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Entrevista a María Luisa Méndez: “Las elites no pueden ser solamente individuos que se destacan, sino personas que están insertas en familias, redes, instituciones”

Revista Planeo Nº 49 Elites y ciudad; Septiembre 2021


[Por: Denisse Larracilla; Editora Revista Planeo; Magíster en Desarrollo Urbano en la Pontificia Universidad Católica de Chile]

María Luisa Méndez Layera es directora del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES), donde también es investigadora principal en la línea Geografías del Conflicto. Profesora asociada del Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es socióloga por la Universidad Católica, Máster en Antropología y Desarrollo por la Universidad de Chile, Máster en Estudios Culturales y Sociología por la Universidad de Birmingham (UK) y Doctora en Sociología por la Universidad de Manchester (UK). Sus temas de investigación incluyen: aspectos subjetivos de la movilidad y estratificación social, construcción de pertenencia en barrios urbanos y conflictos urbanos.

Im. María Luisa Méndez

  1. ¿Cómo surge el interés por abordar los temas relacionados con la estratificación social, la movilidad social y su conexión con el territorio?

Podría decir que fue cuando hice mi tesis de Magister en Antropología en la Universidad de Chile, hacia fines de los años noventa. En ella, realicé historias de vida con personas de clase media que vivían en la comuna de La Florida. Desde ahí, me interesó estudiar el tema de la movilidad social desde un punto de vista cualitativo, entendiendo cuáles habían sido las narrativas que las personas fueron construyendo sobre sus procesos de ascenso social y qué aspectos querían destacar sobre esa trayectoria. En ese momento, de acuerdo a los hallazgos y a la literatura que fui encontrando, entendí que el espacio tiene un lugar clave en esas narrativas y en la forma en que se entiende la movilidad social. Buena parte de esas historias tiene que ver con la movilidad socioespacial, es decir, una movilidad en términos ocupacionales, de estatus, económica, educativa, pero con una fuerte relación con el espacio; por ejemplo, dónde vivían antes, dónde viven ahora o dónde les gustaría vivir, como un marcador de clase.

Después estudié mi doctorado en Inglaterra, donde había un grupo de personas —incluido mi profesor guía Mike Savage— con un gran interés en realizar un análisis cultural de clase social, que significa entenderla desde el punto de vista simbólico, como mecanismo de distinción. En ese sentido, mi tesis doctoral la desarrollé un poco con esa lectura. Esta vez, sobre cómo distintos sectores de la clase media en Santiago iban erigiendo su identidad barrial en relación con una identidad de clase que querían ir construyendo. Pero una identidad de clase que tomaba elementos de su biografía personal y que también proyectaba hacia el futuro cómo querían ser vistos.

Si bien el espacio se puede entender desde muchas aristas, desde entonces, a mí me ha interesado comprenderlo como un lugar de disputas de recursos materiales y simbólicos; como un lugar de encuentro y pertenencia, por supuesto, pero también de distinción. En esta trayectoria, desde hace algunos años estoy trabajando en los sectores medio-altos y más acomodados. De hecho, tengo un libro escrito con Modesto Gayo que lo cristaliza, Upper Middle Class Social Reproduction: Wealth, Schooling, and Residential Choice in Chile, y que básicamente trata sobre el cono de alta renta y las clases medias altas en Santiago. En él, desarrollo el concepto de trayectorias socioespaciales en profundidad, mirando cómo el espacio es uno de los elementos que van articulando las biografías de distintos segmentos de estas clases.

Cuando estoy trabajando más con elites, me interesa pensar en cómo se va construyendo el espacio simbólicamente en una disputa entre las elites políticas, económicas y sociales —sociales en el sentido más de liderazgo, dentro y fuera de la política—. Una disputa donde las distintas elites van ubicando nodos de poder en ciertos lugares de la ciudad. En este sentido, lo que quiero trabajar ahora es en la disputa del centro cívico de Santiago y el polo de Las Condes. Las formas en que se va construyendo el espacio en términos económicos, políticos y culturales, particularmente cuando existe una suerte de apropiación de ciertos atributos culturales y artísticos en disputa por convertirse en nodos donde gira el poder, en centros gravitacionales.

  1. Con base en su experiencia, ¿cómo podría definirse a una elite en el contexto actual de Chile? ¿puede hablarse de la elite como un grupo homogéneo?

Elite es un concepto bien complejo en sociología y en ciencia política, pero para sintetizar un debate que es muy amplio, en la Agenda de elite del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión social (COES) hacemos una lectura de la elite como una definición posicional. En un primer momento, no tanto por la acumulación de recursos —que también es un punto importante— sino más bien por posiciones que son exclusivas, distintivas y que tienen gran capacidad de incidencia en la toma de decisiones y administración del poder. Por ejemplo, en un estudio que desarrollamos sobre elites en Chile, en lugar de abordar a las elites económicas, políticas y culturales a partir de cuánto dinero tienen en cada campo, decidimos realizar un mapa de posiciones en cada una de estas esferas.

En un segundo momento, se puede considerar la capacidad que tiene un grupo social de acumular recursos valiosos en su determinado campo. Por ejemplo, la elite económica acumula recursos económicos, la política capital político y la cultural una serie de recursos que también pueden ser materiales, pero que inciden en la tensión que hay al interior de ese campo, entendiendo que siempre hay una disputa por los recursos escasos. Por ejemplo, recursos para proyectos culturales, administración de instituciones o incluso cuestiones más simbólicas como la capacidad que tienen para incidir en el valor de la belleza o lo patrimonial; es decir la capacidad que tienen para generar una jerarquía de atributos. Y ahí por supuesto, nuevamente mi perspectiva es que esto está en tensión. No es que todos tengan la misma capacidad, sino que unos tienen más y otros menos, y constantemente se está en disputa sobre cómo distribuir el acceso diferenciado a recursos valiosos.

Respecto a si existe una sola elite, podemos decir que en general la literatura trabaja con estos tres dominios: elites políticas, económicas y culturales. Aunque si se hace una lectura más detallada se podrían encontrar elites en los distintos ámbitos de la vida social: eclesiásticas, militares o científicas, y que depende de cuan grande o pequeño es el campo que se desea estudiar. Sin embargo, desde el punto de vista más sociológico esto más complejo. Por ejemplo, si se entiende a una elite más desde una noción de clase social, entonces las elites pueden estar en esos tres campos. Por ejemplo, hay sectores de la clase alta chilena cuyas familias, amistades, redes y entornos están en las tres elites. Los y las hijas estudian en los mismos colegios, aun cuando los ubiques en diferentes elites. Entonces, lo que yo trato es de combinar las miradas, porque si uno separa mucho las esferas se pierde de vista esta noción de clase social.

Me gustaría recomendar y citar como ejemplo el libro Alpha City, de Rowland Atkinson. En él, el autor estudia cómo unas elites en transformación en Londres han ido configurando unos barrios de ultra ricos a nivel global, donde llegan a vivir fortunas de Rusia, celebridades o futbolistas. Esto es muy interesante porque Atkinson va mostrando una elite que se distingue por su excentricidad y su acumulación de recursos. Pero una de las críticas que le he hecho al libro es que nos falta entender el entramado de la clase social en donde está asentada esta elite. Porque las elites, desde mi punto de vista, no pueden ser solamente individuos que se destacan, sino personas que están insertas en familias, redes, instituciones. De forma que, en mi próximo libro buscaré abordar, desde un punto de vista más sociológico, ese entramado más amplio en donde se insertan dichas posiciones.

  1. Se reconoce que Santiago presenta unos de los patrones de concentración territorial de la elite más acentuados dentro de las ciudades de la región. Desde su investigación, ¿cuáles podrían ser algunas de las principales manifestaciones e implicaciones de esta autosegregación en relación a la noción de ciudad y comunidad?

El caso de Santiago tiene una particularidad bien interesante; si bien hay un grupo de clase alta muy acomodada y muy exclusivo —por la forma de la ciudad, la ubicación del barrio alto, el tipo de oferta educativa y otras razones más complejas y estructurales— a diferencia de otros casos, aquí no hay estrictamente una separación espacial entre la clase media alta y la clase alta. En otros lugares esto sí ocurre y se visibiliza, por ejemplo, en el caso de los internados de las escuelas exclusivas, o en sectores que viven totalmente fuera de la ciudad en propiedades que son históricas y heredadas de esa clase social.

En relación con esto, en el libro Upper Middle Class Social Reproduction elaboramos una tipología de cuatro fracciones del grupo acomodado de Santiago, en la que identificamos ciertas características de sus trayectorias socioespaciales, pero también de lo que nosotros llamamos repertorios sociales, culturales y políticos. Sobre esta tipología, me gustaría enforcarme en dos de estas fracciones.

Por un lado, identificamos un grupo que era el más históricamente heredero y que puede considerarse como el más tradicional de clase alta. Este se destaca por lo que nosotros planteamos como un pragmatismo en red; es decir, presenta cierta disposición a hacerse cargo de determinados aspectos del cambio social y político para adaptarse a tiempos de transformación, a modo de asegurar una cierta posición de liderazgo en la toma de decisiones. En este grupo vemos cómo hay una reconversión intergeneracional de las elites, o una visión “crítica” o “contracultural” de ciertos grupos, pero que desde el punto de vista sociológico son las mismas fracciones que están en disputa. Pragmatismo, porque observamos que hay ciertos aspectos donde hay una mayor apertura y otros donde no. En aspectos económicos, por ejemplo, son mucho más restrictivos y conservadores en temas como la redistribución de recursos, en cambios relacionados con reformas tributarias y en visiones sobre tipos de impuestos. Y, en red, porque desenvuelven toda su vida en torno a una noción de lo común. Una comunidad de iguales que comparte actividades deportivas, religiosas, políticas en un contexto que es muy denso desde el punto de vista de los contactos sociales.

Por otro lado, existe un grupo que también se disputa el espacio y que nosotros denominamos los achievers, los orientados al logro. Este está compuesto por personas que han tenido un ascenso social, pero también por herederos que han cambiado un poco su lógica de cómo desenvolverse en los sectores más privilegiados. En vez de actuar dentro de esta orientación de la comunidad y el capital social, se inclinan más hacia valores individuales. Tienen también una autopercepción más cosmopolita, que busca salir un poco de los límites del estado-nación y ver el mundo no solo respecto de otros países, sino que de otras identidades.

En este sentido, vemos que hay una cierta disputa y fragmentación dentro del sector privilegiado que puede ser interesante y que también está relacionada la participación política que han mostrado los sectores más altos en estas últimas elecciones. Si bien hubo tres comunas que votaron mayoritariamente por el Rechazo, hay otras comunas que también son bastante privilegiadas que estuvieron mayoritariamente a favor del Apruebo. Incluso en esas comunas donde ganó el Rechazo hubo una votación, nada trivial, por el Apruebo. Ahora, tampoco vamos a ser ingenuos y pensar que son revolucionarios, sino que podemos considerarla como una cuestión adaptativa en relación a cómo navegar en estos momentos más turbulentos, con la expectativa de tener más participación, nuevamente, en posiciones de poder.

  1. En el marco del proceso sociopolítico que se ha detonado en Chile desde octubre de 2019, ¿cuáles considera que son los principales desafíos y oportunidades para conectar a los grupos de elite con la ciudadanía?

Justo acabamos de publicar un informe sobre clases medias postpandemia-post estallido social, en el que planteamos es que estamos en un momento donde se vuelve urgente desarrollar un diálogo tendiente a un nuevo pacto social. Recogiendo tanto nuestra investigación como la literatura que se está articulando en torno a este tema, hay un argumento que es central: un pacto social en las condiciones en las que estamos a nivel global y nacional, con un periodo histórico altamente contencioso, tiene que involucrar desde luego a las elites de diferentes tipos. Pero no puede avanzar si es que no hay una parte de esas elites que esté dispuesta a tener una posición más decidida en las transformaciones que se vuelven necesarias. En los casos donde esto ha funcionado de alguna manera o donde se puede procesar el conflicto de forma política, es donde hay segmentos de la elite que toman “más en serio” el desafío, y no solo se quedan en esta idea de “navegar la ola”. Es hacerse parte de las transformaciones y entender que es necesario hacer cambios más permanentes orientados un estado de derecho más garante y a políticas universales.

Esto se sale un poco de la lógica de que la gente quiere ser de clase media para tener acceso al consumo. Considero que en esta idea hay una frontera que separa posiciones de forma drástica, al menos en el caso de Chile, porque hay unas elites que no quieren salir de ese discurso y que creen que esto es interpretable nuevamente con las mismas promesas que se hicieron durante las últimas décadas. Lo que nosotros vemos en los estudios del COES es que eso es justamente lo que estalló, una promesa no cumplida de movilidad social, de meritocracia. Pero no una promesa caricaturizada de una clase media que quería consumir, sino más bien de la movilidad social con un sentido de dignidad, de respeto, de derecho a proyectarse como personas formadas, con empleos de calidad, con derecho a tener un horizonte de realización y satisfacción no solo de aspectos materiales, sino también de necesidades relacionadas con los proyectos personales, ya sea de clase, de género o culturales.

Entonces, yo creo que el desafío de Chile es cómo poner a dialogar a distintos sectores de la elite que ahora están en disputa. Incluso, hay más división dentro de la elite que en la propia población. Si uno observa las encuestas, no es que haya tan alta polarización entre la población, es más bien que las elites tratan de tironear esta interpretación del proceso político-histórico. Nosotros en COES estamos tratando de promover ese tipo de diálogo.

  1. Desde su perspectiva, ¿podría decirse que la academia forma parte de los grupos de elite? En el caso chileno, ¿cómo podría evaluar el papel de la academia en la comprensión de las elites y, particularmente, de sus relaciones socioespaciales?

Creo que depende del lente con que uno mire para poder delinear campos donde determinados grupos son elite. Yo creo que la academia es una elite en la medida que tiene una posición privilegiada para la construcción de conocimiento, para la elaboración de contenidos simbólicos, culturales, políticos, y por su posición en las instituciones, por supuesto. Pero tiene un privilegio respecto de la población en términos amplios, que ha sido altamente cuestionado en la academia y que ha detonado un proceso autorreflexivo importante. Sobre todo, me parece, a propósito del estallido social, del movimiento feminista y de las reivindicaciones de los pueblos originarios, entre otros. Considero que esto obliga a las posiciones que han tenido mayores privilegios en la producción de conocimiento o elaboración de contenido simbólico, político o cultural, a plantearnos cómo seguimos desarrollando este conocimiento con mayor conciencia de este privilegio. Pero además plantearnos el desafío de cómo ceder parte del mismo a sectores que han estado históricamente excluidos. Considero que ahí hay varias vías, que por supuesto están a discusión.

Una de ellas, podría ser la propia movilidad social hacia las elites culturales o académicas, que implica justamente que más mujeres, minorías étnicas, diversidades sexuales y diversidades territoriales formen parte de estas elites presentes y futuras. Y para ello, debe haber políticas de discriminación positiva, acción afirmativa, acompañamiento, becas, entre otros. Es decir, un entramado institucional que considero que la academia está más abierta a desarrollar, a diferencia de otras elites. Y lo más probable es que sea así porque —aunque no podría decir que somos espejos de la sociedad— la academia tiene elementos más diversos de la sociedad respecto de otro tipo de elites; y porque estamos en contacto con nuestras y nuestros estudiantes que también nos movilizan como un vector que nos está desafiando constantemente.

La otra vía, es en nuestro ejercicio cotidiano, que es construir en conjunto con. Y que nuestro conocimiento esté desde un comienzo pensado con y para una incidencia hacia el bienestar de la población. Entonces implica pensar desde el comienzo una investigación no tan ensimismada, sino más bien en diálogo con las necesidades, problemas, inquietudes de la sociedad. Como ejemplo de esta vía está el Fondo de Financiamiento de Centros de Investigación en Áreas Prioritarias (Fondap), que es el programa que financia al COES. Este fondo tiene la exigencia de que la investigación de excelencia tenga al mismo tiempo incidencia en políticas públicas y en el debate público, en y con las comunidades y territorios. Esto también es hacerse cargo de ese gran desafío.

  1. Para finalizar la entrevista, ¿quisiera agregar algo más?

Sí, quisiera recomendar dos libros en relación con lo que hemos conversado. El primero, Clase y cultura: Reproducción social, desigualdad y cambio en Chile, de Modesto Gayo, que es un estudio de prácticas culturales y consumo cultural, pero que tiene un capítulo en donde estudia las biografías de una élite cultural que recorre el siglo XX en Chile. El autor sitúa a estas biografías en el espacio: qué lugares de Santiago han sido habitados por esta elite, dónde han desarrollado sus prácticas culturales, cómo se van disputando ciertos espacios del centro y que también se van moviendo hacia el cono de alta renta.

El segundo libro, que lanzamos hace poco y donde estoy involucrada, se llama Nuevo régimen de las prácticas culturales. En este, nosotras hacemos entrevistas con familias de Buenos Aires, Montevideo y Santiago, para estudiar dónde y cómo han desenvuelto sus prácticas culturales y su consumo cultural durante varias generaciones. Este libro lo recomiendo porque también hay una reflexión importante sobre unas elites tradicionales que le dieron forma a los centros cívicos de las tres ciudades. En él pueden identificarse ciertas nostalgias de esas elites que, al menos desde esta narrativa, eran grupos más sensibles a la importancia de la infraestructura y la institucionalidad cultural, de las universidades, de la cultura en las instituciones educativas, y que están muy vinculadas a la formación del Estado de comienzos del siglo XX.

En este sentido, identificar de qué elites estamos hablando, en qué momento y cuál es su relación con la configuración de la ciudad me parece fascinante. Y eso es justo que lo quiero abordar en mi proyecto ad portas, lo que distintas elites hacen para fijar el centro gravitacional del poder en determinados momentos de la historia.

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