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Entrevista a Horacio Salinas, compositor e intérprete de Inti-Illimani: “el exilio, le dió una característica a la música que yo hago, que algunos me han dicho que si bien es chilena porque yo soy chileno, tiene elementos de muchos lados. Una especie de folclor imaginario”

Revista Planeo Nº 30  Música y Ciudad, Diciembre 2016.
[Por Martín Montes, Licenciado en Ciencias Sociales y Sociólogo PUC, candidato a Magister en Desarrollo Urbano, IEUT, UC
Arturo Orellana, Director Revista Planeo, profesor adjunto Instituto de Estudios Urbanos UC]
Horacio Salinas actualmente es el director musical de una de las bandas de folclor chileno más reconocidas; Inti-Illimani (1967 a la fecha). Nació en la ciudad de Lautaro (Araucanía), creció en Santiago y luego se fue exiliado a Italia. Según nos cuenta, cada uno de estos territorios ha nutrido su creación musical. Veamos qué nos dice sobre el diálogo música-ciudad.

el exilio, le dió una característica a la música que yo hago, que algunos me han dicho que si bien es chilena porque yo soy chileno, tiene elementos de muchos lados. Una especie de folclor imaginario”

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Im1. Horacio Salinas / Fuente: Elaboración propia

Entiendo que eres de la ciudad de Lautaro. ¿A qué edad llegaste a Santiago?

Sí, soy Lautarino y orgulloso de serlo. A los 9 años me vine a Santiago, inmediatamente después del terremoto de Valdivia. Mi familia, que era numerosa, ya estaba en planes de trasladarse a Santiago porque mis hermanos ya iban a entrar a la universidad, no sé si para bien o para mal, pero nos trasladamos a Santiago.

¿A esa edad la música ya era una inquietud para ti?

Sí, ya tenía el bichito que me despertaba mucha curiosidad. A los 7 años mis padres me pusieron en clases de acordeón con un profesor que era amigo de ellos. Después, como a los 11 años, llegó a mi casa una guitarra y tuve una conexión inmediata con la guitarra. No así con el piano, que en mi casa siempre estuvo y que era más del dominio de mis hermanos mayores.

¿Qué música se escuchaba en tu casa?

Como éramos 8 hermanos era una casa bastante caótica. Además, mis papás eran muy ocupados, mi padre era alcalde de Lautaro y mi mamá profesora del liceo, entonces había un revoltijo bien grande. Yo creo que la música la recibí de mis padres, ya que eran muy cantarines y hacían asados y fiestas familiares donde había mucha música. Pero también hay mucha influencia de la poesía. Mi madre recitaba mucha poesía, y mi padre era un gran lector, entonces las letras y la música estuvo siempre dando vueltas en mi entorno inicial.

¿Y cómo ésas influencias cambiaron cuando llegaste a la ciudad?

Aterrizando en Santiago, me di cuenta que había un rumor de fondo que yo desconocía y que era muy apasionante. Era el sonido de los troles, las micros, y el pulso de la vida mucho más acelerada. Son otros ritmos literalmente. Desparecen muchos de los pájaros que normalmente oyes en el sur. Las bandurrias, queltehues, tiuques. Eso es un ruido que acá se confunde con otras cosas. A la vuelta de los tiempos, ya habiendo vivido bastante, me doy cuenta cuán fuerte es en mí este sentimiento de pertenencia con el sur. Yo creo que Santiago no logró adoptarme, no ha logrado ser un territorio en el que yo puedo compartir un momento poético. De hecho, vuelvo mucho al sur y finalmente me siento de allá. El sur para mí es un refugio. A mí me impacta mucho la poesía de Jorge Teillier, porque él devela en sus poemas un misterio que encierra el sur de cierta nostalgia. Como bien dice Teillier, (esa nostalgia) no es por el pasado, sino que es por el futuro, es por aquello que debiera haber sucedido y que no nos pasó nunca. Nunca me he sentido muy bien en las ciudades demasiado pobladas. Probablemente mi música hubiera sido distinta si me hubiera ido a otra ciudad. La música tiene mucho que ver con los territorios, muchísimo que ver. Por ejemplo, una vez leí una crítica que trataba sobre nuestro grupo, en donde un gringo decía que había oído un grupo de chilenos que tocaba una especie de folclor en busca de un país, como el folclor de un país imaginario. Y eso es interesante ya que efectivamente nos pasó. De alguna manera el exilio te traslada a un territorio de fronteras difusas que es tuyo porque lo vives, sin embargo es de todos. La música que nació allí, creo yo, que tiene este pasaporte medio borroso que no se sabe de dónde viene.

¿Y cómo te aportaron esas ciudades grandes en las que viviste durante el exilio?

En Italia, por ejemplo, más que el arte y los museos, fue la gente la que me influenció mucho. Es el entorno humano, eso a mí me produce una emoción muy grande. Esa textura del ser humano que produce Italia. Una humanidad curiosa. Y eso, a mí me sacudió mucho en términos positivos, me libero de cierto formalismo con el que uno vive. Me hizo mucho más libre y travieso en la imaginación. Le tomé mucho el pulso a esta cosa que se cataloga como cierta locura de los italianos, pero que en realidad es un acto de libertad creativa enorme. Y eso no es porque sí, sino más bien porque ese país tiene más del 50% de los grandes artistas de la humanidad. Pero los italianos también se comportan así por un acto de amor, de afecto. Ese es un proceso muy interesante. Como dice Maturana, sólo a través del afecto es posible el conocimiento. Si uno no siente, si no te zambulles, si no te entregas, no existe el amor.

¿Cómo te influenció el contexto político y emocional con el que dejas Chile para irte a Italia?

Bueno, la circunstancia de nuestro exilio fue algo impuesto. No estaba en mis planes irme a Italia. Pero felizmente hay algo de casualidad, porque nos tocó conocer -incluso antes del golpe- a los italianos. Algo indispensable en la vida es estimar al otro, es tener una curiosidad por conocer al otro tal como es. Eso es un gran valor que tienen los italianos. Eso fue muy importante, porque el exilio fue un mazazo que al principio no sabes cómo tomarlo porque exige un desarraigo muy profundo. Y ahí te das cuenta de esta cosa antropológica que tenemos los seres humanos de conexión con la tierra. Uno nunca deja de sentirse ajeno a esos territorios. Aun percibiendo que están todas las condiciones dadas para vivir con cierta comodidad, pero llegado el momento del cambio, dejamos ese territorio para volver a lo nuestro. Pero también, sin esa condición que me instaló el exilio junto con las características de Italia, tampoco se hubiera desatado en mí esta necesidad biológica de hacer música. De transformar la vida en un laboratorio de imaginación musical y melódica. Y tal vez, el haberlo hecho en este espacio extraño como lo es el exilio, le dio una característica a la música que yo hago, que algunos me han dicho que si bien es chilena porque yo soy chileno, tiene elementos de muchos lados. Una especie de folclor imaginario.

Pero no sólo influye lo intangible, los afectos y sentimientos, sino también la morfología y el paisaje urbano, ¿o no?

Sí, también porque eso es historia. Y sin un reconocimiento de la historia no es posible la cultura. La cultura sólo es posible si reconoces la historia. Y claro, en eso Italia es un testimonio magnífico de la historia que se ve en sus calles y edificios. La historia es tal, que pese a que pasé 16 años allá, me vine con la sensación de haber conocido poco Italia. Es un territorio tan grande en términos culturales, que tú te quedas con un signo de interrogación.

im-2_inti-illimaniantologiavol3_1989-1998frontIm2. Inti-Illimani, disco Antología 1989 – 1998. Vol. 3 (2000)
Fuente: http://inti-illimani.cl/

¿Y qué pasó cuando volviste a Santiago? ¿Te encontraste con la misma ciudad?

Santiago cambia mucho y de manera bastante desordenada. Pero el sur, mi sur, se mantiene más o menos intacto y algo similar pasa con Roma. En Roma no han podido introducir los malls, eso está a las afueras. La Roma central tiene una arquitectura de 200 o 300 años que es protegida. Una vez en una charla oír una frase que decía que la arquitectura es la música congelada.

Y en el sentido inverso, ¿la música puede transformar la ciudad?

Yo diría que no. La música va con los tiempos. Lo que sucede es que la música se ha transformado en un refugio. Hoy día la gente se planta los audífonos y se encierra en el mundo de la música, incluso con el peligro que la atropellen y todo eso. En el fondo hay un despliegue arquitectónico para que la música se desarrolle, pero no sé si al revés. Hay artículos que dicen que cuando la sociedad entra en crisis, se potencia mucho la matrícula de la opción artística. Eso sí es un ganancia.

¿Y qué ha perdido la ciudad?

Pese al gran volumen de arte que hay, uno echa de menos que haya un movimiento artístico. Es decir, que todas estas manifestaciones artísticas tengan un correlato común de lo que está ocurriendo en esta realidad. Yo me siento parte de la Nueva Canción Chilena y me enorgullezco mucho de haber pertenecido a un movimiento que de alguna manera cambió el modo de concebir la música chilena. Pero es ésa década la que produjo todo eso; los Beatles, movimiento Hippie, la revolución femenina, reforma universitaria, movimientos urbanos, etc. Son como cambios de fondo muy notorios. Pero en la actualidad, si bien hay mucho ruido, aún falta una articulación. En los tiempos actuales hay una gran variedad de elementos musicales y artísticos, y algo se ha ido encubando, sin embargo, falta que se encube un huevo grande, en donde todo esto converge hacia algo. Y así va a suceder, ya que el malestar que existe es muy sintomático.

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