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Lecciones de la cuarentena: ¿Qué aporta el caminar a nuestra vida en la ciudad?

Revista Planeo Nº 44  Ciudades ante las enfermedades, Julio 2020


[Por: Soledad Martínez; Antropóloga, Universidad de Chile; PhD en Geografía, University College London; Investigadora postdoctoral del Departamento de Arquitectura de la Universidad de Los Lagos]

 

Resumen:

En esta columna se reflexiona sobre el rol del caminar en las ciudades a partir de la experiencia del confinamiento impuesto a causa de la pandemia por COVID-19. La situación de confinamiento se concibe como una forma de laboratorio urbano que permite explorar las formas de habitar y de moverse por la ciudad. En específico, a través de la experiencia de los caminares de la autora en una ciudad confinada, se revisa la idea de que el caminar es un elemento de composición de las ciudades que permite generar diversas formas sensorialmente intensas de encontrarse con los otros seres humanos y no humanos y con la materialidad que componen las ciudades. Se propone el caminar como una práctica fundamental para pensar una ciudad post-pandemia, ya que permite crear una sensorialidad de la vida en común y reconocer nuestra condición de interdependencia. En esta columna se reflexiona acerca de lo que la cuarentena nos enseña respecto del caminar y su potencial para construir ciudades en las que se reconozca nuestra condición de interdependencia.

Palabras clave: caminar, cuarentena, interdependencia

 

Introducción: el confinamiento como laboratorio urbano

Uno de los posibles impactos de la pandemia por COVID-19 en relación con la vida urbana es que las situaciones extraordinarias a la que nos expone, como el confinamiento, nos permiten observar y replantearnos nuestras formas de habitar y movernos en las ciudades. En esta columna recurro a mi propia experiencia caminando por una ciudad confinada como material desde el cual reflexionar acerca del caminar cotidiano y su potencial para mejorar nuestras vidas en las ciudades.

Im 1. Ensanchamiento provisorio de aceras en un pueblo cercano al Área Metropolitana de Barcelona, junio 2019.

La pandemia me sorprendió viviendo en España[1]. Aquí, hace algunas semanas que hemos salido del confinamiento, el que se extendió por casi dos meses. Observo que la vida en la ciudad vuelve a practicarse en forma similar que antes de la pandemia. Además de llevar mascarillas y cambiar algo nuestra proxemia, no aprecio grandes cambios. Sin duda que transformaciones más profundas requerirán de tiempo para concretarse. Una señal auspiciosa es, quizás, el ensanchamiento provisorio de algunas aceras para facilitar la circulación de peatones y ciclistas (ver imagen). ¿Será esta una señal de la ciudad postpandemia por venir? Para contribuir a aprovechar lo que hemos vivido como una forma de laboratorio urbano que potencie la transformación de las ciudades en ambientes más sostenibles, saludables y justos, comparto algunas reflexiones a partir de mi propia experiencia de la ciudad bajo el confinamiento. Me enfoco, particularmente, en los beneficios sociales del caminar. Caminar de manera cotidiana nos da la posibilidad de sentirnos y reconocernos mutuamente y de crear una sensorialidad de la vida en común. En función de esto, propongo que el caminar es una práctica fundamental para crear una ciudad postpandemia en la que nos reconozcamos como seres interdependientes de otros seres humanos, no humanos y del entorno.

Caminar en la ciudad

El confinamiento me dio la oportunidad de experimentar cómo es una ciudad en la que casi no se camina y, por contraste, me permitió aprender acerca de su relevancia para la vida en las ciudades.

La socióloga Rachel Thomas (2007, p. 9) dice que el caminar “es un elemento de composición de la ciudad”. Es decir, la ciudad se realiza en el caminar de sus habitantes. A través de sus pasos toma forma y adquiere realidad. Thomas nos cuenta también que el caminar nos permite un anclaje “práctico, social, perceptivo y afectivo” a la ciudad (p. 2). Un ancla sujeta algo a un lugar, permite arraigarse. Cuando nos movemos a pie, la percepción del entorno es intensa y detallada ya que nos hacemos parte de los lugares, algo que no ocurre necesariamente cuando nos movemos transportados por un vehículo. Al caminar nos movemos a la vez que estamos en los lugares (Martínez, 2018, p. 55).

Sin duda, no todas las situaciones que se viven al caminar son positivas. Dependiendo de las condiciones de los lugares y de nuestras características subjetivas (género, edad, etnia, condición socio-económica, capacidades físicas, etc.) ese anclaje puede incluir sensaciones desagradables, de miedo, sentimientos de exclusión, riesgo, etc.

En mi intento por justificar la necesidad de cuidar y fomentar el caminar, suelo preguntarme cuán fundamental es para la vida en las ciudades. El confinamiento me dio la oportunidad para explorar de forma empírica estas concepciones al ofrecerme justo lo contrario: una ciudad en la que casi no se caminaba.

Caminar durante el confinamiento: lecciones aprendidas

Aunque salir a la calle no estuvo prohibido del todo, las razones por las cuales alguien podía moverse fueron estrictamente limitadas. En mi caso, caminar se redujo a salir una vez por semana para comprar alimentos y siempre llevando un carrito o una bolsa. Las calles estaban casi vacías, solo me encontraba a una que otra persona, uno que otro automóvil. ¿Qué revela sobre el caminar recorrer una ciudad en la que casi nadie camina?

Anclarse sensorialmente: Caminar sin ruido y sin estar atenta al tráfico me permitió apreciar elementos del paisaje en los que nunca había reparado: los colores de algún edificio, un gomero gigante, las rosas trepadoras de algún jardín. También me permitió tomar rutas nuevas que suelo descartar para evitar el ruido de los vehículos. Al participar de un ambiente diferente, pude percibirlo de formas distintas y hacerme parte de él de nuevas maneras. Esta experiencia muestra el tipo de anclaje sensorial que el caminar permite y, particularmente, muestra que se interrelaciona con lo que sucede en el entorno, es decir, depende del resto de elementos que conforman los lugares.

Hacerse parte de los lugares: Al salir por primera vez para ir a comprar tras la primera semana de cuarentena, me sentí nerviosa. Por una parte, no sabía cómo comportarme en las tiendas para evitar contagiar o contagiarme, pero, sobre todo, me sentía ansiosa por ver lo que me había estado oculto esa semana: ¿Qué ciudad estaba ocurriendo allí afuera? ¿Qué ciudad se componía en ausencia del caminar? Si bien las ciudades siguen siendo y haciéndose aunque nuestros movimientos estén restringidos[2], la casi imposibilidad de salir a caminar me hacía perder una forma de hacerme parte del lugar en el que vivía; el lugar se convertía en una incógnita. La restricción para salir me hizo sentir en la piel que el caminar es una vía para participar de la ciudad y apropiarnos de ella.

La necesidad de encontrarse: Al dejar de caminar hay encuentros que dejaron de ocurrir. El primer día que pudimos salir a caminar durante una hora al día, la persona que barre mi calle saludaba a todo el mundo. Al pasar a su lado y devolverle el saludo, me comentó que ya era hora de ver gente. Él había estado en la calle trabajando durante todo el confinamiento; sin embargo, extrañaba la posibilidad de encuentro que permite el caminar junto a otros, esa sensación de una vida en común.

Conclusión

El caminar suele ser considerado como una forma de movilidad ambientalmente sostenible, beneficiosa para la salud física y mental de las personas y, también, para la vida social. Respecto a esto último, no siempre resulta evidente en qué consiste, ya que caminar en una ciudad no implica necesariamente generar relaciones interpersonales duraderas con las personas a las que se encuentra por la calle. Entonces, ¿qué tipo de relaciones beneficiosas para la vida social de las ciudades genera el caminar?

Las experiencias que he contado hablan del potencial del caminar para crear una sensorialidad de la vida en común: sientes a alguien moverse, escuchas una conversación, ves a otras personas haciendo cosas, a otros seres no humanos en sus faenas diarias, hueles lo que se cocina en las casas, etc. El caminar como actividad social crea posibilidades para sentirnos unos a otros, hacernos parte de los lugares y encontrarnos; nuestras experiencias de la vida en la ciudad se diversifican, la ciudad se expande y se puebla de sensaciones y encuentros. Nos anclamos al lugar a través de las relaciones que creamos al movernos.

La pandemia ha resaltado la necesidad de reconocer que nuestra vida y salud dependen de nuestras relaciones con otros seres humanos, no humanos y nuestro entorno. El caminar puede ser una herramienta que potencie el reconocimiento de nuestra condición de interdependencia en la ciudad postpandemia, lo que es fundamental para generar relaciones de cuidado que ayuden a transformar las ciudades en mejores lugares para vivir.

 

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Referencias
Martínez, S. (2018). Más que poner un pie delante del otro. En M. Tironi & G. Mora (Eds.), Caminando. Prácticas, corporalidades y afectos en la ciudad (pp. 35–58). Santiago de Chile: Ediciones Universidad Alberto Hurtado.
Thomas, R. (2007). La marche en ville. Une histoire de sens. L’Espace Géographique, 36(1), 15–26. https://doi.org/10.3917/eg.361.0015
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Notas: 
[1] Más concretamente en un pueblo de casi 30.000 habitantes cercano al Área Metropolitana de Barcelona. Aun así, mis reflexiones tienen por horizonte la realidad de las ciudades chilenas en las que trabajo investigando el caminar urbano.
[2] Ver el video ‘A Pandemia e a Cidade Cheia’ de Susana de Noronha.
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