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Sostener el Plan

 

[por Luis Miguel Valenzuela Montes]

La planificación es capaz de adoptar muchos adjetivos, pudiendo ser de ámbito, territorial, urbano, regional, sectorial, ambiental, incluso conteniendo atributos como, metabólica, eficiente, participativa…sin embargo, los sesgos ideológicos, los énfasis profesionales, los objetivos y las escalas de las diversas planificaciones podrían converger quizás en la alquimia insuperable de la “planificación sustentable“´, aquí estarían integradas todas las partes de manera que el todo sería de otra dimensión. Planificación Sustentable -o sostenible, así decimos allá-, que pensándolo bien vendría  a ser una redundancia o un epíteto de sí misma, ya que muchos de sus propósitos se corresponden con los valores de la sostenibilidad: autosuficiencia, largo plazo, cohesión social, equilibrio regional,  entre otros rasgos “hagiográficos”  que han estado en la base fundacional y el desarrollo del Urbanismo, el Regionalismo, la Agenda Local 21, la Escuela Territorialista. A este respecto, otro ejemplo de pretensiones sustentables sería un hito historiográfico latinoamericano de hace ya más de medio siglo, como el de la Conferencia de Punta de Este de 1961, que en el primer punto del capítulo “Requisitos básicos para el desarrollo” de la Carta de Punta del Este, establece: «Que se ejecuten, de acuerdo con los principios democráticos, programas nacionales de desarrollo económico y social, amplios y bien concebidos, encaminados a lograr un crecimiento autosuficiente” (De Mattos, 1979).

Por tanto, más que generar y aplicar una planificación sustentable, ¿no habría que sostener el plan? Si planificar es anticipar el futuro  mediante las decisiones del ahora, respondiendo a los objetivos sociales, ambientales y económicos que contribuyan a mejorar la calidad de la sociedad y el territorio a corto, medio y largo plazo; pues está bien claro que esta disciplina estaría ya muy cerca -teóricamente- de alcanzar la sustentabilidad. Aunque todos sabemos que esto es en teoría, y es que, ¿cuántos planes son sustentables? ¿Cuántos planes conjugan corto y largo plazo? ¿Cuántos planes priorizan en ciertos temas la calidad ambiental frente al crecimiento económico? ¿Cuántos planes disponen de los recursos ambientales necesarios para los crecimientos urbanos que proponen? ¿Cuántos planes se plantean una contabilidad “real” de sus “trade-offs” más allá de su ámbito municipal? ¿Cuántos planes hacen balance de sus resultados como vínculo para la siguiente etapa o plan? Desde luego, en mi experiencia esto sucede en muy pocos planes, y creo que sería extrapolable a bastantes ámbitos, en cualquier caso el balance de todo esto sería muy desigual y bastante limitado.

Si el mejor camino para poner en práctica la sustentabilidad urbana y territorial es reforzar el plan, éste se tiene que enfrentar a tres cuestiones esenciales: la incertidumbre, la transparencia y la formación. Empezando por el último aspecto, son muchos los países de Iberoamérica en los que no existe la carrera de “urbanista” o de “planner”, y aunque en algunos casos se da, son muy escasas las Facultades o Escuelas que dan esta formación. Existen generalmente programas de posgrado para “urbanistas” (más arquitectónicos ó más administrativos) o también de “ordenamiento territorial”, pero en muchos casos sesgados, por ejemplo, por el análisis geográfico-territorial; y en realidad poco adaptados a la interdisciplianariedad, debido al origen de los diferentes profesores y estudiantes así como también a que la meta curricular de la “planificación” no es el verdadero catalizador de todo el programa.

Es una formación que no profundiza, y voy con la segunda de las cuestiones a enfrentar, la transparencia, o sea, la comunicación que junto al sentido común son los dos activos principales de un planner (véanse John Friedmann ó Ernest R. Alexander, entre otros). La sostenibilidad exige indicadores que hagan balance de los objetivos del plan (accountability) lo que vincula indefectiblemente al plan con la comunicación como principio, método y técnica para conectar información y participación. Hay que plantearse si reciben formación los geógrafos, economistas, arquitectos, urbanistas, etc., sobre ¿cómo comunicar el plan para que haya un acceso generalizado a la información que posibiliten diversos grados y modelos participación decisoria? Me parece que no está esto ni en la cultura ni en el diseño curricular de las Facultades o Escuelas que enseñan a hacer planes, ni en el grado ni en el posgrado.

Por último, y como monstruo de mil cabezas al que podemos cortarle una pero siempre vuelve a resurgir, está la incertidumbre, proyectar a largo plazo puede ser tan impredecible como hacerlo a corto plazo, porque los hechos urbanos y territoriales son de naturaleza compleja ya que son multitud de factores, intereses y actores los que hay que conciliar. Pero esto mismo también debe hacernos pensar que si bien el objeto de la planificación es incierto, muchas veces esto es así porque nosotros –los que hacemos os participamos en los planes- somos inciertos. Inciertos porque no hay transparencia en la información, inciertos porque no hay escenarios consistentes –cuando no ausentes- sobre los que flexibilizar el plan o enriquecer las  decisiones, inciertos porque prevalecen intereses espontáneos y puntales sobre derechos globales y estratégicos.

En definitiva, “sostener el plan” o lo que sería su “alter ego”, la planificación sustentable, necesitan “táctica y estrategia”, para abordar la formación, la comunicación y la incertidumbre que afectan al proceso de planificación con tesón y audacia metodológica. La planificación y la sustentabilidad  no son opciones sino necesidades,  que sólo pueden tener algún éxito si se abordan desde la convicción personal, incluso desde la pasión, para combinar, como nos propone Mario Benedetti (“Táctica y estrategia, 1984): la táctica (formación y transparencia), “hablarte y escucharte construir con palabras un puente indestructible”; con la estrategia (incertidumbre) “más profunda y más simple (…), que un día cualquiera no sé cómo ni sé  con qué pretexto por fin me necesites”.

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