Secciones > COLUMNAS

Alameda de Santiago de Chile: un territorio en tensión permanente

Revista Planeo Nº 37  Territorios y Paisajes, Septiembre 2018


[Por Carolina Quilodrán Rubio, Geógrafo (U. Chile), Doctoranda en Arquitectura y Estudios Urbanos (PUC), Magister en Geomática (U. de Santiago de Chile), Profesora Asistente Instituto de Historia y Patrimonio (Facultad de Arquitectura y Urbanismo, U. de Chile)]

Elevación fotográfica de la fachada sur de la Alameda, con la presencia de elementos naturales y culturales. Fuente: Fotografía de la autora.
Elevación fotográfica de la fachada sur de la Alameda, con la presencia de elementos naturales y culturales. Fuente: Fotografía de la autora.

Resumen

Los fenómenos de la ciudad y la configuración de Santiago de Chile han sido un tema importante en la discusión de la transformación y las nuevas formas de organización espacial. La Alameda, como parte de la estructura primigenia, ha tenido un proceso histórico y un desarrollo que definió la forma en que el territorio y su entorno se fue transformando. Sus cambios urbanísticos desde una calle-camino de borde de la ciudad consolidada a una gran vía especializada han sido parte del registro de encadenamiento de operaciones urbanas en distintas etapas de su historia.

A modo de capas estratigráficas, se fueron superponiendo, en un mismo espacio, diversos procesos urbanos, desde la escala geográfica y territorial, en un claro emplazamiento de levante-poniente en el Valle del Mapocho, hasta el proyecto urbano en el arranque del periodo de modernización de la ciudad cuando se introducen nuevos programas, usos y tipos arquitectónicos.

Por lo tanto, la Alameda, como pieza urbana, ha evolucionado adquiriendo un carácter complejo, funcional y de identidad en la ciudad de Santiago, que parece indispensable revisitar en la celebración de su bicentenario.

Palabras Clave: Ocupación del territorio, proyecto urbano

La Alameda, a través del tiempo, ha sido parte de distintos procesos, cada uno de ellos de trascendencia urbanística y geográfica. Entonces cualquier renovación debiera entender cuáles son las lógicas de proyecto que derivan de su condición. Pero, ¿qué hay detrás de la configuración espacial, morfológica y funcional de la Alameda? Parece una paradoja, pero la principal avenida de la ciudad de Santiago de Chile está en constante tensión y, por qué no decirlo, en un proceso de consolidación permanente. Todas sus etapas de desarrollo han influido en su forma, función y relación con el territorio en el cual está inserta.

En este contexto, sobre ella se ha posicionado una secuencia de estratificaciones culturales, sociales y económicas, materializadas espacialmente en el sistema natural y los procesos de urbanización: proyectos paisajísticos, de vialidad y de arquitectura han estado constantemente en disputa en su espacio físico. Se entrelazan, además, en este lugar, inmuebles patrimoniales, formas de vida y memoria histórica de Santiago. De este modo, en la configuración de su trama se distinguen, de entre varias edificaciones en primera línea, tres operaciones urbanas importantes: la Iglesia y Convento San Francisco, el cerro Santa Lucía y La Casa de Moneda. No sólo son operaciones de arquitectura, sino que son intervenciones que influyen tanto en el ancho como en la extensión de la Alameda. Igualmente, es necesario considerar ciertos edificios que también fueron clave en su posicionamiento espacial y su uso: la Quinta Meiggs, la Estación Central y las edificaciones religiosas.

En este sentido, el emplazamiento de Santiago en el Valle del Mapocho, desde su periodo prehispánico, estuvo condicionado por el territorio geográfico: al norte, por el torrente del Mapocho y la movilidad de sus aguas; al oriente, el cerro Huelén, como promontorio que había que circunvalar para ir conformando el espacio urbano construido; al poniente, la chacra de Diego García de Cáceres, por la cual bajaban las aguas y al sur, La Cañada. Tal como planteó De Ramón (1978), la Alameda era un límite urbano y de segregación espacial de los estratos socioeconómicos más allá del radio de la ciudad central. Haciendo alusión a lo que pone de relieve Corboz (2015), el territorio no es aquí un dato, sino que es el resultado de diversos procesos. Y es, precisamente, en estos procesos donde la antigua Cañada, más tarde denominada Alameda, cambiaría su forma urbana. Es entonces cuando, además, la Alameda pasó de ser un borde al sur de la cuadrícula, en un territorio emplazado en sentido levante-poniente, a una calle-camino que sustentaba una actividad como un paseo público de las Delicias, apoyado en la conformación de alamedas. Para hacerlo más explícito, Miralbes e Higueras (1993) señalan que el espacio geográfico, al estar organizado, presupone la existencia de un orden lógico en el que concurren una infinidad de elementos de diversa naturaleza y magnitud, tanto físicos como humanos.

Por lo tanto, ¿cuáles son las cualidades físico-geográficas de la Alameda? Para esta discusión es necesario volver a su matriz genética desde ser una hondonada, un paseo, una vía emplazadora y una vía desplazadora y segregadora. Entonces, el comprender el ensamblaje y forma de la Alameda tiene varias particularidades en su concepto espacial y sus procesos. Siguiendo a Sassen (2010), es posible preguntarse sobre la Alameda: ¿en qué marco espacial, económico y social se entiende como fenómeno urbano? Una repuesta sería que “al analizar las transiciones históricas, el conocimiento sobre las dinámicas que les dan forma puede contribuir a elevar el nivel de complejidad para estudiar y comprender las transformaciones actuales” (p. 27).

Efectivamente, se podría decir que la Alameda tiene un origen diverso y una transformación compleja. No han sido pocos los proyectos urbanos que se han suscitado en su espacio físico. Claro ejemplo de ello es el Metro de Santiago, cuya construcción se inició en el año 1969 y se trabajó intensamente hasta 1980. Un trazado en el eje oriente-poniente en la avenida más significativa de la ciudad. Una intervención cardinal que, sin lugar a dudas, se une a lo realizado por Karl Brunner en el inicio del proceso de modernización de la ciudad de Santiago a partir de la década de 1930. En esta nueva organización espacial planteada por Brunner existiría una tensión entre la gran avenida de la ciudad capital y la gran vialidad especializada de la metrópolis. Más recientemente, el proyecto Alameda-Providencia nos advierte de un nuevo cambio en su territorio: la propuesta de rediseño de 12 kilómetros de su espacio público, de la infraestructura de transporte y el mejoramiento del espacio de circulación de los peatones.

Por lo tanto, el cambio de condición de la Alameda de un borde a una vía emplazadora oriente-poniente, tiene lugar ante un telón de fondo cultural y político. La aparición de nuevas disciplinas con la participación de arquitectos y urbanistas franceses; la renta inmobiliaria y el aprovechamiento del suelo y la urbanización y nuevas formas de vida (barrio París-Londres y San Francisco), son algunos ejemplos. Es, por tanto, un hecho de trascendencia urbanística de la ciudad de Santiago, un episodio notable, que en su origen y configuración ha sido parte del territorio geográfico y topográfico, que surge de las relaciones entre variables naturales y culturales, a su forma urbana, combinación de relieve y ciudad artificial.

Pero, cabe preguntarse: ¿está la Alameda en declinación? ¿Dónde está la delicia de caminar por ella? El espacio público, el lugar de encuentro y el paseo de las distintas clases sociales es una situación que resulta anodina en la Alameda de hoy. Es prácticamente imposible que se pueda romper con el ritmo, pausar y hacer sensible la presencia del mundo. La composición de la Alameda ha cambiado: la arborización de álamos ha dado paso a un bandejón central; no existe la acequia que cruzaba por el paseo de las Delicias, la avifauna y sus ruidos ya no son perceptibles, producto de la migración de las especies y por su disminución derivada de la contaminación de la ciudad de Santiago; el antiguo paseo de las Delicias se convirtió en una vía de movilidad y, hacia el oriente, la vista magnificente del siglo XIX de la Cordillera de los Andes ha sido interrumpida por la aparición de las edificaciones en altura en el tejido urbano.

Pero en cada transformación del territorio de la Alameda cada pieza constituyente es parte de la articulación total. Considerando las palabras de Massey (citado por Steane, 2015), es posible considerar a la Alameda como un lugar extrovertido, no estático, que no tiene una identidad singular; es algo reconstruido día a día a través de una referencia con muchos otros lugares. Son, como señala Yi FU Tuan (citado por Steane, 2015), pequeños mundos.

Referencias bibliográficas

Corboz, A. (2015). Orden disperso. Ensayos sobre arte, método, ciudad y territorio. Bernal: Universidad Nacional de Quilmes.

De Ramón, A. (1978). Historia urbana. Una metodología aplicada. Buenos Aires: CLACSO.

Miralbes, R. e Higueras, A. (1993). Reflexiones sobre el espacio geográfico. Geographicalia (30), 283-294.

Sassen, S. (2010). Territorio, autoridad y derechos. De los ensamblajes medievales a los ensamblajes globales. Uruguay: Pressur Corporation.

Steane, M. (2015). Recorrer Valparaíso: croquis y anotación como método de investigación urbana. En Jolly, D. La observación: urbanismo desde el acto de habitar (págs. 17-35). Valparaíso: Ediciones Universidad de Valparaíso.

Twitter Facebook

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *