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El Tlatelolco de 68, las elecciones del 2018 y Andrés Manuel López Obrador

Revista Planeo Nº 38  Ciudad y Memoria, Diciembre 2018


[Por Tania Ilian Rosales Reyes, Licenciada en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha realizado diversos diplomados: “Indicadores Macroeconómicos de Coyuntura en México” por parte del Museo Interactivo de Economía (MIDE) en 2014; diplomado “Presupuesto Basado en Resultados” por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público en 2016; diplomado “Derecho para no Juristas” por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM en 2016; y fue parte del Colegio de la Globalización 2015: Generación Octavio Paz del Instituto Mexicano de la Juventud.]

Lopez Obredor(AMLO) guardia de honor en la plaza de las tres culturas de Tlatelolco. Fuente: https://lopezobrador.org.mx
Lopez Obredor(AMLO) guardia de honor en la plaza de las tres culturas de Tlatelolco. Fuente: https://lopezobrador.org.mx

Resumen

Tlatelolco es un espacio que cuenta una historia cruel de México: la matanza de estudiantes en 1968 por parte del Estado mexicano.  Este lugar emblemático recuerda la importancia de los valores democráticos y el respeto de los derechos humanos, pero, sobre todo, de la exigencia de escuchar a la sociedad cuando se gobierna. El triunfo de Andrés Manuel López Obrador –un hombre de izquierda- en las elecciones de julio pasado por la presidencia de la república muestra que, a cincuenta años, las secuelas de ese episodio se mantienen vigentes.

Palabras claves:  Elecciones presidenciales México, movimientos estudiantiles,memoriales urbanos.

El movimiento estudiantil de 1968 tiene secuelas en la vida de los mexicanos a más de cincuenta años de su lucha. La Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco fue el escenario en el que se llevó a cabo la masacre por parte del Estado mexicano con el fin de reprimir diversas demandas de los manifestantes como la libertad de presos políticos, la desaparición del cuerpo de granaderos y la exigencia de un diálogo público entre el movimiento y el gobierno.

Aunque en ese mismo año se llevaron a cabo los Juegos de la XIX Olimpiada, la memoria colectiva sólo recuerda el episodio de la matanza como un momento doloroso de la historia de México que nunca debió haber ocurrido, pero que es necesario no olvidar. Diversos colectivos de estudiantes realizan marchas año con año desde entonces, para recordar que el “2 de octubre no se olvida”, y les reprochan a los medios que su cobertura se haya resumido en “un día soleado”.

Hoy, la Plaza de las Tres Culturas se ha vuelto en México un lugar emblemático, que sirve para recordar la existencia de un régimen autoritario controlado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) que hasta hace poco seguía prevaleciendo en México. Quien acude ahí lo hace para entender, observar e imaginar; en otras palabras, como señala J. Estefanía en su libro Revoluciones “los que asisten ahí no lo hacen para ver la función, sino para ser la función misma”.

El nombre de la Plaza de las Tres Culturas hace honor a las etapas más distintivas de México: la era prehispánica, la conquista española y el México moderno. Es posible encontrar distintos vestigios ancestrales como pirámides, conventos católicos y hasta un edificio donde se desarrolló la vida administrativa contemporánea del país, como la ex sede de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

Hoy, ese memorable lugar ha sido retomado como un espacio de encuentro que dignifica el valor del movimiento. Se ha vuelto un punto de encuentro de cultura y turismo, que también ha logrado reconstruir y enseñar que ante la apatía social el autoritarismo gana.

Asegurar que para todos los mexicanos este espacio representa algo en sus vidas es aventurado. Sin embargo, es innegable aceptar que las repercusiones han tenido secuelas en la vida democrática de México, comenzando con el reconocimiento que hoy existe a la diversidad de pensamiento y a los derechos humanos. Sin duda, aún hay un gran camino por delante para celebrar sin excepciones.

La clase política aprendió una lección que pronto sería una lección de Estado: los movimientos sociales provenientes de las universidades tienen un alto potencial de volverse demandas universales, y aunque pudiera pensarse que sólo son un par de voces rebeldes, se puede perder la estabilidad de una nación, o hasta la reputación de un presidente… o dos como lo fue con Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez.

Los valores democráticos persisten por espacios como éstos en la ciudad y la izquierda mexicana lo sabe. La llegada al poder de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) a la presidencia, un personaje abiertamente combativo con el status quo, ha sido con probabilidad, la última piedra del peldaño que se presume como un knockout al sistema después de dos postulaciones fallidas y con sospecha de fraude.  Su relación con Tlatelolco ha sido cercana, ahí llevó a cabo diversos mítines políticos que criticaron la falta de una democracia auténtica. Su discurso respecto al tema ha sido contundente: no reprimir como la mejor forma de honrar al movimiento.

El fenómeno “AMLO” en las elecciones mexicanas de Julio pasado arrasó en la renovación del cuerpo representativo del país. Su partido MORENA, consiguió la mayoría en la Cámara de Senadores y la de Diputados. Destaca que su modo de hacer política recupera algunas de las demandas del 68, por ejemplo, Claudia Sheinbaum Pardo, la nueva Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, perteneciente a ese partido anunció la desaparición de granaderos en la capital.

Los resultados de sus gestiones estarán por verse, sin embargo, el simbolismo que representa una izquierda en el poder es muy alto para aquellos que se mantuvieron en la lucha. Con seguridad se puede decir que la gente votó por una nueva dinámica de relacionar la política con la sociedad.

Y esto, no hay que olvidarlo, ha sido posible por Tlatelolco.

Referencias bibliográficas:

Estefanía, Joaquin.(2018). Revoluciones: Cincuenta años de rebeldía (1968-2018). Barcelona: Galaxia Gutenberg.

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