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Puchuncaví, o una radiografía al Chile centralista e insustentable

[por, Claudia Pool y Francisco Sabatini, julio 2012.]

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Imponer a comunidades locales su sacrificio en aras de los intereses superiores del país, es un hecho recurrente en un país marcadamente centralista como Chile.

La experiencia de décadas de los agricultores y pescadores de la comuna de Puchuncaví, repartidos en sus localidades rurales y en la urbana Puchuncaví, así lo atestigua. Numerosas plantas industriales han degradado el medio ambiente y socavado la calidad de vida, teniendo a la estatal fundición y refinería de ENAMI, ahora de CODELCO, como el puntal histórico de esta masiva y sostenida agresión ambiental sobre un grupo de trabajadores chilenos y sus familias.

Condimentados por diferencias y singularidades sociales y culturales, estos recurrentes conflictos entre localidades y “globalidades” se nos presentan como aquellos entre los sueños de los lugareños y las políticas y ambiciones de los grupos dirigentes. Culturalmente, Chile centralista desatiende y resta valor a las peculiaridades y notas divergentes que se abigarran en su variada y loca geografía.

Puchuncaví muestra desnuda su precariedad material y social –hoy, su devastación ambiental–, al mismo tiempo que esconde, como si se tratara del tesoro que permite sostener las esperanzas y ejercer autonomía a sus habitantes, su pasado campesino y de esclavos negros, su religiosidad sincrética de bailes “chinos” practicada en pequeñas localidades de la comuna y proyectada hasta el presente, y su malestar profundo con los ricos y los políticos de Santiago.

Gerardo, pescador, dirigente de una cooperativa y activo integrante de los bailes “chinos” nos explicaba a fines de los años 90: “No pedimos a la Virgen por lo de los humos porque esas cosas no son de fe. Sólo se piden al señor y a la Virgen las cosas de fe, lo que usted cree que puede conseguir”.  Por su parte Ernesto, campesino nacido en Puchuncaví, como su padre y su abuelo, recordaba: “Hicimos rogativas porque terminaran los humos, pero eso fue mucho tiempo atrás. Se hablaba de que iban a ponerle filtros; había esperanza. No voy a decir que la Virgen se ha puesto sorda, pero en realidad harto hemos hecho por terminar con la contaminación y no sacamos nada. Nosotros nos aburrimos ya. No se saca nada. Todo esfuerzo es inútil. Ahora todo depende de los grandes políticos, de los de arriba”. Y Gerardo abrochaba con pesimismo: “Con estas empresas nadie puede hacer nada; nadie, nadie. Aunque ellos vean que están matando a la gente, a ellos no les interesa. Sólo se interesan por ellos mismos. Uno nunca aparece bien parado ante esta gente, porque el rico ama el dinero y no al Señor”. [1]

En estos  pliegues de nuestra geografía y en esos escondrijos de nuestro tiempo largo hay muchos Puchuncaví a lo largo y ancho de Chile para ser descubiertos y valorados. No somos ni profundamente conservadores ni tan homogéneos culturalmente como los grupos dirigentes y el Estado y sus instituciones nos han tratado de convencer. El “roto chileno”, modesto, apatronado y conservador, postulado como arquetipo de la chilenidad, no representa el alma de nuestro pueblo, que posee más recovecos, aguas profundas y secretos que los que podemos enumerar.

La pasividad no está en nuestros genes, como nos quieren hacer creer, sino que la gatilla la convicción realista de que se nos impondrán las decisiones y los proyectos “desde arriba”. ¿Para qué formar comités e iniciar acciones si nada se sacará? Pero cuando la esperanza se recupera, aunque sea provisoriamente, asistimos al despliegue de iniciativas organizadas, aún en medio de la precariedad y la falta de apoyo externo. La comunidad de Puchuncaví es un vivo ejemplo y un testimonio histórico de esa riqueza, también política, que existe en nuestras localidades.

La industrialización impuesta a Puchuncaví desde los años cincuenta del siglo pasado por el Estado chileno en concomitancia con las corporaciones económicas privadas, ha sido un presente griego. En esta historia jalonada de engaños y promesas, de agresiones y silencio, se fue acumulando una “deuda histórica” que el establishment chileno no ha estado dispuesto a pagar y que probablemente no pague jamás, mientras siguen apareciendo inversiones en plantas contaminantes complementados con nuevas contorsiones legales destinadas a  aprobar o blanquear esos proyectos de parte de las autoridades nacionales comprometidas con los contaminadores.

Pero esa anquilosada práctica de imponer a las localidades por la razón y la fuerza lo que conviene a los intereses globales, enfrenta un futuro que se va cerrando. La economía que vivimos, el capitalismo liberal, sólo se mantiene vigorosa si crece a ritmos acelerados –tasas de 10 por ciento de incremento del producto parecen ideales para los especialistas–  mientras vamos experimentando cada vez más claramente los límites ambientales de un planeta que es fijo y único.

Por eso es que el conservadurismo ambiental que han enarbolado desde su precariedad y por décadas los habitantes de Puchuncaví, representa una fuerza revolucionaria de futuro, quizás la más importante entre las que podemos avizorar. La defensa de la calidad de vida y la protección del medio ambiente son banderas conservadoras en el sentido estricto del término ya que su afán no es otro que el de mantener lo que existe. Pero su potencia es grande, ya que tales afanes conservadores irán forzando la transformación de la economía voraz y expansiva que hoy agrede al planeta y a los seres humanos.

Los sencillos habitantes del valle de Puchuncaví tienen un tesoro que mostrarnos y que compartir con nosotros, más allá de las miserias, inequidad e iniquidades al que el Chile oficial los ha condenado.


[1] Sabatini, Francisco y Mena, Francisco (1995). “Las chimeneas y los bailes chinos de Puchuncaví”, en Ambiente y Desarrollo 11(3).

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