Un par de años más tarde (1975), se terminó la construcción que por ejecución-directa la CORMU había iniciado en el sector 2 de Villa San Luis, ubicado hacía Manquehue oriente. El resto del conjunto, el proyecto de ciudadela, centro cívico, parque y centro comercial fue cancelado. No solo eso, entre 1976-80 cerca de ochocientas familias fueron expulsadas de forma ignominiosa hacía la periferia de la ciudad de Santiago. Sus casas fueron ocupadas por funcionarios militares hasta que a fines de la década del ochenta el Ejército dio la orden de retirar a su gente a otros lugares. En el año 1997, mientras en el alrededor surgía un rápido cambio del paisaje urbano, con la instalación de edificios de última generación y la plusvalía del suelo crecía, el Ejercito concretó la venta de los terrenos del otrora conjunto habitacional a empresas inmobiliarias.

Las operaciones urbanas que se han realizado en lo que va de este siglo en el espacio que perteneciera a la Villa San Luis de Las Condes han sido de tal envergadura, que buscar los cimientos de la ejecución original sería, a no ser por los dos arruinados edificios que yacen en un mezquino cuadrante, un trabajo de arqueólogos. Seguramente entonces sí dejáramos que la arqueología realice su trabajo, escudriñaría sobre los edificios que son los símbolos actuales de la elite comercial y financiera del país, y nos advertiría sobre lo ido. La arquitectura y los estudios urbanos podrían agregar, que no han sido más las formas que los valores, sentidos y la vocación de proyectos de integración los que yacen ateridos. Sin miedo podrían afirmar que las políticas públicas en materia de vivienda y urbanismo demuestran escasa vocación por revertir la homogenización del espacio urbano. En este caso, a favor de una elite económica que se apropió de la comuna e hizo de la diversidad e integración social un slogan de campaña política, una extrañeza espacial.

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